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 El vino del Estío.

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MensajeTema: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:00 am



El Vino del Estio
Ray Bradbury Titulo Original
Dandelion Wine
Traducción:
Francisco Abelenda
©1946, 1947, 1950-1955, 1957 by Ray Bradbury
Sexta Edición: Noviembre 1974



-I-

Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad y la vida, que ésta era la madrugada primera del estío.
Douglas Spaulding, de doce años, abrió los ojos y dejó que el verano lo meciera perezosamente en su corriente nocturna. Acostado, sintió que cabalgaba en los elevados vientos de junio, con el alto poder que le daba el cuarto abovedado de un tercer piso, en el edificio mayor del pueblo. De noche, cuando los árboles eran una única ola, lanzaba su mirada, como la luz de un faro, sobre enjambres de olmos y robles y arces. Ahora...
— Oh... –susurró Douglas.
Todo un verano que atravesaría el calendario, día a día. Como la diosa Siva en los libros de viaje, vio unas manos que iban y venían, recogiendo manzanas ácidas, duraznos, y ciruelas de medianoche. Se vestiría de árboles y arbustos y ríos. Se helaría, alegremente; en la puerta escarchada de la casa de los helados. Se tostaría, felizmente, con diez mil pollos, en el horno de la abuela.
Pero ahora lo esperaba una tarea familiar.
Una noche, todas las semanas, dejaba a sus padres y su hermanito Tom, que dormían en la casita de al lado, y subía aquí, por la oscura escalera de caracol, a la cúpula de los abuelos, y en esta torre de brujo podía dormir con truenos y visiones, y despertar antes del cristalino tintineo de las botellas de leche, y celebrar su ritual mágico.
De pie, ante la ventana abierta en la oscuridad, Douglas aspiró profundamente, y sopló.
Las luces de la calle se apagaron como velas en una torta negra. Sopló otra vez y otra vez, y las estrellas empezaron a desvanecerse.
Sonrió. Apuntó con el dedo.
Allí, y aquí. Ahora aquí, y aquí.
Las luces de las casas parpadearon lentamente y unos cuadrados amarillos se recortaron en la pálida tierra matinal. Un rocío de ventanas se encendió de pronto, a lo lejos, en el campo del alba.
— Bostezad todos. Todos arriba.
El caserón se movió en el piso bajo.
— ¡Abuelo, saca los dientes del vaso!
Esperó un momento.
— ¡Abuela, bisabuela, freíd las tortas!
El aroma caliente de la manteca subió por los callados pasillos y visitó a los pensionistas, los tíos, los primos.
— Calle donde viven los viejos, ¡despierta! Señorita Helen Loomis,Coronel Freeleigh,
Señorita Bentley, ¡tosan, despierten, tomen sus píldoras, muévanse! Señor Jonas, ¡enganche su caballo, saque su carro!
Las casas descoloridas en la barranca del pueblo abrieron unos taciturnos ojos de dragón.
Pronto dos viejas resbalarían en la Máquina Verde por las avenidas matinales, saludando a todos los perros.
— Señor Tridden, ¡busque su carreta!
Pronto, echando chispas azules, el tranvía del pueblo navegaría por las calles de márgenes de ladrillos.
— ¿Listos, John Huff, Charlie Woodman? –murmuró Douglas a la calle de los niños–.
¿Listas? –les dijo a las húmedas pelotas de béisbol en los prados, a las hamacas que colgaban vacías de los árboles.
— Mamá, papá, Tom, despertad.
Los relojes despertadores sonaron débilmente. El reloj de la alcaldía retumbó sobre el pueblo. Los pájaros saltaron de los árboles, como una red echada al aire, cantando.
Douglas, director de una orquesta, apuntó al cielo del este.
El sol empezó a levantarse.
Douglas cruzó los brazos y sonrió con una sonrisa de mago. Sí, señor, pensó, todos saltan, todos corren cuando grito. Será una estación maravillosa.
Castañeteó los dedos por última vez. Las puertas se abrieron de par en par. La gente salió de las casas.
Empezaba el verano de 1928.


Fuente:http://biblioteca.cujae.edu.cu/literatura/ebooks/Bradbury,%20Ray%20-%20El%20Vino%20Del%20Estio.pdf
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:00 am

-II-

Al cruzar el jardín, Douglas Spaulding rompió una tela de araña con la cara. Una línea aérea, invisible y única, le tocó la frente y se quebró en silencio.
Así, con el más sutil de los accidentes, Douglas supo que aquel día sería distinto. Sería también distinto porque, como explicaba su padre mientras lo llevaba con su hermano Tom, de diez años, fuera del pueblo, había días que eran sólo un aroma, y el mundo entero entraba y salía por la nariz. Y otros, dijo después, eran días de oír las trompas y trinos del universo. Algunos días eran buenos para gustar, y otros para tocar, y otros para todos los sentidos a la vez. Y ese día, asintió Douglas, olía como si una huerta enorme y anónima hubiera crecido de noche más allá de las colinas, cubriendo el mundo con su cálida frescura.
El aire olía a lluvia, pero no había nubes. De pronto un hombre cualquiera podía reír en los bosques, pero reinaba el silencio.
Douglas miró la tierra que pasaba. No había olor a huertas, no se sentía ninguna lluvia, pues faltaban los manzanos y las nubes. Y aquel desconocido que reía en los bosques...
Y sin embargo –Douglas se estremeció-, éste era un día especial. El coche se detuvo en el centro mismo del bosque.
— Muy bien, chicos, y tranquilos.
Tom y Douglas habían estado dándose codazos.
— Si, señor.
Los niños descendieron llevando los azules baldes de latón del camino sucio y solitario al olor de la lluvia caída.
— Buscad abejas -dijo el padre-. Las abejas rondan las uvas como los chicos las cocinas.
Douglas alzó rápidamente los ojos.
— Estás a un millón de kilómetros -dijo el padre-. Despierta. Camina con nosotros.
— Sí, señor.
Y caminaron por el bosque, el padre muy alto, Douglas a su sombra, y Tom, muy pequeño, trotando al amparo de Douglas. Llegaron a una pequeña elevación y miraron adelante. Aquí, aquí, ¿veis?, señaló el padre. Aquí los grandes y tranquilos vientos del verano vivían y se paseaban en las profundidades verdes, como ballenas fantasmales, invisibles.
Douglas miró rápidamente, no vio nada, y se sintió burlado. Su padre, como el abuelo, vivía de adivinanzas. Pero... Pero sin embargo... Douglas hizo una pausa y escuchó.
Sí, algo va a ocurrir, se dijo, ¡lo sé!
— Helecho medicinal. -El padre caminaba y el balde de latón golpeaba como una campana en su puño.- Sentidla. -Pasó el pie por la tierra.- Un millón de años de hojas caídas. Pensad, cuántos otoños.
— Formidable -dijo Tom-. Camino sin hacer ruido, como los pieles rojas.
Douglas sintió que la tierra húmeda escuchaba, esperaba. ¡Estamos rodeados!, pensó.
¡Ocurrirá! ¿Qué? Se detuvo. Salgan ustedes, ¡salgan!, gritó en silencio.
Tom y papá se paseaban ante él, por la tierra callada.
— El encaje más fino es éste -decía papá quedamente.
Y señalaba con la mano mostrando cómo los árboles se entretejían con el cielo, o cómo el cielo se entretejía con los árboles, no lo sabía. Pero ahí está, sonrió, y el tejido sigue creciendo, verde y azul. Si os fijáis veréis la susurrante lanzadera del bosque. Papá hablaba cómodamente de esto y aquello, la palabra fácil. Todo era más fácil aún porque de cuando en cuando se reía de sí mismo. Le gustaba escuchar el silencio, decía, si el silencio puede escucharse. Uno puede oír entonces la caída del polen de las flores silvestres, en el aire donde se fríen las abejas. Dios, ¡el aire donde se fríen las abejas! ¡Escuchad! ¡El torrente de un canto de pájaros más allá de esos árboles!
Ahora, pensó Douglas, ¡ahí viene! ¡Corre! ¡No lo veo! ¡Corre! ¡Está casi sobre mí!
— ¡Moras! -dijo papá-. Tenemos suerte, ¡mirad!
— ¡No! -jadeó Douglas.
Pero Tom y papá se inclinaron y hundieron las manos en el matorral, rompiendo el encanto.
El vagabundo terrible, el corredor magnífico, el saltarín, el que estremecía las almas, se desvaneció.
Douglas, perdido y vacío, cayó de rodillas. Vio que los dedos se le hundían en una sombra verde y salían manchados, como si los hubiese metido en una herida del bosque.
— ¡Hora de almorzar, muchachos! Con los baldes casi llenos de moras y frutillas silvestres, seguidos por abejas que eran, no más, no menos, dijo el padre, que el canturreo del mundo, se sentaron en un leño musgoso
masticando sandwiches y tratando de oír el bosque. Douglas sintió que su padre lo miraba en divertido silencio. El padre empezó a decir algo, pero se metió en la boca otro trozo de sandwich y disertó sobre él:
— Los sandwiches al aire libre ya no son sandwiches. No saben como entre cuatro paredes, ¿notasteis? Tienen más gusto. Saben a menta y savia de pino. Abren maravillosamente el apetito.
La lengua de Douglas titubeó sobre el pan y el jamón. No... no... era sólo un sandwich.
Tom masticó y movió la cabeza afirmativamente.
— ¡Es cierto, papá!
Casi ocurrió, pensó Douglas. No sé qué era, pero era grande, caramba, ¡era grande! ¿Dónde está ahora? ¡Detrás de esa mata! ¡No, detrás de mí! No, aquí, casi aquí.
Douglas se tocó secretamente el estómago.
Si espero, volverá. No me hará daño. Sé, de algún modo, que no está aquí para hacerme daño. ¿Para qué entonces? ¿Para qué?
— ¿Sabes cuántos partidos de béisbol jugamos este año, el año pasado, el otro? -dijo Tom a propósito de nada.
Douglas miró los labios de Tom que se movían rápidamente.
— ¡Anótalo! ¡Mil quinientos sesenta y ocho partidos! ¿Cuántas veces me cepillé los dientes en diez años? ¡Seis mil! ¿Cuántas me lavé las manos? Quince mil. Dormí: cuatro mil veces, sin contar las siestas. Comí seiscientos duraznos, ochocientas manzanas. Peras, doscientas.
No me gustan las peras. Nombra algo, te daré la estadística.
Las cosas que he hecho en diez años suman un billón de millones.
Ahora, pensó Douglas, se acerca otra vez. ¿Por qué? ¿Porque habla Tom? ¿Pero por qué Tom? Tom que charla, con la boca llena de sandwich. Papá ahí, atento como un gato montés en el leño, y Tom que deja que las palabras le suban a la boca como burbujas de agua gaseosa.
— Libros que he leído: cuatrocientos. Películas que he visto: cuarenta de Buck Jones, treinta de Jack Hoxy, cuarenta y cinco de Tom Mix, treinta y nueve de Hoot Gibson, ciento noventa y dos cómicas del gato Félix, diez de Douglas Fairbanks, ocho veces El Fantasma de la Opera, de Lon Chaney, cuatro de Milton Sillse, y una de amor de Adolphe Menjou. Pasé
noventa horas en el baño del cine esperando que terminara la de amor para ver El gato y el canario o El murciélago donde todos se agarran de todos y gritan durante dos horas.
Durante ese tiempo sumé cuatrocientos caramelos, setecientos helados.
Tom siguió sin detenerse otros cinco minutos, y al fin el padre dijo:
— ¿Cuántas frutillas has recogido hasta ahora, Tom?
— ¡Doscientas cincuenta! -dijo Tom instantáneamente.
El padre se rió y terminaron el almuerzo y fueron otra vez a la sombra, a recoger moras y minúsculas frutillas. Se inclinaban, los tres, y las manos iban y venían, y los baldes pesaban cada vez más. Douglas retenía el aliento, y pensaba: Sí, sí, ¡se acerca otra vez! ¡Lo siento en la nuca, casi! No mires. Trabaja. Recoge, llena el balde. Si miras, lo asustarás. ¡No lo
pierdas! ¿Pero cómo, cómo podrás traerlo a este lado, y verlo, de frente? ¿Cómo?
— Tengo un copo de nieve en una caja de fósforos -dijo Tom, sonriéndole al guante morado de la mano.
¡Cállate!, quería gritar Douglas; Pero no, si gritaba despertaría los ecos, y aquello se iría.
Y, espera... cuanto más hablaba Tom, más se acercaba. No temía a Tom. Tom lo atraía con su aliento. ¡Era parte de Tom!
— Fue en febrero -dijo Tom, y se rió entre dientes-. Alcé una caja de fósforos en la tormenta, esperé a que entrara un copo, la cerré, fui corriendo a la casa, ¡y metí la caja en la heladera!
Cerca, muy cerca, Douglas clavó los ojos en los labios temblorosos de Tom. Quería escapar, correr. Una ola enorme se alzaba detrás del bosque. En seguida caería sobre ellos, aplastándolos para ...
— Si, señor -murmuraba Tom recogiendo moras-. Soy el único en Illinois que tiene un copo de nieve en verano. Precioso, como un diamante, sí. Mañana abriré la caja. Douglas, tú podrás mirar, también...
Cualquier otro día, Douglas hubiera golpeado, negado, reído. Pero ahora, con aquello ya muy cerca, solo podía asentir cerrando los ojos.
Tom, preocupado, dejó de recoger frutillas y se volvió para mirar a su hermano.
Douglas, doblado sobre sí mismo, era un blanco ideal. Tom saltó, aullando, y cayó. Los dos rodaron, golpeándose.
¡No! Douglas cerró con fuerza la mente. ¡No!, pero de pronto... Sí, todo estaba bien. ¡Sí! La confusión; el contacto de los cuerpos, los vuelcos y caídas no habían alejado la ola marina.
Y la ola rompía, en ese mismo instante, avanzando y arrastrándolos a lo largo de la playa de hierbas, por el bosque. Douglas sintió en la boca el golpe de unos nudillos y luego el sabor herrumbroso de la sangre tibia. Agarró a Tom, lo inmovilizó, y se quedaron así tendidos en la tierra, los corazones agitados, las narices siseantes. Y al fin, lentamente, temiendo no encontrar nada, Douglas abrió un ojo.
Y todo, absolutamente todo, estaba allí.
El mundo, como el iris gigante de un mundo aún más gigantesco, que también acababa de abrirse, agrandándose para abarcarlo todo, le devolvía la mirada. Douglas supo que había saltado sobre él y ya no se iría.
Estoy vivo, pensó.
La temblaron los dedos, brillantes de sangre, como los jirones de una extraña bandera, recién encontrada y nunca vista, y se preguntó a qué país debería agradecer el homenaje.
Reteniendo a Tom, pero sin saber que estaba allí, se tocó esa sangre como si pudiera pelarla, sostenerla, darla vuelta. Luego soltó a Tom y se acostó de espaldas con la mano en alto, y en su cabeza los ojos miraron como centinelas por las troneras de un raro castillo a lo largo de un puente, su brazo, los dedos donde el brillante penacho de sangre temblaba a la luz.
— ¿Estás bien, Douglas? -preguntó Tom
La voz venia de un pozo de moho verde, de algún lugar sumergido, secreto, alejado.
La hierba murmuraba bajo el cuerpo de Douglas; Bajó el brazo, con su vaina de pelusa, y sintió, muy lejos, allá, los dedos que crujían en los zapatos. El viento suspiró en los caracoles de las orejas. El mundo se deslizó brillantemente por la superficie vidriosa de los ojos, como imágenes centelleantes en una esfera de cristal. Las flores eran de sol y
encendidos puntos celestes, esparcidas por el bosque. Los pájaros aleteaban como piedras que golpeasen la superficie del vasto e invertido estanque del cielo. El aire pasaba con violencia entre los dientes, entrando como hielo, saliendo como llamas. Los insectos conmovían al aire con una claridad eléctrica. Diez mil cabellos crecieron un millonésimo de centímetro en la cabeza de Douglas. Oyó los corazones gemelos que le golpeaban los oídos, el tercer corazón que le golpeaba la garganta, los dos corazones que latían en las muñecas, el corazón real en el pecho. La piel se le abrió en un millón de poros.
— ¡Estoy realmente vivo!, pensó. ¡Nunca lo supe, y si lo supe no recuerdo!
Aulló en silencio una docena de veces. Piénsalo, ¡piénsalo! ¡Doce años y ahora lo descubro!
Este raro reloj, este brillante mecanismo dorado que debe marchar durante años, dejado bajo un árbol, encontrado en una pelea.
— Doug, ¿qué te pasa?
Douglas aulló, agarró a Tom, y rodó con él.
— ¡Doug, estás loco!
— ¡Loco!
Rodaron loma abajo, el sol en las bocas, en los ojos como vidrio hecho trizas, boqueando como truchas en la playa, riéndose hasta gritar.
— Doug, ¿estás loco?
— ¡No, no, no, no, no!
Douglas, con los ojos cerrados, vio unas manchas de leopardo en la oscuridad.
— ¡Tom! -Luego, en voz baja:- Tom... ¿saben todos en el mundo... que están vivos?
— Claro. ¡Diablos, sí!
Los leopardos trotaron en silencio por tierras más oscuras adonde los ojos no podían seguirlos.
Espero que sí -susurró Douglas-. Oh, seguro que sí.
Douglas abrió los ojos. El padre se alzaba sobre él, en el cielo de hojas verdes, riéndose, con las manos en la cintura. Se encontró con su mirada. Despertó. Papá sabía. Todo estaba planeado. ¡Nos trajo aquí a propósito, para que me pasara esto! Lo sabía, lo sabe todo. Y ahora sabe que sé. Una mano bajó y lo alzó. Tambaleándose, junto a Tom y su padre, todavía magullado y estrujado, preocupado y angustiado, cruzó tiernamente los brazos extrañamente huesudos, y se pasó satisfecho la lengua por los labios. Luego miró a su padre y a Tom.
— llevaré los baldes -dijo-. Esta vez quiero llevarlo todo.
Le pasaron los baldes con sonrisas enigmáticas.
Douglas se tambaleó un poco. Las manos sostenían los pesados jarabes del bosque. Quiero sentirlo todo, pensó. Permitid que me canse, ahora. No debo olvidar. Estoy vivo, sé que estoy vivo. No debo olvidar esta noche o mañana o pasado mañana.
Las abejas lo siguieron, y el aroma del verano amarillo y las moras lo siguió mientras se alejaba con su pesada carga, embriagado, con los dedos maravillosamente encallecidos, entumecidos los brazos, trastabillando. El padre lo tomó por el hombro.
— No -murmuró Douglas-, estoy bien. No es nada...
Pasó media hora antes que en las hierbas, las raíces, las piedras, la corteza del leño enmohecido, se borraran las marcas que habían dejado sus brazos, sus piernas, su espalda.
Mientras lo pensaba, lo olvidaba, lo dejaba atrás, su hermano y su padre le seguían permitiendo que los guiara a través del bosque, hacia la increíble carretera por donde volverían al pueblo...
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:01 am

-III-

El pueblo, luego, más tarde...
Y otra cosecha.
El abuelo de pie en el amplio porche, como un capitán que otea la calma vasta e inmóvil de una estación muerta. Interrogaba el viento, y el cielo inalcanzable, y el césped desde donde Douglas y Tom lo interrogaban a él.
— Abuelo, ¿están listas? ¿Ya?
El abuelo se pellizcó la barbilla.
— Quinientas, mil, dos mil, por lo menos. Si, sí, una provisión excelente, recójanlas con rapidez, recójanlas todas. ¡Diez centavos por cada saco llevado a la prensa! ¡Oh!
Los muchachos se inclinaron, sonriendo. Recogieron las flores doradas. Las flores que inundaban el mundo, llevaban el campo a las calles de ladrillos, llamaban suavemente a las ventanas de los sótanos, y se movían difundiendo el resplandor y el centelleo del sol fundido.
— Todos los años -dijo el abuelo-, crecen a tontas y a locas; las dejo. Orgullosas como leones en un corral, Míralas, y te harán un agujero en la retina. Una flor común, una maleza que nadie ve, sí. Pero para nosotros algo noble, el diente de león.
Así, cuidadosamente cortados, en sacos, llevaron abajo los dientes de león. El sótano oscuro se iluminó con su llegada. La prensa del vino esperaba, abierta y fría. Cayó una ola de flores, y la prensa apretó la cosecha.
— Un poco más... así...
La marea de oro, la esencia de ese hermoso y delicado mes, que salía ahora por la abertura inferior, corrió a las tinajas, a desprenderse de sus fermentos, encerrarse en las batidoras, y alinearse en centelleantes botellas a la sombra del sótano.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:01 am

-IV-

El vino de diente de león.
Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte
olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillas a ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos.
Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella... la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul.
Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.
— Listo. Ahora, ¡el barril de lluvia!
Nada podía reemplazar esas aguas puras, convocadas en lagos lejanos y dulces campos de hierbas cubiertas de rocío en la mañana temprana. Aguas alzadas al cielo, llevadas como ropa lavada a lo largo de mil kilómetros, cepilladas con el viento, electrificadas con altos voltajes, y condensadas en un aire frío. Aguas que caen en lluvias, y traen el cielo en sus cristales. Con algo del viento del este y del oeste, y del viento del norte y el sur, el agua se hace lluvia, y la lluvia, en la hora de los ritos, se hace vino.
Douglas corrió con el cucharón. Lo hundió en el tonel de agua de lluvia.
— ¡Allá vamos!
El agua era seda en la cuchara; seda clara, débilmente azul. Dulcificaba los labios, la garganta, el corazón. Había que llevarla en cucharones y baldes al sótano, y allí se volcaría en avenidas, en corrientes montañosas, sobre la florida cosecha.
Hasta la abuela, cuando nieve girase en rápidos torbellinos, mareando el mundo, cegando ventanas, robando el aliento a las bocas jadeantes, hasta la abuela, un día de febrero, desaparecería en el sótano.
Arriba, en la casa grande, habría toses, estornudos, ronqueras, gemidos, fiebres infantiles, gargantas rojas como carne cruda, narices como cerezas en conserva, microbios en todas partes.
Entonces, saliendo del sótano como una diosa de junio, la abuela vendría, con algo oculto pero obvio bajo el chal tejido. Lo llevaría a las miserables habitaciones de abajo y arriba, y su aroma y claridad llenarían las copas, y se bebería de un trago. Las medicinas de otro tiempo, el sol balsámico de las ociosas tardes de agosto, el débil ruido de los carros de hielo por las calles de ladrillo, el susurro de los plateados cohetes, y las fuentes de las cortadoras de césped sobre países de hormigas, todo, todo en un vaso.
Sí, hasta la abuela escaparía al sótano del invierno para una aventura de junio. Se quedaría allá abajo, sola y callada, como el abuelo, o el padre, o el tío Bert, o algún pensionista, y comulgaría con las últimas huellas de un tiempo de picnics y cálidas lluvias, y campos perfumados de trigo, el maíz nuevo y el heno de cabeza inclinada.
Hasta la abuela repetiría y repetiría las palabras doradas y hermosas, como si estuviese
diciéndolas en ese mismo momento, cuando las flores estaban aún en la prensa, como serían repetidas todos los años, todos los blancos inviernos del tiempo. Las diría y las diría, y serían en sus labios como una sonrisa, como un repentino rayo de sol en la sombra.
El vino del estío. El vino del estío. El vino del estío.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:01 am

-V-

Uno no los oía venir. Uno apenas los oía irse. Las hierbas se doblaban, y se erguían otra vez.
Pasaban como sombras de nubes, loma abajo... los niños del verano, corriendo.
Douglas se había quedado atrás. Jadeando, se detuvo al borde de la hondonada, a orillas del abismo donde el viento soplaba suavemente. Aquí las orejas se alzaban como orejas de ciervo, y se olfateaba un peligro de un billón de años de antigüedad. Aquí el pueblo, dividido, se abría en mitades. Aquí cesaba la civilización. Aquí sólo crecía la tierra, y había un millón de muertes y renacimientos en una hora.
Y aquí los senderos, trazados o aún no trazados, que hablaban de los deseos de los niños en camino, siempre en camino, de ser hombres.
Douglas se volvió. Esta senda era una enorme serpiente de polvo que llegaba al invernadero donde vivía un invierno de días amarillos. Esta otra corría hacia las arenas de alto horno de la costa del lago de julio. Esa, hacia los árboles donde crecían los niños como manzanas amargas y ácidas, entre las hojas. Esa, al huerto de los perales, las viñas, los melones que dormían al sol como gatos de caparazón de tortuga. Aquel sendero, abandonado, y zigzagueante, ¡hacia la escuela! Este, recto como una flecha, a las matinés de cowboys de los sábados. Y éste, junto a las aguas del arroyo, al desierto, más allá del pueblo.
Douglas entornó los ojos.
¿Quién sabía dónde empezaba el pueblo, o el desierto? ¿Quién sabía quién era dueño de qué, o de qué era dueño cada uno? Había siempre, y para siempre, un indefinido campo de batalla, y en cierta estación uno de los bandos se apoderaba de una avenida, una cañada, un prado, un árbol, un matorral. Algo venía desde el mar continental de flores y hierbas, desde lejos, desde alguna granja solitaria, con el impulso de las estaciones. Cada noche el desierto, los prados, el campo lejano fluían arroyo abajo por la cañada e inundaban el pueblo con un aroma de agua y pastos; el pueblo deshabitado, y muerto, y vuelto a la tierra. Y cada mañana la cañada se acercaba un poco más al pueblo y amenazaba devorar los garajes como botes que hacen agua, viejos automóviles abandonados a las escamosas misericordias de la lluvia y la futura herrumbre.
— ¡Eh, eh! -John Huff y Charlie Woodman corrieron cruzando el misterio de la cañada y el pueblo y el tiempo-. ¡Eh!
Douglas caminó lentamente sendero abajo. En la cañada, sí, uno veía las dos caras de la vida, el mundo del hombre y el mundo natural. El pueblo era, al fin y al cabo, un enorme navío donde algunos sobrevivientes se agitaban echando afuera las hierbas, sacando la herrumbre. De cuando en cuando un bote salvavidas, minúsculo, desprendido del buque madre, salía al encuentro del huracán silencioso, navegando calladas olas de hormigas, hundiéndose en la cañada y oyendo las langostas que golpeaban como papeles secos los tibios matorrales, defendiéndose de los ruidos con polvo de arañas, y al fin, en un desprendimiento de piedras y alquitrán, derrumbándose como un altar en una hoguera, mientras una tormenta de truenos y rayos azules fotografiaba instantáneamente el triunfo del desierto.
Era esto entonces (el triunfo del hombre que se libraba del abrazo de la tierra, y la tierra que lo abrazaba otra vez, año tras año) lo que atraía a Douglas. Las ciudades nunca ganaban, existían meramente en un calmo peligro, equipadas con cortadoras de césped, polvos insecticidas y tijeras
de podar, nadando sin desfallecer, como dicen que nada la civilización, pero con casas preparádas para hundirse en verdes mareas, sumergirse para siempre, con el último hombre, y desplantadoras y segadoras transformadas en cereales cáscaras de herrumbe.
El pueblo. El desierto. Las casas. La hondonada. Douglas parpadeó. Pero cómo relacionar los dos mundos cuando...
Bajó la vista.
El primer rito del verano, la cosecha de dientes de león, la iniciación del vino, habían terminado.
Ahora el segundo rito esperaba que él, Douglas...
— Doug... ven... ¡Doug...! Los chicos que corrían se desvanecieron.
— Estoy vivo -dijo Douglas-. ¿Pero para qué? Están más vivos que yo. ¿Cómo es eso? ¿Cómo?
Y de pie, solitario, conoció la respuesta, mirándose fijamente los pies inmóviles.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:02 am

-VI-

Tarde, aquella noche, saliendo del cine con sus padres y su hermano Tom, Douglas vio los zapatos de tenis en el brillante escaparate. Apartó rápidamente los ojos, pero unas manos le tomaron los tobillos, le alzaron los pies. Corrió. La tierra giró sobre sí misma. Los toldos de las tiendas agitaron ruidosamente las alas de lona; El padre, la madre y el hermano
caminaban en silencio a ambos lados. Douglas caminó de espaldas, mirando los zapatos de tenis en el escaparate nocturno que había quedado atrás.
— Era una linda película -dijo la madre.
— Era... -murmuró Douglas.
Era el mes de junio y un poco tarde para comprar los zapatos especiales, tan silenciosos como una lluvia estival en la acera. Junio y la tierra de desordenado poder, y todo, en todas partes, en movimiento. La hierba venía aún desde el campo, rodeaba las aceras, varaba las casas. En cualquier momento el pueblo zozobraría, se hundiría sin dejar una huella en malezas y tréboles. Y aquí Douglas, inmóvil, atrapado en el cemento muerto y las calles de ladrillos rojos.
— !Papá! -estalló-. Allá atrás, en aquel escaparate, aquellos Zapatos Esponjosos
Pies livianos...
El padre ni siquiera se volvió.
— ¿Y si me dijeras por qué necesitas zapatos nuevos?
— Bueno...
Era para sentirse como todos los veranos, cuando uno se saca los zapatos por primera vez y corre por la hierba. Era como sacar los pies de las mantas tibias del invierno y enfriarlos en el viento que entra por la ventana abierta, y meterlos otra vez bajo las mantas: dos bolas de nieve. Como todos los años, cuando uno vadea por primera vez las lentas aguas del arroyo y los pies aparecen un centímetro más adelante, aguas abajo, que la parte real de uno sobre el agua.
— Papá -dijo Douglas-, no sé cómo explicarlo.
De algún modo la gente que fabricaba zapatos de tenis sabía qué querían y necesitaban los niños. Ponían malvavisco y alambres en las suelas, y tejían el resto con hierbas blanqueadas y cocinadas al sol. En alguna parte, en la arcilla blanda de los zapatos, se escondían los delgados y duros tendones del ciervo. La gente que los hacía debía de haber visto muchos vientos en los árboles, y muchos ríos que bajaban a los lagos. En los zapatos estaba siempre el estío.
Douglas intentó poner todo esto en palabras.
— Si -dijo papá-, ¿pero qué ocurre con los zapatos del año pasado? ¿No están áún en el ropero?
Bueno, Douglas compadecía a los chicos que vivían en California donde se usaban zapatos de tenis todo el año, y no se sabía qué era sacarse el invierno de los pies, despojarse de los zapatos de hierro y cuero cubiertos de nieve y lluvia, y correr un día entero con los pies desnudos, y luego ponerse los primeros zapatos de tenis de la estación, mejores aún que los pies desnudos. Había magia en un nuevo par de zapatos. La magia moriría a principios de setiembre; pero ahora, a fines de junio, había aún mucha magia, y zapatos como ésos podían hacerlo saltar a uno sobre casas, ríos y árboles. Y si uno quería, podía saltar también sobre cercas, y aceras, y perros.
— ¿No entiendes? -dijo Douglas-. No puedo usar ese par. -Pues los zapatos viejos habían muerto interiormente. Habían estado bien cuando había empezado a usarlos, el año anterior. Pero al terminar el verano, uno siempre descubría, uno siempre sabía, que con ellos no se podía saltar realmente sobre casas y ríos y árboles, y los zapatos morían entonces. Pero éste era otro año, y Douglas sentía que esta vez, con este nuevo par de zapatos, podía hacer cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa.
Subieron los escalones de la casa.
— Ahórrate ese dinero. -dijo papá-. En cinco o seis semanas.
— ¡El verano habrá terminado!
Se apagaron las luces, Tom se durmió y Douglas quedó mirándose los pies, allá abajo, muy lejos, en el otro extremo de la cama, a la luz de la luna, libres de los pesados zapatones de hierro, libres de los despojos del invierno.
— Razones. Tengo que inventar razones para los zapatos. Bueno, como todos sabían, en las lomas alrededor del pueblo corrían los amigos enojando a las vacas, haciendo de barómetros, tomando sol, deshojándose como calendarios cada día para tomar más sol. Si uno quería alcanzarlos debía correr más que los zorros o las ardillas.
En cuanto al pueblo, hervía de enemigos irritados por el calor, que recordaban todos los argumentos en favor del invierno, y todos los insultos. ¡Haz amigos, aparta enemigos! Esa era la divisa de los Zapatos Esponjosos Pieslivianos. ¿El mundo corre con demasiada rapidez? ¿Quieres alcanzarlo? ¿Quieres estar preparado y alerta? ¡Pieslivianos, entonces!
¡Pieslivianos!
Alzó la alcancía y oyó el débil tintineo, el peso alegre de las monedas. Sea lo que sea, pensó, tienes que resolverlo a tu modo. Busquemos, mientras pasa la noche, el sendero de la selva.
Abajo, en el pueblo, las luces de las tiendas se apagaron una a una. Un viento entró por la ventana. Era como un río, aguas abajo, y sus pies querían ir con él. Oyó en sueños un conejo que corría, corría, corría entre las hierbas tibias y altas.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:02 am

-VII-

El viejo señor Sanderson atravesó la zapatería como debe de atravesar su tienda un vendedor de animales domésticos: tocando levemente las jaulas con bestias de todo el mundo. Acarició los zapatos del escaparate, y algunos eran para él como gatos, y otros como perros. Tocó cuidadosamente todos los pares, ajustó los lazos, arregló las lengúetas.
Luego se detuvo en el centro mismo de la alfombra, y miró, satisfecho, alrededor.
Se oyó el ruido creciente de un trueno.
Un segundo antes no había nadie en la puerta del Emporio de los Zapatos. Un segundo después, la figura de Douglas Spaulding se alzaba allí torpemente, clavados los ojos en sus zapatos de cuero, como si no pudiera levantar esas cosas pesadas. Los zapatos se habían detenido, y el trueno se había detenido. Ahora, con dolorosa lentitud, atreviéndose a mirar el dinero que llevaba en la mano entreabierta, Douglas dejó atrás la brillante luz solar del mediodía del sábado. Ordenó cuidadosamente en el mostrador las pilas de distintas monedas, como alguien que estuviese jugando al ajedrez, preocupado por la movida siguiente, que podía llevarlo al sol o hundirlo en las sombras.
— ¡No digas nada! -exclamó el señor Sanderson.
Douglas se detuvo, petrificado.
— Primero, sé qué quieres comprar -dijo el señor Sanderson-. Segundo, te he visto todas las tardes ante mi escaparate. ¿Crees que no veo? Te equivocas. Tercero, para darle su nombre completo.. quieres los zapatos de Tenis Esponjosos Pieslivianos Corona Real.
¡MENTOL PARA SUS PIES! Cuarto, quieres crédito.
— ¡No! -gritó Douglas, jadeando, como si hubiese corrido en sueños toda la noche-. Algo mejor que un crédito. Pero antes, señor Sanderson, hágame un favor. ¿Cuándo se puso por última vez un par de Zapatos Pieslivianos?
El róstro del señor Sanderson se oscureció.
— Oh, diez, veinte, quizá treinta años atrás. ¿Por qué?
— Señor Sanderson. ¿No cree que los clientes se merecen, señor, que pruebe por lo menos los zapatos de tenis de la casa, un minuto, y sepa así cómo quedan? La gente se olvida si deja de probar cosas. El hombre de la tienda de cigarros fuma cigarros, ¿no es así? El caramelero disfruta de su propia mercadería, creo. Así que...
— Habrás advertido -dijo el viejo- que llevo zapatos.
— ¡Pero no zapatos de tenis, señor! ¿Cómo va a venderlos si no lo entusiasman, y cómo van a entusiasmarlo si no los conoce?
El señor Sanderson retrocedió un poco, como manteniéndose a la distancia de la pasión del niño, y se llevó la mano a la barbilla.
— Bueno...
— Señor Sanderson -dijo Douglas-, usted me vende algo y yo le vendo algo, del mismo valor.
— ¿No hay trato si no me pruebo un par de zapatillas? -dijo el viejo.
— ¡No, señor!
El viejo suspiró. Un minuto después, sentado, jadeando suavemente, se ataba el par de zapatos de tenis. Parecían ahora, en los pies delgados y largos, bajo las oscuras botamangas del traje oscuro, distintos y ajenos. El señor Sanderson se puso de pie.
— ¿Cómo le sientan? -preguntó el niño.
— Cómo me sientan, pregunta. Magníficamente.
El viejo buscó la silla.
Douglas extendió la mano.
— ¡Por favor! Señor Sanderson, sería usted tan amable.... ¿Se balancearía un poco, hacia adelante y atrás, daría unas vueltas, unos saltitos, mientras le digo el resto? Es así: le doy mi dinero, usted me da los zapatos. Falta un dólar. Pero, señor Sanderson, pero... ¿sabe usted qué ocurrirá cuando me ponga los zapatos?
— ¿Qué?
— ¡Pum! ¡llevaré paquetes, recogeré paquetes, traeré café, barreré los pisos, correré al telégrafo, el correo, la biblioteca! Verá usted doce Douglas, que salen y entran, salen y entran, cada minuto. ¿Siente esos zapatos, señor Sanderson, siente qué ligero me harán?
¿Siente esos muelles?. ¿Siente cón qué suavidad le toman los pies y no le dejan estarse quieto? ¿Siente con qué rapidez haré tantas cosas y usted no tendrá que molestarse? ¡Podrá quedarse aquí, al fresco de la tienda, mientras voy saltando por el pueblo! ¡Pero no soy yo realmente, sino los zapatos! ¡Van como locos por las avenidas, cortando camino, y de vuelta! ¡allá van!
El torrente de palabras sacudía al señor Sanderson. Douglas hablaba y él se hundía en los zapatos, flexionaba los dedos, arqueaba los pies, movía los tobillos. Se balanceaba suavemente, secretamente, hacia adelante y hacia atrás, como mecido por la brisa que venía de la calle. Los zapatos de tenis se imponían silencio a sí mismos, hundiéndose en la alfombra, hundiéndose en las hierbas de la jungla, en una arcilla gredosa y elástica. Dio un saltito solemne en la masa espumosa, en la tierra complaciente y servicial.
Las emociones le corrieron por la cara como oscilantes luces de color. Abrió un poco la boca.
Poco a poco fue tranquilizándose y deténiéndose, y la voz del chico se apagó, y los dos se miraron en un silencio tremendo y natural.
Unas pocas personas se movían por la acera, al sol cálido.
El hombre y el chico seguían inmóviles; el chico resplandeciente, el hombre con la revelación pintada en la cara.
— Muchacho -dijo el viejo al fin-, ¿aceptarías dentro de cinco años un puesto de vendedor en este emporio?
— Dios, gracias, señor Sanderson, pero aún no sé qué sere.
— Lo que quieras, hijo -dijo el viejo-. Nadie podrá detenerte.
El viejo cruzó ligeramente la tienda hasta la pared de diez mil cajas, volvió con un par de zapatos para el chico, y escribió en un papel mientras Douglas se ataba los zapatos, se ponía de pie, y esperaba.
El hombre le alcanzó el papel.
— Una docena de cosas que harás para mí esta tarde. Cuando termines, estás despedido.
— ¡Gracias, señor Sanderson!
Douglas se alejó de un salto.
— ¡Un momento! -gritó el viejo.
Douglas frenó y se volvió.
El señor Sanderson se inclinó hacia adelante.
— ¿Cómo te sientan?
El muchacho se miró los pies sumergidos en ríos, en trigales, en el viento que ya se lo llevaba fuera del pueblo. Miró luego al viejo, con los ojos brillantes, moviendo los labios, pero sin hablar.
— ¿Antílopes? -dijo el viejo, mirando primero la cara del chico y luego los zapatos-.
¿Gacelas?
Douglas pensó un instante, titubeó, y afirmó con un movimiento de cabeza. Casi inmediatamente dio media vuelta y desapareció. El sonido de los zapatos de tenis se apagó en el calor de la jungla.
El señor Sanderson se detuvo en el umbral bañado por el sol, escuchando. De mucho tiempo atrás, cuando soñaba como un niño, llegó el recuerdo. Hermosas criaturas que saltaban en el aire, que desaparecían detrás de la malezas, bajo los árboles, lejos, dejando sólo un débil eco de pisadas.
— Antílopes -dijo el señor Sanderson-. Gacelas.
Se inclinó a recoger los abandonados zapatos invernales del chico, pesados con lluvias olvidadas y nieves hace tiempo fundidas. Saliendo del sol deslumbrante, caminando suavemente, ligeramente, lentamente, se volvió hacia el mundo civilizado...
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:02 am

-VIII-

Sacó una libreta de tapa gris amarillenta. Sacó un lápiz amarillo. Abrió la libreta. Pasó la lengua por la punta del lápiz.
— Tom -dijo-, tú y tus estadísticas me habéis dado una idea. Llevaré cuenta de las cosas.
Por ejemplo, ¿notaste que todos los veranos repetimos cosas del verano anterior?
— ¿Como qué, Doug?
— Como hacer vino, como comprar zapatos tenis, como lanzar el primer cohete del año, como hacer limonada, como clavarnos astillas en los pies, como recoger moras silvestres.
Todos los años lo mismo. Esto es la mitad del verano, Tom.
— ¿Y la otra mitad?
— Cosas que hacemos por primera vez.
— ¿Como comer aceitunas?
— Más importantes. Como descubrir que el abuelo o papá quizá no lo saben todo.
— ¡Saben lo que se puede saber! ¡No lo olvides!
— Tom, no discutas. Ya lo he anotado bajo DESCUBRIMIENTOS - Pero no es un crimen. He descubierto eso, también.
— ¿Qué otras locuras tienes ahí?
— Estoy vivo.
— ¡Eh, eso es viejo!
— Pensarlo, notarlo, es nuevo. Uno hace cosas sin pensar. De pronto miras y ves qué estás haciendo, y es la primera vez, realmente. Voy a dividir el verano en dos partes. La primera parte de esta libreta se titula: RITOS Y CEREMONIAS. La primera cerveza agria del año. La
primera vez que uno corre con los pies desnudos por la hierba. El primer baño en el lago. La primera sandía. El primer mosquito. La primera cosecha de dientes de león. Aquí, como dije, están los DESCUBRIMIENTOS Y REVELACIONES, o quizá ILUMINACIONES (una palabra hermosa), o quizá INTUICIONES. En fin, haces algo viejo y familiar, como embotellar vino, y lo pones bajo RITOS Y CEREMONIAS. Y luego piensas, y pones lo que piensas, aunque sea una locura, bajo DESCUBRIMIENTOS Y REVELACIONES. Mira lo que puse del vino: Cada vez que lo embotellas, guardas un buen pedazo de 1928. ¿Qué te parece, Tom?
— No pude seguirte.
— Te mostraré otra cosa. Bajo CEREMONIAS: Primera paliza de papá en el verano de 1928 la mañana del 24 de junio. Y en REVELACIONES escribí: "Los mayores y los chicos siempre pelean porque son de raza distinta" y "Las paralelas nunca se encuentran", ¡Fúmate eso, Tom!
— ¡Doug, es cierto, es cierto! Por eso no nos entendemos con mamá y papá. ¡Dificultades, siempre dificultades, del desayuno a la cena! ¡Doug, eres un genio!
— Cada vez que hagas algo repetido en estos meses, dímelo. Piensa luego, y dime eso también. Cuando llegue setiembre, sumaremos las cosas del verano y veremos qué descubrimos.
— Tengo una estadística para ti, ahora mismo, Doug. Toma el lápiz. Hay cinco billones de árboles en el mundo. Debajo de cada árbol hay una sombra, ¿no es cierto? Bueno, ¿por qué hay noches? Te lo diré: ¡sombras que salen de debajo de cinco billones de árboles!
¡Piénsalo! Sombras que corren por el aire, que emborronan las aguas, podrías decir. Si pudiéramos descubrir un modo de guardar esos cinco malditos billones de sombras bajo los árboles, podríamos quedarnos levantados la mitad de la noche, Doug, ¡pues no habría noche! Ahí tienes, algo viejo, algo nuevo.
— Es algo viejo y nuevo, realmente. -Douglas pasó la lengua por el lápiz, con ese nombre, Ticonderoga, que tanto le gustaba:- Dilo otra vez.
— Sombras bajo cinco billones de árboles...
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:02 am

-IX-

Sí, el verano era ritos, celebrados en el momento y el sitio indicados. El rito de la limonada y el té frío, el rito del vino, los pies calzados, o descalzos, y al fin, con una silenciosa dignidad, el rito de la hamaca en el porche.
En el tercer día de verano, a la tarde, el abuelo salió de la casa y contempló serenamente las dos anillas en el cielo raso del porche. Acercándose a la baranda, donde se alineaban las macetas de geranios, como Ahab cuando estudiaba el día apacible y el cielo apacible, alzó el
dedo húmedo estudiando el viento, y se arremangó la chaqueta para ver cómo se sentía uno en mangas de camisa en las últimas horas de la tarde. Respondió al saludo de otros capitanes en otros porches florecidos, que habían salido a observar la dulce y terrestre corriente del clima, olvidados de las mujeres que gorjeaban o protestaban detrás de las oscuras puertas.
— Muy bien, Douglas, pongámosla.
La encontraron en el garaje, polvorienta, y la llevaron como la torrecilla de un elefante, a los silenciosos festivales de las noches de verano, y el abuelo la encadenó a las anillas del cielo raso.
Douglas, más liviano, fue el primero en sentarse en la hamaca. Poco después, el abuelo instalaba su peso pontifical junto al niño. Se miraron sonriendo, asintiendo con movimientos de cabeza, mientras se balaceaban silenciosamente hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atras.
Diez minutos más tarde, la abuela aparecía con baldes de agua y escobas para lavar y barrer el porche. Se trajeron otras sillas.
— Es siempre agradable sentarse a la tarde -dijó el abuelo-, antes que los mosquitos empiecen a picar.
Alrededor de las siete, si uno se asomaba a la ventana del comedor y escuchaba, podía oír un ruido de sillas que se apartaban de las mesas, y a alguien que tocaba un piano de dentadura amarilla. Se encendían fósforos; y los primeros platos burbujeaban en la espuma, y se alineaban en los estantes. En algún sitio, débilmente, tocaba un fonógrafo. Y luego, a
medida que avanzaba la noche, casa tras casa, en las calles repusculares, bajo los robles y los olmos inmensos, en los porches sombríos; aparecía poco a poco la gente, como esas figuras de los barómetros.
El tío Bert, quizá el abuelo, luego el padre, y algunos de los primos. Los hombres saldrían primero a la noche de melaza, echando humo, dejando atrás las voces de las mujeres, que en las tibias cocinas ordenaban otra vez el universo. Luego las primeras voces de los hombres, y los niños en los gastados escalones o las barandas de madera desde donde en algún momento algo caería, un niño o una maceta de geranios.
Al fin, como fantasmas que habían esperado un momento detrás de las puertas de alambre, aparecerían la madre, la abuela, la bisabuela, y los hombres se moverían y ofrecerían sus asientos. Las mujeres traerían abanicos, periódicos doblados, hojas de bambú, pañuelos perfumados, y mientras hablaban moverían el aire sobre las caras.
Nadie recordaba al otro día de qué habían hablado. A nadie le importaba mucho. Sólo importaba que los sonidos iban y venían sobre los helechos delicados que bordeaban el porche; sólo importaba que la oscuridad era como un agua negra vertida sobre las casas, y que los cigarrillos brillaban, y las conversaciones seguían y seguían. La charla de las mujeres se alzaba perturbando los primeros mosquitos, que bailaban frenéticamente en el aire. Las voces de los hombres se metían entre las viejas maderas de las casas. Si uno cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra el piso, podía oir esas voces como un terremoto distante, incesante.
Douglas se tendió de espaldas en las secas planchas del porche. Las voces, que parecían eternas, lo alegraban y tranquilizaban. Eran voces que fluían sobre él en una corriente de murmullos, y le rozaban los párpados, y le entraban en los oídos somnolientos, continuamente. Las mecedoras chirriaban como grillos, los grillos chirriaban como mecedoras, y en el mohoso tonel de agua de lluvia nacía otra generación de mosquitos que serviría de tema de conversación en futuros e innumerables veranos.
Sentarse en el porche en las noches de verano era algo tan agradable, tan fácil, tan tranqullizador, que parecía imprescindible. Una sucesión de ritos exactos y antiguos: el encendido de las pipas, las pálidas manos que movían agujas de tejer en la oscuridad; la consumición de los bizcochos Eskimo, envueltos en papel plateado; el ir y venir de las gentes. Durante algun tiempo, en las primeras horas de la noche, todos hacían visitas; los
vecinos de abajo, las gentes de enfrente, la señorita Fern y la señorita Roberta que pasaban zumbando en su auto eléctrico, y llevaban de paseo a Tom o Douglas alrededor de la manzana, y luego subían a sentarse y abanicarse las acaloradas mejillas, o el señor Jones, el trapero, que luego de dejar su carro y su caballo en el callejón, subía los escalones listo
para estallar en palabras, animado, como si nadie hubiese dicho nunca lo que él decía, y de algún modo así era. Y por último, los niños, que habían jugado a hurtadillas un último escondite, o pateado una lata, jadeando, encendidos, volvían débiles y silenciosos como bumerangs a la hierba blanda, y se hundían junto a la charla charla charla del porche que los aplastaba suavemente...
Oh, la alegría de tenderse en la noche de helechos y la noche de hierbas y la noche de voces susurrantes y somnolientas que tejían la oscuridad. Los mayores habían olvidado que Douglas estaba allí, tan quieto, tan callado, oyendo los planes que elaboraban para él y sus propios destinos... Y las voces cantaban, erraban, en nubes de humo de cigarrillo iluminadas por la luna, mientras las luciérnagas, como tardías y animadas flores de manzano, golpeaban débilmente las luces lejanas de la calle, y las voces entraban en los años del futuro...
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:03 am

-X-

Frente a la tienda de cigarros los hombres se habían reunido esa noche para quemar dirigibles, hundir buques de guerra, volar edificios, y, ni más ni menos, saborear las bacterias de sus bocas de porcelana que un día los detendrían, bruscamente. Nubes de anonadamiento se enroscaban y subían en el humo de los cigarros envolviendo una nerviosa figura que parecía escuchar el ruido de palas y azadas y las entonaciones de "cenizas a las cenizas, polvo al polvo". La figura era Leo Auffmann, el joyero del pueblo, que abriendo los ojos oscuros y acuosos, alzó al fin las manos infantiles y gritó consternado:
— ¡Deteneos! ¡En nombre de Dios, salid de ese cementerio!
— Leo, qué razón tienes -dijo el abuelo Spaulding, que daba su paseo nocturno con sus nietos Douglas y Tom-. Leo, sólo tú podrías silenciar a estos comentaristas de la muerte.
Inventa algo que anime el futuro, redondo, infinitamente alegre. Has inventado velocípedos, has arreglado la máquina de monedas, has manejado el proyector del cine, ¿no es así?
— Claro -dijo Douglas-, ¡invente la máquina de la felicidad!
Los hombres se rieron.
— No se rían -dijo Leo Auffmann-. ¿Acaso hoy las máquinas no nos hacen llorar? ¡Sí! Cada vez que el hombre y la máquina parece que van a entenderse... ¡bum! Alguien añade un engranaje y los aeroplanos nos tiran bombas, los coches nos arrojan a los precipicios. ¿Les parece mal el pedido? No, no.
Leo Auffmann se acercó al borde de la acera, tocó su bicicleta como si fuese un animal, y la voz se le fue apagando.
— ¿Qué puedo perder? -murmuró-. ¿un poco de pellejo en las puntas de los dedos, algunos kilos de metal, unas horas de sueño? ¡Lo haré, y vosotros me ayudaréis!
— Leo -dijo el abuelo-, no quisimos decir...
Pero Leo Auffmann se había ido, pedaleando a través de la tibia noche de verano, dejando una estela de voz que decía:
— ...lo haré...
— Dios -dijo Tom, boquiabierto-, apuesto a que lo hará.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:03 am

-XI-

Observando cómo se alejaba por las calles de ladrillos de la noche, uno podía ver que Leo Auffmann era un hombre que se dejaba ir, que disfrutaba del leve ruido de los cardos entre las hierbas cálidas, cuando el viento soplaba como un horno, o del siseo de las líneas eléctricas en los postes mojados por la lluvia. Era un hombre que meditaba complacido -las
noches de insomnio- en el gran reloj del universo, que iba deteniéndose o se daba cuerda a sí mismo. ¿Quién lo sabía? Muchas noches, mientras escuchaba, decidía primero una cosa y luego otra.
Los golpes de la vida, pensaba, pedaleando, ¿cuáles son? Nacer, crecer, envejecer, morir. El primero parecía inevitable. Pero... ¿y los otros tres?
Las ruedas de la Máquina de la Felicidad le daban vueltas, con rayos dorados, en el cielo raso de la cabeza. Una máquina que ayudaría a las metamorfosis de la infancia. Y en los años en que la sombra de uno se dibuja claramente sobre el campo, como cuando se yace en cama de noche y el corazón ha latido billones de veces, su invento permitiría que un hombre dormitara en las hojas caídas como los niños en otoño, que cómodamente acostados en los secos montones se alegran de ser parte de la muerte del mundo.
— ¡Papá!
Sus seis hijos, Saul, Marshall, Joseph, Rebeca, Ruth, Naomi, de todas las edades desde los cinco a los quince, corrieron por el césped y le tomaron la bicicleta, tocándolo todos a la vez.
— Te esperábamos. ¡Hay helado!
Acercándose al porche, Leo Auffmann pudo sentir la sonrisa de su mujer, allí en la oscuridad.
Durante cinco minutos comieron en un cómodo silencio, luego, alzando una cucharada de helado coloreado por la luna, como si fuese a saborear cuidadosamente el maximo secreto del universo, Leo Auffmann dijo:
— ¿Lena? ¿Qué pensarías si trato de inventar una máquina de la felicidad?
— ¿Pasa algo malo? -preguntó Lena rápidamente.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:03 am

-XII-

El abuelo volvió con Tom y Douglas. A mitad de camino, Charlie Woodman y John Huff y otros niños pasaron corriendo como un enjambre de meteoros, y con una fuerza de gravedad tan intensa que arrancaron a Douglas del abuelo y Tom y lo llevaron hacia la hondonada.
— ¡No tardes, hijo!
— No... no...
Los niños se perdieron en la oscuridad.
Tom y el abuelo hicieron el resto del camino en silencio. Pero cuando entraban en la casa, Tom dijo:
— ¡Una máquina de la felicidad, qué bueno!
— No abras la boca -dijo el abuelo.
El reloj del ayuntamiento dio las ocho.
El reloj del ayuntamiento dio las nueve y estaba haciéndose tarde y era realmente de noche en esta callejuela de pueblo de un extenso Estado, en el gran continente de un planeta que se lanzaba al pozo del espacio hacia alguna parte o ninguna parte. Tom sentía cada kilómetro de la larga caída. Sentado junto a la puerta de alambre miraba aquella negrura vertiginosa que parecía tan inocente, como si no se moviera. Sólo cuando uno erraba los ojos, acostado, podía sentir que el mundo giraba bajo la cama y cavaba en los oídos con un mar negro, que venía y rompía en acantilados invisibles.
Se sentía el olor de la lluvia. Detrás, mamá planchaba y con una botella de corcho agujereado rociaba las ropas duras y secas.
Una tienda estaba aún abierta, en la otra manzana. La de la señora Singer.
Al fin, justo cuando era tiempo de que la señora Singer cerrase la tienda, mamá cedió y le dijo a Tom:
— Corre y trae un poco de helado y fíjate que lo envuelvan bien.
Tom preguntó si podía pedir un poco de chocolate, pues no le gustaba la vainilla, y mamá estuvo de acuerdo. Descalzo, con el dinero en la mano apretada, Tom corrió por la tibia acera de cemento, bajo los manzanos y los olmos. Había tanto silencio en el pueblo que sobre los cálidos árboles que sostenían las estrellas sólo se oía el chirrido de los grillos.
Los pies delgados golpeaban el pavimento. Tom cruzó la calle y encontró a la señora Singer que andaba pesadamente por la tienda cantando melodías en idisch.
— ¿Una pinta de helado? -dijo la mujer-. ¿Con chocolate arriba? ¡Sí!
Tom observó cómo la mujer manipulaba la tapa de metal de la refrigeradora, llenando el vaso de cartón con helado y "¡chocolate arriba, sí!". Le dio el dinero, recibió el frío paquete, se lo pasó por la frente y las mejillas, riéndose, y volvió saltando a su casa. Detrás de él las luces de la tiendecita solitaria parpadearon, apagándose. Sólo brillaba un farol en la esquina, y se le ocurrió que todo el pueblo se había ido a dormir.
Abrió la puerta de alambre. Mamá todavía planchaba. Parecía acalorada e irritada, pero sonrió como siempre.
— ¿Cuándo volverá papá de la reunión? -preguntó Tom.
— A eso de las once y media -replicó mamá. Llevó el helado a la cocina y lo dividió. Le dio a Tom su chocolate, se sirvió un poco, y apartó el resto-. Para cuando vengan Douglas y tu padre.
Callaron un rato, disfrutando del helado: el corazón de la profunda y silenciosa noche de estío. Su madre y él mismo y la noche alrededor de la casita en la callejuela. Tom lamía cuidadosamente la cuchara antes de hundirla nuevamente en el helado, y mamá apartó la tabla de planchar y dejó enfriar la plancha caliente y se sentó en el sofá junto al fonógrafo y dijo:
— Señor, qué día sofocante. La tierra absorbió todo el calor y lo suelta ahora. Costará dormir.
Se quedaron escuchando la noche, aplastados por ventanas y puertas y un completo silencio, pues la radio necesitaba una nueva batería, y habían oído todos los discos del cuarteto Knickerbocker y Al Jolson y los Two Black Crows hasta el cansancio. De modo que Tom, sentado en el piso de madera, miró la oscura oscuridad, apretando la nariz contra la cortina de alambre hasta que se le grabaron en la punta unos cuadraditos negros.
— ¿Dónde estará Doug? Son casi las nueve y media. — Llegará pronto -dijo Tom.
Doug no tardaría.
Siguió a su madre para ayudarle a lavar los platos. Todos los sonidos, el entrechocar de platos y cucharas, parecían amplificarse en la noche tibia. Silenciosamente, pasaron al vestíbulo, sacaron los almohadones del sofá, lo abrieron y lo transformaron en una cama doble. Mamá hizo la cama, preparando las almohadas. Luego, cuando Tom se desabrochaba ya la camisa, exclamó:
— Espera un momento, Tom.
— ¿Por qué?
— Porque yo lo digo.
— Estás rara, mama.
Mamá se sentó un momento, se incorporó, fue a la puerta y llamó. Tom escuchó el repetido
llamado:
— ¡Douglas! ¡Douglas! ¡Oh, Doug! ¡Douglassssss!
El llamado flotó en la cálida oscuridad del verano y no volvió. Los ecos no lo atendieron.
Douglas, Douglas, Douglas.
¡Douglas!
Y Tom, sentado otra vez en el piso, sintió un frío que no era del helado, ni del invierno, y tampoco parte del calor del verano. Advirtió que mamá apartaba los ojos, parpadeaba titubeando, nerviosa.
Al fin mamá abrió la puerta de alambre. Salió a la noche, descendió los escalones hasta la acera, bajo el arbusto de lilas. Tom escuchó el sonido de sus pasos.
Y el llamado otra vez.
Silencio.
La madre llamó dos veces más. Tom no se movió. En cualquier momento Douglas respondería desde un extremo de la calle larga y estrecha:
— ¡Sí, mamá! ¡Sí, mamá! ¡Eh!
Pero Doug no respondía. Y durante dos minutos Tom miró la cama preparada, la radio silenciosa, el fonógrafo silencioso, la lámpara con sus abalorios de cristal que brillaban calladamente, la alfombra con sus arabescos escarlatas y purpúreos. Apretó un dedo del pie contra la cama. ¿Le dolería? Le dolió.
La puerta de alambre se abrió chirriando y mamá dijo:
— Vamos, Tom. Daremos un paseo.
— ¿A dónde?
Tom le tomó la mano. Bajaron juntos por la calle St. James. Bajo los pies el cemento estaba tibio aún, y los grillos cantaban más alto en la oscuridad cada vez más oscura. Llegaron a la esquina, doblaron y caminaron hacia la hondonada del oeste.
De alguna parte salió un coche que pasó a lo lejos, lanzando a un lado y a otro la luz de sus faros. Había una tal ausencia de vida, luz, y actividad. Aquí y allá, detrás, brillaban unos débiles cuadrados de luz. Pero la mayor parte de las casas ya dormía en sombras, y había unos pocos porches sin luz donde se charlaba en voz baja. Uno oía a veces al pasar el crujido de una mecedora.
— Me gustaría que tu padre estuviese en casa -dijo mamá. La manzana apretaba la mano pequeña de Tom-. Espera a que tenga a mano a ese chico. El Solitario anda por ahí otra vez. Matando gente. Nadie puede estar seguro. No se sabe dónde o cuándo aparecerá el Solitario. Cuando Douglas llegue recibirá una paliza que lo dejará medio muerto.
Habían caminado otra cuadra y estaban ahora junto a la sagrada silueta de la iglesia bautista alemana, en la esquina de las calles Chapel y Glen Rock. Detrás de la iglesia, a un centenar de metros, nacía la cañada. Tom podía olerla. Era un olor sombrío y húmedo, de hojas podridas, verde y espeso. Era una ancha cañada que cortaba en zigzag el pueblo. Una jungla en el día, un lugar al que no había que acercarse de noche, decía mamá a menudo.
La cercanía de la iglesia bautista podía haber animado a Tom; pero no fue así, pues el edificio estaba a oscuras, y parecía frío e inútil, como un montón de ruinas a orillas de la cañada.
Tom tenía sólo diez años. Sabía poco de la muerte, el miedo, o el terror. La muerte era una efigie de cera en un ataúd cuando Tom tenía seis años, era el bisabuelo, como un gran buitre caído en su jaula, callado, llevado, un bisabuelo que ya nunca le diría cómo ser bueno, y que nos haría breves comentarios sobre política. La muerte era su hermanita una mañana de sus siete años, cuando despertó, miró en la cuna, y vio que ella lo miraba con unos ojos ciegos, helados, azules y fijos hasta que vinieron los hombres a llevársela en una canastita. La muerte era un día, cuatro semanas más tarde, cuando se detuvo junto a la alta silla de su hermana y comprendió de pronto que nunca estaría otra vez en la casa,
haciéndolo reír y llorar, y poniéndolo celoso. La muerte era el Solitario, invisible, que iba de un lado a otro y acechaba detrás de los árboles, esperando en el campo para venir al pueblo, una o dos veces al año, a estas calles, a estos lugares donde había tan poca luz, y matar a una, dos o tres mujeres en los últimos tres años. Eso era la muerte..
Pero esto era más que la muerte. En esta noche de verano, muy por debajo de las estrellas estaban todas las cosas que se podían sentir o ver u oír en la vida, cayendo juntas y ahogándolo a uno.
— Dejaron la acera y caminaron por un sendero empedrado, rodeado de malezas, donde los grillos entonaban un coro agudo y tamborileante. Tom siguió obedientemente, detrás de la audaz, hermosa y alta mamá... defensora del universo. Juntos, así, se acercaron a los límites de la civilización, los alcanzaron, y se detuvieron.
La cañada.
Aquí y ahora, abajo, en aquel pozo de salvaje negrura había algo que Tom nunca conocería o entendería. Criaturas anónimas que vivían a la sombra de los árboles, en el olor de la podredumbre.
Y él y su madre estaban solos.
La mano de la madre tembló.
Tom sintió el temblor... ¿Por qué? Ella era más grarde, más fuerte, más inteligente que él, ¿no? ¿Sentía ella, también, aquella amenaza intangible, aquello que asomaba en la sombra, aquella malignidad agazapada? Entonces, ¿no traían fuerzas los años? ¿No había un refugio seguro en la vida? ¿No había ciudadela carnal capaz de resistir los confusos asaltos de las medianoches? Las dudas asaltaron a Tom. Sintió otra vez el helado en la garganta, el estómago, la espalda y los miembros. Se sintió de pronto tan frío como un viento escapado del mes de diciembre.
Comprendió que todos los hombres eran así, que todos eran seres únicos y solitarios. Una unidad, una unidad entre otros, siempre con miedo. Como aquí, ahora. ¿Si gritara, si aullara
pidiendo auxilio, importaría realmente?
La negrura podía alcanzarlos rápidamente, una negrura devoradora. En un titánico y helado momento todo habría terminado. Mucho antes del alba, mucho antes que la policía sondeara con sus linternas el oscuro y perturbado sendero, mucho antes que los hombres de mentes temblorosas pudieran arrojar una piedra. Aunque estuvieran a menos de quinientos metros, y pudiera contar realmente con ellos, en tres segundos una oscura marea se alzaría para arrancarle diez años y...
El impacto esencial de la soledad de la vida sacudió el cuerpo tembloroso de Tom. Mamá estaba sola, también. Ella no contaba con la santidad del matrimonio, la protección del amor familiar, la constitución de los Estados Unidos, o la policía del pueblo. No contaba con nada, en ese instante, sino con su propio corazón. Y allí nada encontraría, sólo una repugnancia indomable, y miedo. En ese instante su problema era un problema individual que requería una solución individual. Debía aceptar su soledad, y aceptarla además como punto de partida.
Tom tragó saliva dificultosamente, y se agarró a su madre. Oh, Señor, no permitas que ella muera, pensó. No nos hagas nada. Papá volverá de la reunión dentro de una hora y sí encuentra la casa vacia.
La madre avanzó por el sendero hacia la jungla primigenia. Tom habló con voz temblorosa.
— Mamá, Doug está bien. Doug está bien. Está bien. ¡Doug está bien!
La voz de la madre era alta, tirante.
— Siempre viene. Le digo que no, pero esos malditos chicos vienen de todos modos. Una noche de éstas vendrá y no volverá...
No volverá. Eso podía significar cualquier cosa. Vagabundos. Criminales. Oscuridad.
Accidentes. Y sobre todo... ¡muerte!
Solo en el universo.
Había millones de pueblos como éste en el mundo. Todos tan oscuros, tan solitarios, tan apartados, tan sorprendidos y estremecidos. El sonido de los violines en tono menor de las cañas era la música del pueblo, sin luces, con muchas sombras. Oh, la vasta y devoradora soledad de esas sombras. Sus secretas y húmedas cañadas. La vida allí, de noche, era un
horror, y la cordura, el matrimonio, los niños, la felicidad, todo era asaltado, simultáneamente, por un ogro llamado Muerte.
La madre alzó la voz en la sombra.
— ¡Doug! ¡Douglas!
De pronto, advirtieron que algo ocurría.
Los grillos habían callado.
El silencio era total.
Nunca había sentido Tom un silencio parecido. Un silencio tan completo. ¿Por qué habían enmudecido los grillos? ¿Por qué? Nunca se habían detenido antes. Nunca.
Salvo que...
Algo iba a ocurrir.
Era como si toda la cañada hubiese endurecido sus negras fibras, sacando fuerza de los dormidos campos vecinos, en un alrededor de kilómetros y kilómetros. Todo el silencio del bosque, las cañadas y colinas empapadas de rocío donde los perros alzaban la cabeza a la luna, era traído hacia un punto. En diez segundos algo ocurriría, algo ocurriría. Los grillos callaban; las estrellas estaban muy bajas. Enjambres de estrellas, calientes y luminosas.
Creciendo, creciendo, el silencio. Creciendo, creciendo, la tensión. Oh, todo estaba tan oscuro, tan alejado. Oh, Dios.
Y en seguida, del otro lado de la cañada:
— ¡Sí, mamá! ¡Voy, mamá!
Y luego el rápido resbalar de unos zapatos de tenis, barranca abajo, hacia el fondo de la cañada, y tres chicos aparecieron dando saltos, riéndose entre dientes...
Las estrellas se alzaron como los duros cuernos de diez millones de caracoles.
¡Los grillos cantaron!
La oscuridad retrocedió, sorprendida, enojada. Se echó hacia atrás, ya sin apetito. La habían interrumpido bruscamente cuando iba a alimentarse. Y a medida que la sombra retrocedía como una ola en la playa, tres niños salían de ella, riéndose.
— ¡Hola, mamá! ¡Hola, Tom! ¡Eh!
Olía como Douglas, sí. Sudor y hierbas y olor de árboles y ramas y arroyos.
— Joven, vas a recibir una paliza -declamó mamá, que había apartado instantáneamente su miedo.
Tom supo que ella nunca se lo diría a nadie. Lo llevaría en el corazón, sin embargo, mucho tiempo, donde siempre había estado.
Volvieron a la casa. Tom se alegraba de que Douglas estuviese vivo. Se alegraba realmente.
Durante un momento había pensado...
Lejos, en el campo iluminado por la luna, un tren corría valle abajo, cruzando un viaducto, silbando como algo perdido, metálico, anónimo y rápido. Tom se acostó, temblando, junto a Douglas, escuchando el silbido del tren, y pensando en un primo que había vivido en el campo, donde el tren corría ahora, y que había muerto de neumonía una noche, hacía muchos, muchos años...
Sintió el olor de Douglas junto a él. Era algo mágico. Dejó de temblar.
— Sólo sé dos cosas realmente, Doug -murmuró.
— ¿Qué?
— La oscuridad horrible de la noche es una.
— ¿Y la otra?
— La cañada de noche no podrá aparecer en la máquina de la felicidad del señor Auffmann, si la inventa alguna vez.
Douglas pensó un rato.
— Sí, tienes razón.
Dejaron de hablar. Escucharon, y de pronto oyeron unas pisadas que venían por la calle, bajo los árboles, frente a la casa ahora, en la acera. Desde su cama, mamá habló serenamente.
— Es vuestro padre.
Era el padre.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:03 am

-XIII-

En medio de la noche, en el porche, Leo Auffmann escribía una lista que no podía ver, exclamando: -¡Ah! -o- ¡Esto también! cuando recordaba algún elemento importante. Luego la puerta de alambre golpeó suavemente, como una polilla.
— ¿Lena? -murmuró Leo Auffmann.
La mujer se sentó junto a él en la hamaca, en camisón, no delgada como las muchachas sin amor a los diecisiete, no gorda como las mujeres sin amor a los cincuenta, sino redonda, firme, como las mujeres de cualquier edad, pensó él, cuando no hay problemas.
Lena era un milagro. Su cuerpo, como el de él, pensaba siempre por ella, pero de modo diferente, dando forma a los niños, o adelantándose para cambiar el aire de cualquier habitación de acuerdo con el humor de su marido. No pensaba mucho tiempo, en aparencia.
El pensamiento y la acción pasaban de la cabeza a la mano, y viceversa, en un circuito suave y natural que Leo Auffmann no podía, y no intentaba, reproducir.
— Esa máquina -dijo al fin la mujer-, no la necesitamos.
— No -dijo él-, pero a veces tenemos que inventar para otros. He pensado qué podría poner en ella. ¿Películas? ¿Radios? ¿Lentes estereoscópicas? Todo a la vez probablemente, de modo que un hombre, acariciando la máquina, pueda decir: "Sí, señor. Esto es la felicidad."
Sí, pensó Leo Auffmann, hacer un aparato que a pesar de los pies húmedos, la sinusitis, las camas arrugadas, y esas horas de las tres-de-la-mañana cuando los monstruos le devoran el alma a uno, fabrique felicidad, como aquel mágico molino de sal que arrojado al océano fabricó sal eternamente, y transformó el mar en salmuera. ¿Quién no sudaría sangre para inventar una máquina parecida?, le preguntó Leo Auffmann al mundo, al pueblo, a su mujer.
En la hamaca del porche, a su lado, el silencio de Lena era una opinión.
Leo Auffmann, también silencioso, con la cabeza echada hacia atrás, escuchó las hojas de los olmos que siseaban al viento.
No lo olvides, se dijo a sí mismo. Este sonido debe estar también en la máquina.
Un minuto más tarde la hamaca del porche, el porche, se alzaban vacíos en la oscuridad.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:04 am

-XIV-

El abuelo sonrió en sueños.
Sintiendo la sonrisa, y preguntándose por qué, despertó. Se quedó callado, escuchando, y descubrió la razón de la sonrisa.
Pues oyó un sonido que era mucho más importante que el de los pájaros o el rumor de las hojas nuevas. Una vez al año despertaba de este modo y se quedaba esperando el sonido que señalaba el comienzo oficial del verano. Y comenzaba en una mañana como ésta, cuando un pensionista, un sobrino, un primo, un hijo o un nieto salían al jardín y se movían en cuadrángulos cada vez más pequeños hacia el norte, el este, el sur y el oeste por el dulce césped del verano, en un repiqueteo de metales giratorios. Capullos de trébol, los pocos dientes de león no cosechados aún, hormigas, palos, pedruscos, restos de buscapiés y cohetes del último cuatro de julio, pero principalmente hierba verde, una fuente sobre la
chirriante cortadora. Una fuente suave y fresca. El abuelo la imaginó haciéndole cosquillas en las piernas, rociándole el rostro encendido, llenándole las narices con el aroma inmemorial de una nueva estación, con la promesa de que, sí, todos vivirían otros doce meses.
Bendita sea la cortadora, pensó. ¿Quién fue el tonto que hizo empezar el año el primero de enero? No, un hombre debería vigilar las hierbas en un millón de ciudades de Illinois, Ohio, Iowa, y una mañana, cuando esas hierbas pareciesen suficientemente largas, en vez de sirenas y bocinas y gritos, estallaría una enorme y agitada sinfonía de cortadoras de césped
que cubrirían de briznas frescas los extensos prados. En vez de confetti y serpentinas, la gente se echaría a la cara pedacitos de hierba en el día que señalaría realmente ¡el comienzo!
Emitió un bufido burlándose de su largo discurso, fue a la ventana y se asomó a la luz suave del sol, y, ciertamente, allí estaba un pensionista, un periodista joven llamado Forrester, terminando una hilera.
— ¡Buenos días, señor Spaulding!
— ¡Acabe con ellas, Bill! -gritó animadamente el abuelo, y pronto bajaba las escaleras y devoraba el desayuno de la abuela, con la ventana abierta de par en par, acompañado por el crujiente zumbido de la cortadora.
— Te da confianza -dijo el abuelo-. Esa cortadora. ¡Escúchala!
— No la usaremos mucho tiempo. -Le abuela ordenó una hilera de bizcochos de trigo.- Hay una nueva clase de pasto. Bill Forrester lo está poniendo ahora. No necesita cortarse. No sé cómo se llama, pero crece un poco, y después ya no más.
El abuelo clavó los ojos en la mujer.
— Me parece una broma bastante tonta.
— Vé y mira tú mismo -dijo la abuela-. Fue idea de Bill Forrester. El césped nuevo espera a un lado de la casa. Haces unos agujeritos aquí y allí y pones el césped nuevo. A fin de año el césped nuevo ha matado al viejo, y tú vendes la cortadora.
El abuelo dejó la silla, cruzó el vestíbulo y salió a la puerta de calle en diez segundos. Bill Forrester dejó la máquina y se acercó, sonriendo, frunciendo los ojos al sol.
— Es cierto -dijo-. Compré el césped ayer. Y, como estoy de vacaciones, decidí plantarlo.
— ¿Pero por qué no me consultó? ¡Es mi césped! -gritó el abuelo.
— Pensé que le gustaría, señor Spaulding.
— Bueno, no creo que me guste. Veamos ese condenado pasto suyo.
Se detuvieron junto a los almácigos de hierba nueva. El abuelo los tocó con la punta del zapato.
— Parece la hierba de antes. ¿Está seguro de que algún estafador no lo pescó a usted medio dormido?
— Lo he visto crecer en California. Hasta aquí de alto, y no más. Si sobrevive al clima, el año que viene podremos ahorrarnos el trabajo semanal de cortarlo.
— Esa es la dificultad con su generación -dijo el abuelo-. Bill, usted me avergüenza, usted, un periodista. Todas las cosas que pueden saborearse en la vida, ustedes las anulan. Ahorre tiempo, ahorre trabajo, dicen. -Pateó los almácigos irrespetuosamente.- Bill, cuando tenga usted mis años, descubrirá que las cosas pequeñas, las alegrías pequeñas, cuentan más que las grandes. Un paseo en una mañana de primavera es preferible a un viaje de cien kilómetros en un coche que corre a los saltos. ¿Sabe por qué? Porque en el paseo hay aromas, cosas que crecen. Hay tiempo de buscar y encontrar. Ya sé. Ustedes buscan ahora lo grande, y quizá tengan razón. Pero como hombre que trabaja en un periódico debería fijarse usted en las uvas tanto como en los melones. Usted admira los esqueletos, y yo las huellas digitales. Muchas cosas lo aburren a usted, y yo me pregunto si no se debe a que nunca aprendió a usarlas. Si de ustedes dependiera, emitirían una ley que aboliría todas las tareas menudas, las cosas menudas. Se quedarían sólo con las grandes cosas, y tendrían entonces que pasarse las horas ideando algo que hacer para no volverse locos. ¿Por qué no aprenden de la naturaleza? Cortar el césped y arrancar zarzas puede ser un modo de vida, hijo.
Bill Forrester lo miraba sonriendo.
— Ya sé -dijo el abuelo-. Hablo demasiado.
— Lo oigo con gusto.
— La conferencia continúa, entonces. Un matorral de lilas es mejor que una orquídea. Y los dientes de león y la hierba común son todavía mejores. ¿Por qué? Porque lo doblan a usted, y lo alejan de toda la gente y el pueblo por un rato, y lo hacen sudar, y le recuerdan que tiene nariz. Y cuando usted se dedica realmente a eso, es usted mismo un rato. Usted empieza a pensar. La jardinería es la excusa más a mano para ser un filósofo. Nadie sospecha, nadie acusa, nadie sabe, pero ahí está usted, Platón entre las peonias. Sócrates cultivando su propia cicuta. Un hombre que lleva un saco de abono por el campo es como Atlas con el mundo al hombro. Como dijo una vez el caballero Samuel Spaulding: "Cava en
la tierra, cava en el alma." Haga girar esas hojas de la cortadora, Bill, y paséese bajo el rocío de la fuente de la juventud. Fin de la conferenciá. Además, es bueno comer de cuando en cuando unos dientes de león.
— ¿Cuándo cenó usted por última vez dientes de león, señor?
— ¡No interesa ahora!
Bill pateó ligeramente un almácigo y movió afirmativamente la cabeza.
— Algo más sobre este césped. No lo dije todo. Crece tan apretado que mata tréboles y dientes de león.
— ¡Cielo santo! ¡Eso quiere decir que no habrá vino el año próximo! ¡Ha perdido la cabeza, hijo! Escuche, ¿cuánto le costó todo esto?
— Un dólar el almácigo. Compré diez almácigos como sorpresa.
El abuelo buscó en su bolsillo, sacó su vieja y ancha billetera, abrió el cierre de plata, y sacó tres billetes de cinco dólares.
— Bill, ha ganado usted cinco dólares con este negocio. Quiero que lleve esta carga de césped antirromántico a la cañada, el basural, donde quiera. Pero le ruego civil y humildemente no plantarlo en mi jardín. Sus motivos son irreprochables, pero mis motivos, me parece, pues estoy alcanzando los años más delicados, merecen prioridad.
— Sí, señor. Bill se guardó los billetes de mala gana.
— Bill, usted plantará este césped nuevo otro año. El año que siga a mi muerte. Entonces podrá poner el jardín cabeza abajo, si así lo desea. ¿Puede esperar cinco años a que el viejo orador se retire?
— Maldición, claro que sí.
— Hay algo de inefable en la cortadora. Para mí es el más hermoso sonido del mundo, el sonido más fresco de la estación, el sonido del verano, y lo echaré horriblemente de menos si no la oigo, y echaré de menos, también, el olor de la hierba cortada.
Bill se inclinó para recoger un almácigo.
— Me voy a la cañada.
— Es usted un joven comprensivo y llegará a ser un brillante y sensible periodista -dijo el abuelo, ayudándolo-. ¡Yo se lo profetizo!
Pasó la mañana, llegó el mediodía, el abuelo se retiró a leer un poco de Whittier, y se durmió. Cuando despertó a las tres, el sol entraba por las ventanas, brillante y fresco. Se sobresaltó al oír el viejo sonido, familiar y memorable.
— Pero cómo -dijo-, ¡alguien usa la cortadora! ¡Pero si cortaron el césped esta mañana!
Escuchó otra vez.. Y sí, allí estaba, el interminable murmullo que iba y venía, iba y venía.
Se asomó a la ventana y abrió la boca.
— Cómo, es Bill. ¡Bill Forrester! ¿El sol le ha hecho daño? ¡Está cortando el césped otra vez!
Bill alzó los ojos, sonrió con una blanca sonrisa, y saludó con la mano. — ¡Ya sé! ¡Me pareció que faltaban algunos pedazos!
Y el abuelo volvió a la cama por otros cinco minutos, y sonrió complacido. Bill Forrester cortó el césped hacia el norte, luego hacia el sur, y al fin, bajo una fuente de rocío verde, hacia el este
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:04 am

-XV-

El domingo a la mañana Leo Auffmann caminó lentamente por el garaje, esperando que alguna madera, un rollo de alambre, un martillo o tenaza se alzara gritando "¡Empieza aquí!" Pero nada saltó, nada pidió empezar.
¿Una Máquina de la Felicidad, se preguntó, ha de ser algo que se pueda llevar en el bolsillo?
¿O -continuó-, algo que lo lleve a uno en su bolsillo?
— Por lo menos -dijo en voz alta-, ¡tiene que ser brillante!
Puso una lata de pintura anaranjada en el centro del banco de trabajo, tomó un diccionario, y entró en la casa.
— ¿Lena? -Miró el diccionario.- ¿Te sientes "complacida, contenta, alegre, deleitada"? ¿Te sientes "dichosa, afortunada"? ¿Las cosas son para ti "agradables y convenientes",
"satisfactorias y cómodas"?
Lena dejó de cortar las verduras y entornó los ojos.
— Leeme la lista otra vez, por favor -dijo.
El hombre cerró el libro.
— Siempre piensas una hora antes de contestar. Te pido que me digas simplemente sí o no.
¿No estás alegre, contenta, satisfecha?
Las vacas están satisfechas, y los bebés y los viejos en la segunda infancia contentos, Dios los ampare -dijo Lena-. En cuanto a alegre, Leo, mira cómo me río frotando el vertedero...
Leo Auffmann la miró de cerca y sonrió.
— Lena, es cierto. Un hombre no se da cuenta. Quizá podamos salir el mes próximo.
— ¡No me quejo! -gritó la mujer-. No soy de esas que aparecen con una lista diciendo "Muérdete la lengua". Leo, ¿te preguntas acaso por qué te late el corazón toda la noche?
¡No! En seguida preguntarás, ¿qué es el matrimonio? ¿Quién lo sabe, Leo?No preguntes.
Un hombre que empieza a pensar cómo funcionan, cómo marchan las cosas, cae del trapecio en el circo, se ahoga preguntándose cómo trabajan los músculos del pecho. Come, duerme, respira, Leo, ¡y deja de mirarme como si yo fuese una novedad en la casa!
Lena Auffmann calló. Olió el aire.
— ¡Oh, Dios mío, mira lo que has hecho!
Abrió rápidamente la puerta del horno. Una gran humareda llenó la cocina.
— ¡La felicidad! -gimió-. ¡Y por primera vez en seis meses tenemos una pelea! ¡La felicidad, y por primera vez en veinte años no cenaremos pastel sino carbón!
Cuando el aire se aclaró, Leo Auffmann había desaparecido.
El terrible estrépito, el choque del hombre y la inspiración, el desorden de metal, madera, martillo, clavos, escuadras, destornilladores, continuó durante muchos días. En una ocasión, derrotado, Leo Auffmann vagó por las calles, nervioso, aprensivo. Le temblaba la cabeza cuando oía una leve risa lejana, se inclinaba a oír los chistes de los niños, intentando averiguar por qué se reían. De noche, se instalaba en los porches de los vecinos, escuchando cómo los viejos pesaban y medían la existencia, y ante cada explosión de alegría, Leo Auffmann se sentía vivificado, como un general que se ha visto asaltado por las fuerzas de las tinieblas y ha conseguido al fin afirmar su estrategia. Regresaba a su casa, animado y triunfante, hasta que llegaba al garaje y se encontraba con las herramientas muertas y la madera inanimada. Entonces la cara brillante se le cubría de una palidez de hongo, y para disimular su fracaso golpeaba y aplastaba las partes de la máquina, como si así les diera sentido. Al fin la máquina empezó a tomar forma, y luego de diez días con sus
noches, temblando de fatiga, hambriento, tambaleándose, como herido por un rayo, Leo Auffmann entró en la casa.
Los niños, que habían estado gritándose horriblemente unos a otros, callaron, como si hubiesen sonado las campanas del reloj y hubiera entrado la Muerte Roja.
— La Máquina de la Felicidad -susurró Leo Auffmann- está lista.
— Leo Auffmann -dijo su mujer- ha perdido siete kilos. No ha hablado con sus hijos en dos semanas. Están nerviosos, se pelean, ¡escúchenlos! Su mujer está nerviosa, ha aumentado cinco kilos, necesita ropa nueva, ¡miren! Sí, la máquina está lista. ¿Y la felicidad? ¿Quién puede decirlo? Leo, deja de fabricar ese reloj. Nunca encontrarás un cuclillo bastante grande. El hombre no está hecho para eso. No es algo contra Dios, no; pero parece algo contra Leo Auffmann. Otra semana como ésta, ¡y lo enterraremos en su máquina!
Pero Leo Auffmann estaba demasiado ocupado viendo cómo el cuarto caía rápidamente hacia arriba.
¡Qué interesante!, pensó, acostado en el piso.
La oscuridad se cerró sobre él en un gran parpadeo mientras alguien gritaba algo de la Máquina de la Felicidad, tres veces.
A la mañana siguiente, abrió los ojos y vio docenas de pájaros que aleteaban rizando el aire, como piedras de colores arrojadas a una corriente increíblemente clara, golpeando con suavidad el techo de lata del garaje.
Unos perros callejeros entraron uno a uno en el patio y miraron por la puerta del garaje, gimiendo débilmente. Cuatro muchachos, dos chicas y algunos hombres titubearon en la acera, y siguieron su camino bajo los cerezos.
Leo Auffmann, escuchando, comprendió qué había atraído a todos al patio.
El sonido de la Máquina de la Felicidad.
Era un sonido que podía salir de la cocina de un gigante en un día de verano. Había muchos zumbidos, altos y bajos, repetidos, y cambiantes. Un enjambre de zumbadoras abejas doradas, grandes como tazas de té, cocinaban allí comidas increíbles. La giganta, canturreando entre dientes, vasta como el estío, se asomaría a la puerta, con un rostro de luna y durazno, y miraría con calma los perros sonrientes, los niños de pelo de maíz, y los hombres de pelo de harina.
— Un momento -dijo Leo Auffmann- Yo no encendí la máquina. ¡Saul! Saul, de pie en el patio, alzó los ojos.
— Saul, ¿la encendiste?
— ¡Me dijiste que la calentara hace media hora!
— ¡Oh, Saul, me olvidé! Estoy un poco dormido.
Se dejó caer en la cama.
Su mujer, que traía el desayuno, se detuvo mirando el garaje.
— Dime -preguntó dulcemente-, esa máquina, ¿hará bebés? ¿Los viejos de setenta volverán a los veinte? ¿Y qué es la muerte cuando estás escondido ahí dentro, con toda esa felicidad?
— ¡Escondido!
— Si mueres de fatiga, ¿qué deberé hacer hoy? ¿Meterme en esa gran caja y ser feliz? Y dime, Leo, ¿qué vida llevamos? Sabes cómo es nuestra casa. A las siete de la mañana, desayuno, los chicos; todos os habéis ido a las ocho y media, y yo me quedo lavando y cocinando, y remendando calcetines, o arrancando malezas, o corro a la tienda, o repaso la platería. ¿Quién se queja? Te recuerdo cómo marcha la casa, Leo, qué pasa en ella.
Contéstame. ¿Cómo metiste todo eso en la máquina?
— ¡No es así!
— Lo lamento. No he tenido tiempo de mirar.
Y la mujer besó a su marido en la mejilla, y él se quedó oliendo la brisa que brotaba de la máquina, allá abajo, y que traía el olor de las castañas asadas en las calles otoñales de un Paris que nunca había conocido...
Un gato se movió sin ser visto entre perros y niños hipnotizados y ronroneó junto a la puerta del garaje, donde unas olas de nieve rompían rítmicamente en una costa lejana.
Mañana, pensó Leo Auffmann, probaremos la máquina. Todos nosotros, juntos.
Abrió los ojos en medio de la noche y supo que algo lo había despertado. Lejos, en otro
cuarto, lloraba alguien.
Leo Auffmann se levantó.
— ¿Saul?
Saul lloraba con la cabeza hundida en la almohada.
— No... no...-gemía-. Basta.. basta...
— Saul, ¿tuviste una pesadilla? Cuéntame, hijo.
Pero el chico no dejaba de llorar.
Y sentado en la cama de Saul, a Leo Auffmann se le ocurrió mirar por la ventana. Las puertas del garaje estaban abiertas.
Sintió un frío en la nuca.
Saul se durmió otra vez, estremeciéndose, y su padre fue abajo y salió al garaje donde, conteniendo el aliento, estiró la mano.
En la noche fresca, el metal de la Máquina de la Felicidad estaba demasiado caliente. Así que, pensó, Saul estuvo aquí esta noche.
¿Por qué? ¿Saul no era feliz, necesitaba la máquina? No, era feliz, pero quería aferrarse a la felicidad. ¿Puede acusarse a un niño que aprecia inteligentemente su situación y quiere conservarla? No. Y sin embargo.
Arriba, de pronto, algo blanco había salido por la ventana de Saul. El corazón de Leo Auffmann golpeó como un trueno. En seguida comprendió. La cortina había salido al aire de la noche. Pero parecía algo tan íntimo, tan tembloroso... como si el alma del niño hubiese escapado del cuarto. Y Leo Auffmann extendió los brazos como si quisiese recoger la cortina y meterla otra vez en la casa somnolienta.
Helado, estremeciéndose, volvió a la casa y subió al dormitorio de Saul. Allí tomó la cortina, la metió en el cuarto, y cerró la ventana para que aquella cosa pálida no volviera a escapar.
Luego se sentó en la cama y puso la mano en el hombro del niño.
— ¿Historia De Dos Ciudades? Mío. ¿Tienda De Antiguedades? Ja, éste es de Leo Auffmann.
¡Grandes Esperanzas! Antes era mío, ¡pero que Grandes Esperanzas sea de él ahora!
— ¿Qué es esto? -preguntó Leo Auffmann, entrando.
— ¡El reparto de los bienes! -dijo su mujer-. Cuando un padre asusta a su hijo de noche es hora de repartirse las cosas. Abran paso, señor Casa Desierta, Tienda de Antigüedades. En todos estos libros ningún hombre de ciencia loco vive como Leo Auffmann, ninguno.
— ¿Te vas y no has probado la máquina? -protestó él-. Pruébala una vez, desempaquetarás tus cosas, ¡te quedarás!
— Tom Swift y su aniquilador eléctrico... ¿De quién es éste? -preguntó Lena-. ¿Debo adivinarlo?
Resoplando, le dio Tom Swift a Leo Auffmann.
Más tarde todos los libros, platos, trajes, sábanas, habían sido apilados, uno aquí, uno allí, cuatro aquí, cuatro allí, diez aquí, diez allí. Lena Auffmann, mareada de contar, tuvo que sentarse.
— Muy bien -jadeó-. Antes que me vaya, Leo, pruébame que no das pesadillas a hijos inocentes.
Leo Auffmann guió silenciosamente a su mujer en la luz crepuscular. Lena se detuvo ante la caja anaranjada de dos metros y medio de alto.
— ¿Esto es la felicidad? -dijo-. ¿Qué botón debo apretar para sentirme alegre, contenta, agradecida, y satisfecha?
Los chicos se habían reunido alrededor.
— Mamá -dijo Saul-. No entres.
— Tengo que saber por qué protesto, Saul. -Lena entró en la máquina; se sentó, y miró a su marido, sacudiendo la cabeza.- No soy yo quien necesita esto, sino tú, con esos nervios arruinados.
— ¡Por favor! -dijo él-. Ya verás.
Cerró la puerta.
— ¡Aprieta el botón! -le gritó a su mujer invisible.
Se oyó un clic. La máquina se estremeció suavemente, como un enorme perro dormido.
— ¡Papá! -dijo Saul, preocupado.
— Escuchad -dijo Leo Auffmann.
Al principio no hubo nada. Sólo el temblor de las ruedas y engranajes secretos de la máquina.
— ¿Mamá está bien? -preguntó Naomi.
— ¡Muy bien, muy bien! Un momento... ahora, ¡ya!
Y pudo oírse que dentro de la máquina Lena Auffmann decía: -¡Oh!-. Y luego -¡Ah!-, con voz de sorpresa. -¡Mirad! -dijo la mujer oculta-. ¡París! -Y más tarde-: ¡Londres! ¡Y allá va Roma! ¡Las Pirámides! ¡La Esfinge! — La Esfinge, ¿habéis oído, niños?
Leo Auffmann murmuraba y reía.
— ¡Perfume! -gritó sorprendida Lena Auffmann. En alguna parte un fonógrafo tocó El Danubio azul, débilmente.
— ¡Música! ¡Estoy bailando!
— Cree que está bailando -confió Leo Auffmann al mundo.
— ¡Asombroso! -dijo la mujer invisible. Leo Auffmann enrojeció.
— ¡Qué mujer comprensiva!
Y entonces, dentro de la Máquina de la Felicidad, Lena Auffmann se echó a llorar.
La sonrisa del inventor se desvaneció.
— Está llorando -dijo Naomi.
— ¡No es posible!
— Sin embargo llora -dijo Saul.
— ¡Pero no puede llorar! -Leo Auffmann, parpadeando, puso su oreja contra la máquina.-
Pero... si... como un bebé.
Abrió la puerta.
Allí estaba su mujer, con lágrimas que le rodaban por las mejillas.
— Espera -dijo-. Déjame terminar. Lloró otro poco.
Leo Auffmann, aturdido, apagó la máquina.
— ¡Oh, qué cosa más triste! -gimió Lena-. Me siento mal, terriblemente mal -salió de la máquina-. Primero...
— ¿Qué tiene de malo París?
— Nunca pensé que estaría en París algún día. Pero de pronto ahora me has hecho pensar: ¡París! Y de pronto quise estar en París, ¡y supe que no estaba!
— Es casi como si fuese cierto.
— No. Sentada ahí, comprendí. Pensé, ¡no es cierto!
— No llores, mamá.
Lena miró a su marido con ojos grandes, oscuros húmedos.
— Me hiciste bailar. No bailamos desde hace veinte años.
— ¡Te llevaré a bailar mañana a la noche!
— ¡No, no! No es importante, no tiene que ser importante. Pero tu máquina dice que es importante. Y lo creí. Ya se me pasará, Leo. Déjame llorar un rato.
— ¿Y qué otra cosa?
— ¿Otra cosa? La máquina me dijo: "Eres joven." Y no lo soy. ¡Miente, esta Máquina de la Tristeza!
— ¿Tristeza por qué?
La mujer estaba ahora más tranquila.
— Leo, cometiste un error. Olvidaste que en algún momento, algún día; uno tendría que salir de aquí e ir a lavar platos y hacer camas. Cuando estás adentro, sí, la puesta de sol parece ser eterna, el aire huele bien, la temperatura es agradable. Todo lo que quieres que dure, dura. Pero afuera, los chicos esperan el almuerzo, las ropas necesitan botones. Y
seamos francos, Leo. ¿Cuánto tiempo puedes mirar una puesta de sol? ¿Quién quiere que una puesta de sol no acabe nunca? ¿Quién desea una temperatura perfecta? ¿Quién desea que el aire huela siempre bien? Al cabo de un tiempo, ¿quién lo notará? Si la puesta de sol dura un minuto o dos, mejor. Luego, pasemos a otra cosa. La gente es así, Leo. ¿Cómo has
podido olvidarlo?
— ¿Lo he olvidado?
— Las puestas de sol son hermosas porque sólo ocurren una vez y desaparecen.
— Pero, Lena, eso es triste.
— No, triste es si la puesta de sol se queda ahí y uno se aburre. En verdad, has cometido dos errores. Has detenido las cosas rápidas. Has traído cosas lejanas al patio, un sitio que no les corresponde, donde dicen: "No. Nunca viajarás, Lena Auffmann. ¡Nunca verás París! ¡Nunca visitarás Roma!" Pero lo he sabido siempre, ¿por qué decírmelo entonces? Mejor
olvidarse y dejarlo así, Leo, dejarlo así, ¿eh?
Leo Auffmann buscó apoyo en la máquina. Se quemó la mano y la apartó sorprendido.
— ¿Y entonces, Lena? -preguntó.
— No soy quien debe decirlo. Sólo sé que mientras esto esté aquí, querré irme, o Saul querrá irse, como lo hizo anoche, cuando vino y se sentó aquí dentro y vio todos esos sitios tan lejanos. Y lloraremos cada vez, y no seremos una familia unida.
— No entiendo -dijo él- cómo he podido equivocarme tanto. Déjame ver si es cierto -se metió en la máquina-. ¿No os iréis?
La mujer sacudió la cabeza.
— Esperaremos, Leo. El hombre cerró la puerta. En la cálida sombra, titubeó, apretó el botón, y estaba ya abandonándose al color y la música cuando oyó que alguien gritaba.
— ¡Fuego, papá! ¡La máquina se quema!
Alguien sacudía la puerta. Leo salto, se golpeó la cabeza, y cayó cuando la puerta se abría.
Los chicos lo arrastraron afuera. Oyó a sus espaldas una explosión apagada. Se volvió y gritó, jadeando:
— ¡Saul, llama a los bomberos!
Lena Auffmann tomó a Saul por el brazo.
— Saul -dijo-, espera.
Hubo una llamarada, se oyó otra ahogada explosión. Cuando la máquina ardía ya muy bien, Lena Auffmann movió la cabeza afirmativamente.
— Muy bien, Saul -dijo-. Llama a los bomberos.
Todos vinieron a ver el fuego. Allí estaban el abuelo Spaulding, y Douglas, y Tom, y la mayor parte de los vecinos, y algunos viejos del otro lado de la cañada, y todos los niños de seis manzanas a la redonda. Y los niños de Leo Auffmann estaban en primera fila, mirando con orgullo las hermosas llamas que saltaban desde el techo del garaje.
El abuelo Spaulding miró el globo de humo que subía al cielo y dijo suavemente:
— Leo, ¿qué fue? ¿Tu Máquina de la Felicidad?
Algún día -respondió Leo Auffmann- comprenderé y le explicaré.
Lena Auffmann, de pie, a la sombra, miraba a los bomberos que corrían por el patio. El garaje, rugiendo, cayó sobre sí mismo.
— Leo -dijo-, no tardarás un año en comprender. Mira alrededor. Piensa. Tranquilízate un poco. Luego ven a hablarme. Estaré en la casa, poniendo los libros en los estantes, y las ropas en los armarios, preparando la cena. Se está haciendo tarde, mira qué oscuro.
Vamos, niños, ayudad a mama.
Cuando los bomberos y los vecinos se fueron, Leo Auffmann se quedó con el abuelo Spaulding y Douglas y Tom, mirando pensativo las ruinas humeantes. Movió pie sobre las cenizas húmedas y dijo lentamente lo que tenía que decir.
— Lo primero que se aprende en la vida es que uno tonto. Lo último que se aprende en la vida es que se sigue siéndolo. ¡Leo Auffmann está ciego! ¿Quieren ver la real Máquina de la Felicidad? La patentaron hace un par de miles de años y todavía funciona, no siempre bien, no, pero todavía funciona. Ha estado aquí todo el tiempo.
— Pero el fuego... -dijo Douglas.
— Sí, el fuego, el garaje. Como dijo Lena, no tardé un año en entender. Lo que ardió en el garaje no cuenta.
Subieron juntos los escalones del porche.
— Aquí -susurró Leo Auffmann-, por la ventana. Silencio, y la verán.
Titubeando, el abuelo, Douglas y Tom miraron por la ancha ventana.
Y allí, en los cálidos charcos de las lámparas, pudieron ver lo que Leo Auffmann quería que viesen. Allí estaban Saul y Marshall jugando al ajedrez en la mesa de café. En el comedor, Rebeca arreglaba la platería. Naomi cortaba muñequitos de papel, Ruth pintaba acuarelas, Joseph hacía correr su tren eléctrico. A través de la puerta de la cocina se podía ver a Lena Auffmann que sacaba una fuente de carne asada del horno humeante. Todas las manos, todas las cabezas, todas las bocas, hacían algún movimiento, grande o pequeño. Uno podía oír las voces lejanas detrás del vidrio. Uno podía oír que alguien cantaba con una voz alta y
dulce. Uno podía oler el pan en el horno, y uno sabía que era pan verdadero que cubrirían luego con manteca verdadera. Todo estaba allí, funcionando.
El abuelo, Douglas y Tom se volvieron para mirar a Leo Auffmann, que observaba serenamente la escena detrás del vidrio, con la luz rosada reflejada en las mejillas.
— Sí -murmuró-. Está ahí. -Y miró ya con dulce pena, ya con repentina alegría, y al fin con tranquila aceptación mientras las partes de la casa se mezclaban, se movían, se posaban, y corrían otra vez.- La Máquina de la Felicidad -dijo-. La Máquina de la Felicidad.
Un instante después había desaparecido.
El abuelo, Douglas y Tom lo vieron adentro, moviéndose, arreglando algo aquí, eliminando algo allá, ocupado con todas aquellas piezas móviles, cálidas, maravillosas, infinitamente delicadas, eternamente misteriosas. Y el abuelo, Douglas y Tom descendieron sonriendo los escalones y se perdieron en la fresca noche de verano.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:04 am

-XVI-

Dos veces al año sacaban al patio las grandes y aleteantes alfombras, y las dejaban sobre la hierba, donde parecían desconocidas, fuera de lugar. Luego la abuela y mamá traían unas cosas similares a los respaldos de las adornadas sillas que había en la droguería. Todos alzaban los abanicos de alambre, de modo que parecían -Tom, Douglas, la abuela, la bisabuela y mamá- un grupo de brujas con sus parientes, de pie sobre unos polvorientos dibujos de la vieja Armenia. Luego, a una señal de la bisabuela, un parpadeo o un movimiento de los labios, se alzaban los instrumentos, los alambres musicales golpeaban las alfombras.
¡Toma! ¡Y toma! -decía la bisabuela-. Afuera las moscas; muchachos,¡muerte a los bichos!
— Oh, mamá -le decía la abuela a su madre.
Todos se reían. La tormenta de polvo crecía alrededor, ahogando las risas.
Lloviznas de hilos, mareas de arena, copos dorados de tabaco de pipa aleteaban, se estremecían en el aire que estallaba y restallaba. Deteniéndose, los muchachos miraban las huellas de sus zapatos y los zapatos de los mayores, marcadas un billón de veces en la urdimbre y la trama de alfombra, que se limpiaba ahora mientras la marea de los golpes barría una y otra vez la costa oriental.
— ¡Aquí tu marido derramó el café!
La abuela golpeó la alfombra.
— ¡Aquí se te cayó la crema!
La bisabuela alzó un torbellino de polvo.
— ¡Mirad estas marcas de arrastrar los pies, chicos, chicos!
— ¡Bisabuela, mira la tinta de tu pluma!
— ¡Bah! Mi tinta es púrpura. Esa es azul común.
¡Pum!
— Mirad el camino que va desde La puerta de la sala a la puerta de la cocina. Comida. Por aquí iban los leones al pozo de agua. Movamos la alfombra. Que las pisadas vayan para otro lado.
— Mejor aún, que los hombres no entren en la casa.
¡Pum, pum!
Habían colgado ahora las alfombras en los alambres de la ropa para terminar el trabajo.
Tom miró los intrincados espirales y lazos, las flores, las figuras misteriosas, los entrelazados dibujos.
— Tom, no te quedes ahí. ¡Golpea, muchacho!
— Es divertido ver cosas -dijo Tom.
Douglas alzó los ojos, desconfiado.
— ¿Qué ves?
— Todo el pueblo, gente, casas. ¡Mira nuestra casa! -¡Pum!- ¡La calle! -¡Pum!- ¡Esa parte negra es la cañada! -¡Pum!- ¡Aquí está la escuela! -¡Pum!- Esta caricatura eres tú, Doug. -
¡Pum!- Aquí están la bisabuela, la abuela, mamá. -¡Pum!- ¿Cuántos años tiene esta alfombra?
— Quince.
— Quince años de pisoteos. Veo todos los zapatos -jadeó Tom.
— Calma, muchacho, no delires -dijo la bisabuela.
— ¡Veo todo lo que pasó en casa estos años! -¡Pum!- Todo el pasado, sí, pero también el futuro. Basta cerrar un poco los ojos y mirar los dibujos, y veo por donde caminaremos y correremos mañana.
Douglas dejó de golpear.
— ¿Qué más ves en la alfombra?
— Hilos sobre todo -dijo la bisabuela-. Poco queda además del esqueleto. Mira la trama.
— ¡Es cierto! -dijo Tom misteriosamente-. Hilos para aquí, hilos para allá. Lo veo todo.
Demonios horribles. Pecadores. Mal tiempo. Buen tiempo. Picnics. Banquetes. Festivales de frutillas.
Paseó el abanico de alambre por toda la alfombra, solemnemente.
— La alfombra de una verdadera casa de huéspedes -dijo la abuela, con el rostro encendido por el esfuerzo.
— Está todo ahí, como una pelusa. Tuerce un poco la cabeza, Doug; cierra casi un ojo. Es mejor de noche, claro, adentro, con la alfombra en el piso y la luz de la lampara ¡hay muchas sombras entonces, claras y oscuras, y miras como corren los hilos, pasas la mano por una piel velluda. Huele como el desierto. Calor y arena, como dentro del ataúd de una momia, quizá. ¡Mira esa mancha roja, es la Máquina de la Felicidad que arde!
— El tomate de un sandwich, sin duda -dijo la madre.
— No, es la Máquina de la Felicidad -dijo Tom, y le entristeció verla arder allí.
Había contado con Leo Auffmann para que pusiese las cosas en orden, para que todos sonrieran, para que alzara hasta el sol el pequeño giróscopo que sentía a veces en su pecho, para que lo hiciera subir cada vez que la tierra se hundía en el espacio desconocido y la oscuridad. Pero ahora... allí estaba la locura de Auffmann: carbones y cenizas.
¡Pum!¡Pum! Douglas golpeó.
— Mirad ¡ahí va el coche verde! ¡Señorita Fern! ¡Señorita Roberta! -dijo Tom-. ¡Honk! ¡Honk! ¡Pum!
Todos rieron.
— Ahí van los hilos de tu vida, Doug, anudándose. Demasiadas manzanas verdes. ¡Pepinillos en la cama!
— ¿Dónde, dónde? -gritó Douglas, mirando.
— Aquí, el año que viene; aquí, dentro de dos años, y aquí, ¡dentro de tres, cuatro, cinco años! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! El abanico de alambre silbó como una serpiente en el día enceguecedor.
— ¡Y aquí para ganarles a todos!
Douglas sacudió la alfombra con tanta fuerza que el polvo de cinco mil siglos brotó del golpeado tejido, deteniéndose en el aire un terrible momento. Douglas entrecerraba todavía los ojos para ver la trama, la urdimbre, los temblorosos dibujos, cuando la cascada de polvo armenio cayó rugiendo silenciosamente sobre él, alrededor, enterrándolo para siempre ante los ojos de los otros...
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:05 am

-XVII-

La anciana señora Bentley nunca supo cómo había comenzado aquella relación con los niños. Los veía a menudo, como polillas y monos, en las tiendas, entre los repollos y las colgantes bananas, y ella les sonreía, y ellos le sonreían. La señora observaba cómo dejaban sus huellas en la nieve invernal, o se llenaban los pulmones con el humo de otoño, o se adormecían en las brisas de los manzanos primaverales, pero no la asustaban. En cuanto a ella, tenía su casa en perfecto orden, con todo en su lugar, ros pisos bien barridos, los alimentos en herméticas latas, los alfileres en almohadillas, y la parafernalia del pasado en los cajones de la cómoda, en el dormitorio.
La señora Bentley era una conservadora. Conservaba billetes viejos y programas de teatros, cintas, encajes, todos los marbetes y muestras de la existencia. — Tengo una pila de discos -decía a menudo-. Aquí está Caruso. Fue en 1916, en Nueva York; yo tenía sesenta años, y John vivía aún. Aquí está Luna de junio, 1924. Poco después, me parece, de que John muriera.
Aquélla era la mayor pena de su vida. Lo que a ella más le hubiera gustado tocar y escuchar y mirar, y que no había conservado. John estaba lejos, en un campo de hierbas, sellado, fechado y escondido, y no quedaba de él más que el alto sombrero de seda y el bastón y su traje mejor en el ropero. Las polillas habían devorado tantas cosas.
Pero había guardado lo que había podido. Los vestidos de flores rosadas envolvían bolas de naftalina y platos de cristal tallado de su infancia en los vastos y negros baúles. Había traído todo al mudarse a este pueblo, hacía cinco años. Su marido había tenido bienes de renta en muchos lugares, y, como una pieza de ajedrez de marfil amarillo, ella había ido de aquí para
allá, vendiéndolos todos, y ahora estaba en este pueblo extraño, con sólo sus baúles y sus muebles, oscuros y feos, que la rodeaban como criaturas de un zoo primordial.
La historia con los chicos comenzó en medio del verano. La señora Bentley salió a regar la madreselva del porche y se encontró con dos niñitas de color y un niño tendidos en la hierba, disfrutando de sus inmensos cosquilleos.
La señora Bentley les sonrió con su cara de máscara amarilla, y en ese mismo momento apareció en la esqulna, como una banda de duendes, un carro de helados. Del carro brotaban melodías de hielo, con sonidos claros y quebradizos, como si un experto tocase unas copas de cristal, convocando a todos. Los niños se incorporaron y volvieron las cabezas como girasoles que miran el sol.
— ¿Quieren helados? ¡Eh! -les dijo entonces la señora Bentley.
El carro de helados se detuvo, y la anciana cambió algunas monedas por recuerdos de la original Edad del Hielo. Los chicos le dieron las gracias con nieve en la boca, lanzándole ojeadas que iban de los zapatos abotinados a la blanca cabeza.
— ¿Quiere un mordisco? -dijo el niño.
— No, niño. Soy bastante vieja y bastante fría. El día más caluroso no puede derretirme -rió la señora Bentley.
Los niños llevaron arriba los glaciares en miniatura y se sentaron alineados en el porche sombrío.
— Yo soy Alice, ésta es Jane, y éste es Tom Spaulding.
— Qué bien. Y yo soy la señora Bentley. Me llaman Helen.
Los chicos le clavaron los ojos.
— ¿No creen que me llamen Helen? -dijo la vieja.
— No sabía que las señoras viejas tuvieran nombres -dijo Tom, parpadeando.
La señora Bentley se rió secamente.
— Tom quiere decir que uno nunca oye esos nombres -dijo Jane.
— Mi querida, cuando seas tan vieja como yo tampoco te llamarán Jane. La vejez es algo espantosamente formal. Siempre somos "señoras". A la gente no le gusta llamarte "Helen".
Les parece una descortesía.
— ¿Cuántos años tiene? -preguntó Alice.
La señora Bentley sonrió.
— Recuerdo el pterodáctico.
— Sí, ¿pero cuántos años?
— Setenta y dos. Los niños chuparon largamente sus helados, deliberando.
— Son años -dijo Tom.
— Pues me siento como cuando tenía vuestra edad -dijo la vieja.
— ¿Nuestra edad?
— Sí. Una vez fui una niñita como tú, Jane, y tú, Alice. Los niños callaron.
— ¿Qué pasa?
Jane se puso de pie.
— Nada.
— Oh, no os iréis tan pronto, espero. No habéis terminado el helado... ¿Pasa algo?
— Mi madre dice que no se debe mentir.
— Claro que no, es muy feo -acordó la señora Bentley.
— Y no hay que escuchar a los que mienten.
— ¿Y quién te mintió, Jane?
Jane miró a la vieja y apartó nerviosamente los ojos.
— Usted -dijo.
— ¿Yo? -La señora Bentley se rió llevándose la garra marchita al pecho encogido- ¿Cuándo?
— Cuando habló de su edad, y dijo que fue una níñita.
La señora Bentley se endureció.
— Pero lo fui, hace muchos años. Una niñita como tú.
— Vamos, Alice, Tom.
— Un momento -dijo la señora Bentley- ¿No me creéis?
— No sé -dijo Jane- No.
— ¡Pero que ridículo! Es perfectamente lógico. Todos fuimos jóvenes una vez.
— No usted -susurró Jane, los ojos bajos, casi para sí misma.
El palito de su helado había caído en un estanque de vainilla, en el piso del porche.
— Pero por supuesto, yo tuve ocho, nueve, diez años, como todos vosotros.
Las niñas lanzaron una risita breve, rapidamente contenida.
Los ojos de la señora Bentley relampaguearon.
— Bueno, no puedo perder la mañana discutiendo con niños. Yo también tuve diez años y fui tan tonta como vosotros.
Las dos niñas se rieron. Tom se movió intranquilo.
— Está burlándose de nosotras -dijo Jane con una risita-. Nunca tuvo realmente diez años, ¿no es cierto, señora Bentley?
— ¡Fuera de aquí! -gritó la mujer de pronto, pues no soportaba ya las miradas de los niños-.
No tolero esas risas.
— Y no se llama Helen realmente.
¡Claro que me llamo Helen!
— Adiós -dijeron las dos niñitas, alejándose por el jardin, bajo océanos de sombra. Tom las siguió lentamente-. ¡Gracias por los helados!
— ¡Una vez jugué a la rayuela! -gritó la señora Bentley, pero los niños se habían ido.
La señora Bentley pasó el resto del día golpeando teteras, preparando ruidosamente un magro almuerzo y yendo de vez en cuando a la puerta de calle esperando pescar a aquellos demonios insolentes en algunas de sus risueñas excursiones. Pero, y si aparecieran, ¿qué les diría? ¿Y por qué preocuparse?
— ¡Qué idea! -le dijo la señora Bentley a su mellada y floreada taza de té- Nadie dudó jamás de que no haya sido una niña. Qué cosa horrible y tonta. No me importa ser vieja, pero no me gusta que me quiten mi infancia.
Los niños corrían bajo los árboles cavernosos, llevando la juventud de la señora Bentley, invisible como el aire, en los dedos helados.
Luego de la cena, sin ningún motivo, la anciana se miró las manos, con la insensata certeza de que se movían como un par de guantes fantasmales en una sesión de espiritismo, y guardaban algunas cosas en un pañuelo perfumado. Luego salió a la puerta y se quedó allí, tiesamente, media hora.
De pronto los chicos pasaron volando, como aves nocturnas, y la voz de la señora Bentley hizo que se detuvieran, con suaves aleteos.
— ¿Sí, señora Bentiey?
— ¡Suban al porche! -ordenó la anciana, y las chicas subieron los escalones seguidas por Tom. — ¿Sí, señora Bentley?
Hacían resonar aquel "señora" como los acordes bajos de un piano, pesadamente, como si fuese su nombre.
— Quiero mostrarles algunos tesoros.
La señora Bentley abrió el pañuelo perfumado y buscó adentro como si ella misma fuera a sorprenderse. Sacó un peine, muy pequeño y delicado, con el borde adornado de piedras de colores.
— Usé este peine cuando tenía nueve años -dijo la mujer.
Jane lo miró por un lado y por otro, y dijo:
— Qué bonito.
— ¡Veamos otras cosas! -dijo Alice.
— Y éste es un anillito que usé cuando tenía ocho años -dijo la señora Bentley-. Ya no me
sirve. Si miras por aquí verás la torre de Pisa lista para caer.
— ¡Miremos cómo se tuerce!
Y las chicas se lo pasaron una a otra hasta que Jane se lo puso en un dedo.
— Pero cómo, ¡es de mi tamaño! -exclamó.
— ¡Y el peine parece para mi cabeza! -jadeó Alice.
La señora Bentley sacó unas piedrecitas.
— Mirad -dijo-, una vez jugué con ellas.
Las tiró. Las piedrecitas formaron una constelación en el piso del porche.
— ¡Y algo más!
La anciana sacó su carta de triunfo: una fotografía postal de ella misma cuando tenía siete años, con un vestido como una mariposa dorada, y rizos amarillos, y ojos de cristal azul, y labios enfurruñados y angélicos.
— ¿Quién es esta niñita? -preguntó Alice.
— ¡Soy yo!
Las dos niñitas miraron atentamente la postal.
— Pero no se parece a usted -dijo Jane simplemente-. Cualquiera puede conseguir una fotografía como ésta en cualquier parte.
Las niñas miraron un rato a la anciana.
— ¿Otras fotografías, señora Bentley? -preguntó Alice-. ¿De usted, más tarde? ¿Una de los quince, y una de los veinte, y otra de los cuarenta y los cincuenta?
Las niñas se rieron.
— ¡No tengo que mostraros nada! -dijo la señora Bentley.
— Entonces no tenemos por qué creerle -replicó Jane.
— ¡Pero este retrato prueba que digo la verdad!
— Es una niñita como nosotras. Alguien se la prestó.
— ¡Estuve casada!
— ¿Dónde está el señor Bentley?
— Se fue hace mucho tiempo. Si estuviera aquí os diría qué joven y hermosa era yo cuando tenía veintidós.
— Pero no está aquí, y no puede decirlo.
— Tengo un certificado de matrimonio.
— Pudieron habérselo prestado también. Sólo creeríamos que fue joven alguna vez -y Jane cerró los ojos como para subrayar qué segura estaba de sí misma- si alguien nos dijera que la conoció a usted cuando tenía diez años.
— Miles de personas me vieron, pero están muertas, niña tonta, o enfermas, y en otros pueblos. No conozco un alma aquí. Llegué hace cinco años, y nadie me vio de joven.
— Bueno, ahí tiene usted. -Jane guiñó un ojo a sus amigos- Nadie la vio.
— ¡Escucha! -La señora Bentley tomó a la niña por la muñeca- Tienes que creer en estas cosas. Algún día serás vieja como yo. La gente te dirá lo mismo. "Oh, no", dirán, "estos buitres no fueron nunca ruiseñores, estos búhos no fueron oropéndolas, estos loros no fueron canarios." ¡Un día serás como yo!
— ¡No! ¡No! -dijeron las niñas-.
— ¿Sí? -se preguntaron.
— ¡Esperad y veréis! -dijo la señora Bentley.
Y en su interior pensó: Oh, Dios, los niños son niños, y las viejas son viejas, y nada los une.
No pueden imaginar un cambio que no ven. — Tu madre -le dijo a Jane-. ¿No notaste, con los años, un cambio?
— No -dijo Jane- Es siempre la misma.
Y era cierto. Uno vive con alguien, lo ve todos los días, y parece que nunca cambiara. Sólo cuando la gente ha hecho un largo viaje y han pasado años, uno se sorprende. Y la vieja se sintió como una mujer que había viajado durante setenta y dos años en un tren negro y rugiente, y que al fin había descendido en una plataforma y todos la habían recibido
llorando: "Hola, Helen Bentley, ¿eres tú?"
— Será mejor que volvamos a casa -dijo Jane-. Gracias por el anillo. Me queda muy bien.
— Gracias por el peine, es muy lindo.
— Gracias por el retrato de la niñita.
— ¡Volved! ¡No podéis llevaros mis cosas! -gritó la señora Bentley- mientras las niñas bajaban los escalones- ¡Son mías!
— ¡Volved! -dijo Tom, siguiendo a las niñas.
— Pero si no son de ella. Son de alguna otra chica. ¡Gracias! -gritó Alice.
La anciana siguió llamando, pero las niñas desaparecieron como polillas en la oscuridad.
— Lo siento -dijo Tom, en el jardín, alzando los ojos hacia la señora Bentley, y se fue.
Se llevaron mi anillo y mi peine y mi retrato, pensó la señora Bentley, temblando de pies a cabeza en los escalones. Oh, estoy vacía, vacía.
Se quedó despierta muchas horas, entre sus baúles y chucherías. Miró las ordenadas pilas de materiales y juguetes y plumas de ópera, y dijo en voz alta:
— ¿Son realmente míos? ¿O era aquello la elaborada intriga de una vieja que creía tener un pasado? Al fin y al cabo, no era posible volver atrás. Uno vivía siempre en el presente. Podía haber sido una niñita en otro tiempo, pero ya no lo era. Su infancia había desaparecido.
Un viento nocturno entró en el cuarto. La cortina blanca aleteó contra un bastón oscuro, siempre apoyado en la pared, junto a los otros recuerdos. El bastón tembló y cayó suavemente al piso, iluminado por la luna. Era el bastón de gala de su marido. La férula de oro centelleaba. Parecía como si apuntara hacia ella, como su marido había hecho a veces, cuando no estaban de acuerdo y él le hablaba con una voz suave, triste y razonable.
— Esos niños tienen razón -diría él-. No te robaron nada, querida mía. Esas cosas no pertenecen al ser que eres aquí y ahora. Son de otro tú, de hace tiempo.
Oh, pensó la señora Bentley. Y entonces, como si alguien hubiera puesto en el fonógrafo un viejo disco que siseaba bajo la aguja de acero, recordó la conversación que había tenido una vez que el señor Bentley, tan pulcro, un señor de clavel encarnado en la brillante solapa.
— Querida mía -había dicho el señor Bentley-, nunca entenderás el tiempo, ¿no es verdad?
Siempre intentando ser lo que fuiste, en vez de ser lo que eres. ¿Para qué guardas esos billetes y esos programas de teatro? Te harán daño más tarde. Tíralos, querida.
Pero la señora Bentley los había conservado tercamente.
— No dará resultado -continuó el señor Bentley, sorbiendo su té-. Aunque trates por todos los medios de ser lo que eras, sólo podrás ser lo que eres aquí y ahora. El tiempo hipnotiza.
Cuando tienes nueve años, piensas que siempre tendrás nueve años. Cuando tienes treinta, imaginas que te quedarás ahí, a orillas de la edad madura. Y cuando llegas a los setenta, que tendrás eternamente setenta. Estás en el presente, atrapada en un ahora joven o viejo, pero no hay otro ahora.
Había sido una de las escasas y suaves disputas de su tranquilo matrimonio. El nunca había aprobado aquella manía.
— Sé lo que eres, entierra lo que no eres -le había dicho-. Guardar billetes es un truco.
Conservar cosas es un truco mágico con espejos.
¿Y si él hubiese estado vivo esta noche, qué diría?
— Estás guardando capullos de gusanos -eso diría-. Corsés, en cierto modo, que ya nunca podrán servirte. ¿Por qué? No puedes probar realmente que fuiste joven. ¿Retratos? No, mienten. No eres el retrato.
¿Documentos?
— No, mi querida. No eres las fechas, ni la tinta, ni el papel. No eres esos baúles llenos de restos inútiles y polvo. Eres sólo tú, aquí, ahora... el tú presente.
La señora Bentley asintió, respirando mejor.
— Sí, ya veo, ya veo.
El bastón de férula de oro yacía a la luz de la luna.
— A la mañana -le dijo la anciana al bastón- terminaré de algún modo con esto, y empezaré a ser sólo yo, y nadie más durante un año. Sí, eso haré.
La anciana se durmió...
La mañana era brillante y verde, y allí a la puerta, golpeando suavemente la tela de alambre, estaban las dos niñas.
— ¿No tiene otra cosa para darnos, señora Bentley? ¿Alguna cosa de la niñita?
La señora Bentley las llevó a la biblioteca.
— Toma. -Le dio a Jane el vestido de hija del mandarin de sus quince años.- Y esto. -Un caleidoscopio, una lupa.- Llevaos lo que queráis -dijo la señora Bentley-. Libros, patines, muñecas, todo es vuestro.
— ¿Nuestro?
— Sólo vuestro. ¿Me ayudaréis en un trabajito? Haré una gran hoguera en el patio de atrás.
Estoy vaciando baúles, juntando basura para el basurero. Estas cosas no me pertenecen.
Nada pertenece a nadie.
— La ayudaremos -dijeron las niñas.
La señora Bentley enseñó el camino hacia el patio de atrás con los brazos cargados, una caja de fósforos en la mano derecha.
En el resto del verano se pudo ver a las dos niñitas y a Tom, como pajarracos en un alambre, esperando en el porche de la señora Bentley. Y cuando se oían los sones argentinos del hombre de los helados, se abría la puerta, y la señora Bentley salía flotando, con la mano hundida profundamente en su monedero de boca de plata, y durante media
hora uno podía verlos en el porche poniendo hielo en el calor, comiendo helados de chocolate, riéndose. Eran al fin buenos amigos.
— ¿Cuántos años tiene usted, señora Bentley?
— Setenta y dos.
— ¿Cuántos años tenía hace cincuenta años?
— Setenta y dos.
— ¿Nunca fue joven, no es cierto, y nunca usó cintas y vestidos como éstos?
— No.
— ¿No tiene nombre?
— Mi nombre es señora Bentley.
— ¿Y siempre vivió en esta casa?
— Siempre.
— ¿Y nunca fue bonita?
— Nunca.
— ¿Nunca en un millón de trillones de años?
Las dos niñas se inclinaban hacia la vieja, y esperaban en el apretado silencio de las cuatro de la tarde.
— Nunca -decía la señora Bentley- en un millón de trillones de años.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:05 am

-XVIII-

— ¿Has preparado la libreta, Doug?
— Sí.
Doug mojó con la lengua la punta del lápiz.
— ¿Qué anotaste?
— Todas las ceremonias.
— El cuatro de julio y todo eso, el vino de amargón, y el día de llevar afuera la hamaca del porche, ¿eh?
— Aquí dice: Comí el primer postre helado del verano el primero de junio de mil novecientos veintiocho.
— Entonces no era aún verano. Era primavera.
— Pero era un "primero" de todos modos, así que lo escribí. Compré los nuevos zapatos de tenis el veintiocho de julio. Caminé descalzo por el pasto el veintiséis. Qué trabajo de todos los demonios. Bueno, ¿qué informe traes ahora, Tom? ¿El comienzo de algo, una nueva ceremonia como cazar cangrejos en el arroyo o arañas de agua?
— Nadie cazó nunca una araña de agua. ¿Conociste a alguien que cazara una araña de agua? ¡Vamos, piensa!
— Estoy pensando.
— Tienes razón. Nadie lo hizo. Nadie probó, supongo. Son demasiado rápidas.
— No es que sean demasiado rápidas. Simplemente no existen -dijo Tom. Pensó un poco y sacudió la cabeza-. Así es. Nunca existieron. Bueno, lo que tengo que informar es esto.
Se inclinó y murmuró en el oído de Douglas.
Douglas escribió.
Ambos miraron la libreta.
— ¡Maldición! -dijo Douglas-. Nunca pensé en eso. ¡Es muy cierto! ¡Los viejos nunca fueron niños!
— Es triste -dijo Tom, muy tieso-. Pero no podemos hacer nada.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:05 am

-XIX-
— Parece como si el pueblo estuviese lleno de máquinas -dijo Douglas, corriendo-. El señor Auffmann y la Máquina de la Felicidad. La señorita Fern y la señorita Roberta y la Máquina Verde. ¿Qué quieres mostrarme, Charlie?
— ¡Una Máquina del Tiempo! -jadeó Charlie Woodman, a su lado-. ¡Palabra de honor!
— ¿Viaja por el pasado y el futuro? -preguntó John Huff, corriendo alrededor.
— Sólo por el pasado, pero es bastante. Aquí estamos.
Charlie Woodman se acercó al seto.
Douglas miró la vieja casa.
— Eh, es la casa del coronel Freeleigh. Aquí no puede haber Máquinas del Tiempo. No es un inventor. ¿Cómo nadie se ha enterado de algo tan importante?
Charlie y John subieron de puntillas los escalones del porche. Douglas gruñó, sacudió la cabeza y se quedó abajo.
— Muy bien, Douglas -dijo Charlie-. Eres un cabeza dura. Sí, el coronel no inventó esta Máquina del Tiempo. Pero es su propietario y siempre ha estado aquí. ¡No sé cómo no nos dimos cuenta! Adiós, Douglas Spaulding.
Charlie tomó a John por el codo, como si estuviese escoltando a una señora, abrió la puerta del porche y entró. La puerta de alambre se cerró silenciosamente.
Douglas había detenido la puerta y siguió a sus amigos.
Charlie cruzó la galería interior, golpeó y abrió una puerta. En el extremo de un largo y oscuro pasillo había un cuarto de luz submarina, verdosa, pálida y húmeda.
— ¿Coronel Freeleigh?
Silencio.
— No oye muy bien -susurro Charlie-. Pero me dijo que entrara y gritara. ¡Coronel!
No hubo otra respuesta que el polvo que descendía y flotaba alrededor de la escalera de caracol. En el extremo del pasillo, en la cámara submarina, hubo un leve movimiento.
Los niños se adelantaron lentamente y miraron el interior del cuarto. Había sólo dos muebles: un viejo y una silla. Los dos eran tan delgados que se podía ver cómo los habían juntado con pernos y bisagras. El resto del cuarto era un piso de tablas sin pintar, cielo raso
y paredes desnudas, y vastas cantidades de aire silencioso.
— Parece muerto -murmuró Douglas.
— No, está pensando a qué lugares nuevos podría viajar -dijo Charlie muy orgulloso y tranquilo-. ¿Coronel?
Uno de los muebles se movió. Era el coronel, que parpadeó, miró y sonrió, con una sonrisa asombrada y sin dientes.
— ¡Charlie!
— Coronel, Doug y John vinieron a... — ¡Bienvenidos, muchachos, sentaos!
Los niños se sentaron nerviosamente en el suelo.
— Pero dónde está la... -dijo Douglas. Charlie le dio un codazo en las costillas.
— ¿Dónde está qué? -preguntó el coronel.
— Dónde está el motivo para que hablemos nosotros, quiso decir. -Charlie le hizo una mueca a Douglas y luego sonrió al viejo.- No tenemos nada que decir. Coronel, diga usted algo.
— Cuidado, Charlie, los viejos sólo esperan que alguien pregunte. Luego chillan como un ascensor enmohecido.
— Ching Ling Soo -sugirió Charlie casualmente.
— ¿Eh? -dijo el coronel.
— Boston -añadió Charlie-. Mil novecientos diez.
— Boston, mil novecientos diez... -El coronel frunció el ceño.- Claro, Ching Ling Soo, ¡por supuesto!
— Sí, señor coronel.
— Esperad... -La voz del coronel fue un susurro sobre las aguas serenas de un lago- Esperad...
Los niños esperaron.
El coronel Freeleigh cerró los ojos.
— Primero de octubre de mil novecientos diez, una hermosa y fresca noche de otoño, en el teatro Variety, sí, aquí está. La sala completa, todos esperando. Orquesta, fanfarrias, ¡telón! ¡Ching Ling Soo, el gran mago oriental! Aquí está, ¡en escena! Y aquí estoy yo, en la primera fila, en el centro. "¡La prueba de la bala!", grita el mago. "¡Voluntarios!" El hombre
sentado a mi lado se levanta y sube. "¡Examine el rifle!", dice Ching. "¡Haga una marca en la bala!" Y luego: "¡Ahora dispare la bala con mi cara como blanco, y en el otro extremo del escenario yo pararé la bala con los dientes!"
El coronel Freeleigh hizo una pausa, tomando aliento.
Douglas lo miraba fijamente, con asombro y miedo. John Huff y Charlie estaban absortos. El viejo continuó con la cabeza y el cuerpo helados, sólo moviendo los labios.
— "Listo, apunte, ¡fuego!", gritó Ching Ling Soo. ¡Bum! El rifle disparó. ¡Bum! Ching Ling Soo lanzó un chillido, se tambaleó y cayó, con la cara roja. Un pandemonio. Los espectadores de pie. Algo había andado mal en el rifle... - "Muerto", dijo alguien. Y así era.
Muerto. Horrible, horrible... Siempre recordaré... la cara como una máscara roja, el telón que baja rápidamente y las mujeres que chillan... 1910... Boston... teatro Variety... pobre hombre... pobre hombre...
El coronel Freeleigh abrió lentamente los ojos.
— Oh, coronel -dijo Charlie-, fue magnífico. ¿Y qué me dice de Pawnee Bill?
— ¿Pawnee Bill?
— En las praderas, el año setenta y cinco.
— Pawnee Bill... -El coronel se movió en la oscuridad- Mil ochocientos setenta y cinco... sí, yo y Pawnee Bill en una loma, en medio de la pradera, esperando...
— Chist! -dijo Pawnee Bill.- "Escuche."
La pradera era como un gran escenario preparado para que estallara la tormenta. El trueno.
Suave. El trueno otra vez. No tan suave. Y en el otro extremo de la pradera, hasta donde alcanzaba la vista, la nube amarilla, enorme y nefasta, cruzada por relámpagos negros, de cincuenta kilómetros de ancho, cincuenta kilómetros de largo y un kilómetro de alto, y a no más de un par de centímetros del suelo. "¡Señor! ¡Señor!", grité desde mi loma. La tierra golpeaba como un corazón enloquecido, muchachos, un corazón dominado por el pánico. Me temblaban los huesos como si fueran a quebrárseme. Temblaba la tierra. Ra-ta-tá, ra-ta-tá.
Retumbaba. Palabra rara ésta: retumbaba. Oh, cómo retumbaba aquella poderosa tormenta a lo largo, hacia abajo, hacia arriba, sobre las lomas, y no se veía más que la nube, y nada adentro. "¡Son ellos!", gritó Pawnee Bill. ¡Y la nube era polvo! No vapores o lluvia, no, sino polvo de la pradera que subía desde los pastos secos como una fina harina, como pólen mezclado con el sol ahora, pues había salido el sol. ¡Grité de nuevo! ¿Por qué? Porque en aquel polvo que filtraba los fuegos del infierno se había alzado un velo, y yo los vi, ¡lo juro!
El gran ejército de la antigua pradera: ¡el bisonte, el búfalo!
El coronel dejó que se posara el silencio, y luego siguió:
— Cabezas como puños de negros gigantescos, ¡cuerpos como locomotoras! ¡Veinte, cincuenta, doscientos mil proyectiles de hierro lanzados desde el oeste, como sacudidas cenizas, los ojos de carbón llameante, retumbando hacia el olvido!
"Vi que el polvo se apartaba y me mostraba un rato aquel mar de jorobas, de revueltas melenas, negras olas velludas que se alzaban y caían... "¡Dispare!", dijo Pawnee Bill.
"¡Dispare!" Y yo alcé el rifle y apunté. "¡Dispare!" Y yo me quedé allí sintiéndome como la mano derecha de Dios, contemplando aquella visión de fuerza y violencia que pasaba, pasaba, como una medianoche por un mediodía, como un brillante tren funerario, largo, triste, interminable. Y uno no dispara a los funerales, ¿no es cierto, muchachos? Yo sólo esperaba entonces que el polvo volviera a bajar y cubriera las formas negras de la condenación, que se golpeaban y empujaban en un pesado movimiento. Y, muchachos, el polvo bajó. La nube ocultó el millón de pies que tocaban el tambor del trueno y alzaban el polvo de la tormenta. Oí que Pawnee Bill maldecía y me golpeaba el brazo. Pero yo estaba contento de no haber tocado aquella nube de poder con una píldora de plomo. Sólo quería quedarme allí, esperando a que acabara la tormenta que los bisontes llevabán a la eternidad.
"Una hora, tres horas, seis, pasaron antes que la tormenta se perdiera en un horizonte de hombres menos bondadosos que yo. Pawnee Bill se había ido, y yo estaba solo, y sordo. Crucé entumecido un pueblo que estaba a ciento cincuenta kilómetros, en el sur, y no oí las voces de los hombres, y me alegró no oírlas. Por un tiempo quería recordar el trueno. Lo oigo aún, en las tardes de estío, cuando la lluvia cae sobre el lago, un ruido terrible,
insistente... Me gustaría que lo hubiéseis oído. La luz pálida se filtró a través de la nariz del coronel Freeleigh, que era grande y parecía una taza de porcelana blanca con un té suave y tibio.
— ¿Se durmió? -preguntó Douglas al fin.
— No -dijo Charlie-. Está cargando las baterías.
El coronel Freeleigh respiró rápidamente, suavemente, como si hubiera corrido mucho tiempo, y abrió los ojos.
— ¡Si señor! -dijo Charlie, admirado.
— Hola, Charlie.
El coronel sonrió a los niños, perplejo.
— Esté es Doug y éste es John -dijo Charlie.
— ¿Cómo estáis, muchachos?
Los niños dijeron hola.
— Pero... -dijo Douglas-, ¿dónde está la...
— Caramba, eres tonto. -Charlie golpeó a Douglas en el brazo. Se volvió hacia el coronel.-
¿Decía, señor?
— ¿Decía algo? -murmuró el coronel.
— La guerra civil -sugirió John Huff-. ¿Recuerda eso?
— ¿Si recuerdo? -dijo el coronel-. Oh, sí, si. -Cerró otra vez los ojos y habló con una voz temblorosa.- ¡Todo! Excepto... de qué lado luché...
— El color de su uniforme... -empezó a decir Charlie.
— Los colores se me han borrado -murmuró el coronel-. Hay como una niebla. Veo soldados conmigo pero ya no el color de las chaquetas y gorras. Nací en Illinois, me crié en Virginia, construí una casa en Tennessee, y ahora, muy tarde, aquí estoy, en Green Town. Por eso se
me confunden los colores.
— ¿Recuerda de qué lado de las lomas peleaba? -Charlie habló sin alzar la voz.- ¿El sol se alzaba a su izquierda o a su derecha? ¿Iba usted hacia Canadá o hacia México?
— Parece como si algunas mañanas el sol subiera por mi derecha y otras por mi izquierda. Y marchábamos en todas direcciones. Han pasado casi setenta años. Después de tanto tiempo uno olvida soles y mañanas.
— Pero recuerda haber ganado, en alguna parte.
— No -dijo el viejo, roncamente-. No recuerdo que nadie ganara en alguna parte alguna vez. La guerra no es algo que se gana, Charlie. Uno pierde siempre, y el que pierde último pide condiciones. Todo lo que recuerdo es un montón de derrotas y penas, y nada bueno sino el fin. El fin, Charlie, es una verdadera victoria que no tiene relación con fusiles. Pero no creo que vosotros queráis que os hable de esas victorias.
— Antietam -dijo John-. Pregunta sobre Antietam.
— Estuve allí.
Los ojos de los niños centellearon.
— Bull Run, pregúntale por Bull Run.
Una voz suave:
— ¿Y Shiloh?
— No ha habido año en mi vida que no pensase, qué hermoso nombre y qué lástima que se lo recuerde sólo como el nombre de una batalla.
— Shiloh. ¿Y Fort Sumter?
La voz de un soñador:
— Vi las primeras humaredas de pólvora. Tantas cosas vuelven, oh, tantas. Recuerdo canciones. Todo está tranquilo en la noche del Potomac, donde los soldados duermen pacificamente, y la luna de otoño y los fuegos iluminan las tiendas. Recuerdo. Recuerdo.
Todo está tranquilo en la noche del Potomac; ningún sonido, sólo el rumor del agua, y el rocío humedece dulcemente las caras de los muertos... Luego de la rendición, el señor Lincoln, desde los balcones de la Casa Blanca, le pidió a la banda que tocase: Aparta los ojos, aparta los ojos, Dixieland... Y una vez una señora de Boston escribió una canción que
duraría mil años: Mis ojos vieron la gloria de la llegada del Señor; está pisoteando en el campo los racimos del rencor. Noches atrás sentí que se me movían los labios y cantaban en otro tiempo: ¡Si, caballeros de Dixie! Que guardáis las costas del Sur... Cuando vuelvan los muchachos victoriosos, coronados de laureles.. Tantas canciones, que cantaban ambos bandos, que iban hacia el norte, que iban hacia el sur, en las noches ventosas. Allá vamos, padre Abraham, trescientos mil hombres... Tendamos las carpas, tendamos las carpas, en el viejo campamento... Hurra, hurra, traemos la alegría, hurra, hurra, el pendón de la libertad...
La voz del viejo se apagó.
Los niños permanecieron inmóviles un rato. Luego Charlie se volvió, miró a Douglas y dijo:
— Bueno, ¿es o no?
Douglas tomó aliento dos veces y dijo:
— Claro que es.
El coronel abrió los ojos.
— ¿Soy qué?
— Una Máquina del Tiempo -murmuró Douglas-. Una Máquina del Tiempo.
El coronel miró a los niños fijamente cinco segundos. Habló con una voz angustiada.
— ¿Así me llamáis, muchachos?
— Sí, señor, coronel.
El coronel se reclinó lentamente en la silla y miró a los niños y se miró las manos y luego clavó los ojos en la pared.
Charlie se incorporó.
— Bueno, es hora de irse. Hasta luego, y gracias. Douglas y John y Charlie se alejaron en puntillas. Pasaron ante el coronel, que no los vio.
En la calle, los chicos se sobresaltaron. Una voz les gritó desde una ventana del primer piso:
Alzaron los ojos.
— ¿Sí, señor, coronel?
El coronel se asomó, agitando una mano.
— He pensado en lo que dijísteis, muchachos.
— Sí, señor.
— Y... ¡tenéis razón! ¡Cómo no lo pensé antes! ¡Una Máquina del Tiempo, por Dios, una Máquina del Tiempo!
— Sí, señor.
— Hasta luego, muchachos. ¡Venid pronto a bordo!
Al fin de la calle los niños se volvieron otra vez y el coronel estaba todavía saludando. Lo saludaron, sintiéndose contentos, y siguieron.
— Chu-chu-chu -dijo John-. Puedo viajar doce años hacia el pasado. ¡Bau-chau-pim!
— Sí -dijo Charlie volviendo la cabeza hacia la casa silenciosa-, pero no puedes viajar cien años.
— No -musitó John-. No puedo viajar cien años. Eso es viajar, realmente. Eso es realmente una máquina.
Caminaron un minuto en silencio, mirándose los pies.
Llegaron a una cerca.
— El último que pase la cerca -dijo Douglas- es una mier..
Todo el camino de vuelta llamaron Dora a Douglas.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:05 am

-XX-

Tom despertó mucho después de medianoche y descubrió a Doug que escribia rápidamente a la luz de una linterna.
— ¿Doug, qué pasa?
— ¿Qué pasa? ¡Todo pasa! Estoy anotando la suerte que tengo, Tom. Oye, la Máquina de la Felicidad no funcionó, ¿no es cierto? ¡Pero qué importa! Tengo arreglado todo el año.
Necesidad de ir a alguna parte en las calles principales: tomo el tranvía y puedo mirar alrededor y espiar el mundo. Necesidad de ir a alguna parte fuera de las calles principales; golpeo la puerta de la señorita Fern y la señorita Roberta y ellas cargan las baterías de su coche eléctrico y salimos navegando. Necesidad de correr por los callejones y pasar sobre
las cercas, y ver esa parte del pueblo que sólo se puede ver dando un rodeo y encaramándose: me pongo los zapatos de tenis nuevos. ¡Zapatos, corridas, tranvías! ¡Todo arreglado! Pero hay algo mejor, Tom, todavía mejor. Escucha. Si quiero ir a alguna parte donde ningún otro puede ir, pues no son bastante listos para pensarlo, si quiero ir a 1890 y luego a 1875 y cruzar otra vez hasta 1860, ¡me subo al expreso del viejo coronel Freeleigh!
Estoy escribiéndolo de este modo: Quizá los viejos nunca fueron niños, como decimos de la señora Bentley; pero, grandes o pequeños, algunos estuvieron cerca de Appomattox en el verano de 1865. Allí aprendieron a tener vista de indio, y pueden ver hacia atrás mucho más que tú o yo hacia adelante.
— Parece magnífico, Doug, ¿qué significa?
Douglas siguió escribiendo.
— Significa que ni tú ni yo podemos viajar tan lejos como ellos. Con suerte uno llega a los cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta. Eso es para ellos una vuelta a la manzana. Sólo cuando se llega a los noventa, los noventa y cinco, los cien, uno viaja lejos como el diablo.
La linterna se apagó.
Se quedaron acostados a la luz de la luna.
— Tom -murmuró Douglas-. Tengo que viajar de todos estos modos. Ver lo que puedo ver.
Pero sobre todo debo visitar al coronel Freeleigh una vez, dos veces, tres veces por semana.
Es mejor que todas las otras máquinas. El habla, tú escuchas. Y cuanto más habla, mas miras alrededor, y ves cosas. Te dice que viajas en un tren muy especial, y, Dios, es cierto.
Ha andado, por ese camino, y lo sabe. Y luego aquí vamos nosotros, por el mismo camino, pero más adelante, mirando, olfateando y manejando cosas, y necesitamos al coronel Freeleigh para poder recordar cada segundo. Así cuando los chicos vayan a verte, cuando seas realmente viejo, podrás hacer por ellos lo que el coronel hizo una vez por ti. Así es,
Tom. Tengo que dedicar mucho tiempo a visitarlo y escucharlo y viajar lejos con él.
Tom calló un momento. Luego miró a Douglas en la oscuridad.
— Viajar lejos. ¿Inventaste eso?
— Quizás sí, quizás no.
— Viajar lejos -murmuró Tom.
— De una cosa estoy seguro -dijo Douglas, cerrando los ojos-. Es algo realmente solitario.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:06 am

-XXI-


— ¡BUM!
Se golpeó una puerta. En un altillo el polvo saltó de escritorios y estanterías. Dos viejas se apretaron contra la puerta del altillo, para que no se abriera. Mil palomas parecían haberse elevado desde el techo. Las viejas se doblaron, como abrumadas por el peso de las alas.
Luego se detuvieron, con cara de sorpresa. Sólo se oía el sonido puro del pánico, los corazones que golpeaban en los pechos... Sobre ese rugido, trataron de hablarse.
— ¡Qué hemos hecho! ¡Pobre señor Quatermain!
— Debemos de haberlo matado. Y alguien nos ha visto sin duda, y nos ha seguido. Mira...
La señorita Fern y la señorita Roberta miraron entre las telarañas de la ventana del altillo.
Abajo, como si no hubiera ocurrido una gran tragedia, los robles y olmos seguían creciendo a la tibia luz del sol. Un chico se paseaba por la acera, mirando hacia arriba.
En el altillo las dos viejas se espiaron como si quisieran verse las caras bajo las aguas de una corriente.
— ¡La policía!
Pero nadie golpeó la puerta de calle, gritando: "¡Abran en nombre de la ley!"
— ¿Quién es ese chico de ahí abajo?
— ¡Douglas, Douglas Spaulding! Señor, ha venido para dar un paseo en la Máquina Verde.
No sabe. El orgullo nos ha arruinado. ¡El orgullo y ese aparato eléctrico!
— Aquel terrible vendedor de Gumport Falls. El es el culpable, él y su charla.
Charla, charla, como una llovizna en uña terraza, en el verano.
De pronto fue otro tiempos otro mediodía. Las viejas estaban en el porche, a la sombra de los árboles, con abanicos blancos y platos de fresca y temblorosa jalea de limón.
Lejos del resplandor enceguecedor, lejos del sol amarillo, brillante, espléndida como la carroza de un príncipe...
¡La Máquina Verde!
Se deslizaba. Susurraba. Una brisa marina. Delicada como hojas de roble, más fresca que el agua del arroyo, ronroneaba con la majestad de unos gatos al mediodía. En la máquina, con un sombrero panamá que flotaba sobre vaselina, ¡el vendedor de Gumport Falls! La máquina, con pasos de goma, suave, sutil, subió a la escaldada acera blanca, se acercó chillando a los escalones del porche, giró y se detuvo. El vendedor saltó, ocultó el sol con su panamá, y su sonrisa brilló en esa pequeña sombra.
— ¡El nombre es William Tara! Y ésta... -Apretó una perilla de goma. Una foca ladró.- Y ésta... ¡es la bocina! -El hombre levantó unos almohadones negros de satén.- ¡Baterías! -En el aíre caliente flotó un olor de rayo-. ¡Palanca de dirección! ¡Apoyapiés! ¡Quitasol! Aquí, in toto, ¡la Máquina Verde!
En el altillo oscuro las mujeres recordaron, temblorosas, con los ojos cerrados.
— ¡Por qué no lo habremos atravesado con las agujas de zurcir!
— ¡Chist! Escucha.
Alguien golpeaba la puerta de calle. Luego, los golpes cesaron. Vieron a una mujer que cruzaba el patio y entraba en la casa próxima.
— Era Lavinia Nebbs, con una taza vacía. Habrá venido a pedir azúcar.
— ¡Oh, tengo miedo!
Cerraron los ojos. El teatro de la memoria empezó otra vez. Un viejo sombrero de paja floreció sobre un baúl de hierro, por obra y gracia, parecía, del hombre de Gumport Falls.
— Gracias, aceptaré un poco de té helado. -Uno podía oír en el silencio cómo el líquido fresco golpeaba el estómago. El hombre volvió la vista hacia las señoras, como un doctor que les mirase con una lucecita los ojos, las bocas y narices.- Señoras, sé que las dos son vigorosas. Es evidente. Ochenta años -y el hombre castañeteó los dedos- no son nada para ustedes. Pero hay veces, sin embargo, en que ustedes están ocupadas, tan ocupadas, que necesitan realmente un amigo, un amigo de verdad, y eso es la Máquina Verde de dos asientos.
El hombre clavó los ojos de vidrio verde, brillantes, de zorro embalsamado, en la maravillosa mercadería. Allí se alzaba, con olor a nuevo, en la cálida luz del sol, esperándolas, como una cómoda silla de ruedas.
— Suave como la pluma de un cisne. -El hombre respiraba en la cara de las viejas-.
Escuchen. -Ellas escucharon-. ¡Las baterías están cargadas y listas! ¡Escuchen! Ni un temblor, ni un sonido. Eléctricas, señoras. ¡Se cargan de noche en el garaje!
— No podría... es decir... -La hermana más joven tragó un poco de té helado-. ¿No podría electrocutarnos accidentalmente?
— ¡Aleje esa idea!
El hombre se volvió hacia la máquina, con esos dientes de los escaparates de artículos dentales, solos, que le sonríen a uno, cuando uno pasa tarde, de noche.
— ¡Tés! -El hombre valseó alrededor de la máquina-. Clubes de bridge. Soirées. Reuniones de gala. Lunches. ¡Fiestas de cumpleaños! -Se alejó ronroneando como si nunca fuera a regresar. Volvió con un siseo estirado-. Cenas del club de madres -El hombre caminó graciosamente encorsetado, en la flexible imitación de una mujer-. Dirección fácil. Partidas y llegadas elegantes y silenciosas. No se necesita licencia. En los días de calor... una brisa.
¡Ah!...
El hombre se deslizó al pie del porche, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados con deleite, el pelo al viento, aunque limpiamente pegoteado.
Subió reverentemente los escalones, el sombrero en la mano, y se volvió a mirar el modelo como si fuese al altar de la capilla familiar.
— Señoras -dijo suavemente-, veinticinco dólares ahora. Diez dólares por mes durante dos años.
Fern bajó los escalones y se sentó aprensivamente en el doble asiento. La picaba la mano.
La alzó. Se atrevió a pellizcar el bulbo de goma de la corneta.
Ladró una foca. Roberta, en el porche, chilló alegremente, inclinándose sobre la barandilla.
El vendedor se unió a la hilaridad de las señoras. Escoltó a la hermana mayor hasta el coche, riéndose a carcajadas, sacando la pluma y buscando en su sombrero de paja un trozo cualquiera de papel.
— ¡Y así la compramos! -recordó la señorita Roberta, en el altillo, horrorizada ante su propio descaro-. ¡Si alguien nos lo hubiera advertido! ¡Siempre nos pareció un cochecito de feria!
— Bueno -dijo Fern, defensivamente-, la cadera me molesta desde hace años, y a ti te cansa caminar. Parecía tan refinada, tan regia. Como en los viejos tiempos, cuando las mujeres usaban miriñaque. ¡Navegación! La Máquina Verde navegaba tan serenamente.
Como un bote de excursión, tan fácil de manejar, como un bastón en la mano.
¡Oh, aquella gloriosa y encantada primera semana!...
Las mágicas tardes de luz dorada, cuando cruzaban zumando el pueblo sombreado, como un intemporal río de sueño, tiesamente sentadas, sonriendo a los conocidos, sacando suavemente las garras arrugadas en todas las vueltas, y apretando en los cruces la negra corneta de goma, que lanzaba un grito enronquecido; permitiendo a veces que Douglas o
Tom Spaulding o cualquier otro niño que trotase, charlando, al lado, diese un paseito con ellas. Veinte lentos y placenteros kilómetros por hora como velocidad máxima. Iban y venían por el sol y las sombras del verano, con las caras moteadas y manchadas al pasar debajo de los árboles, como una antigua y rodante visión.
— Y luego -murmuró Fern-, ¡esta tarde! ¡Oh, esta tarde!
— Fue un accidente.
— Pero escapamos, ¡y eso es criminal!
Ese mediodía. El olor de los cojines de cuero bajo los cuerpos, el perfume gris, la estela de aroma de los perfumeros mientras cruzaban en la silenciosa Máquina Verde el lánguido pueblito.
Ocurrió rápidamente. Rodando por la sombría acera arbolada, al mediodía, pues en las calles había baches y brillaba el sol, llegaron a una esquina, apretando el bulbo de la ronca corneta. De pronto, como un polichinela, ¡el señor Quatermain salió de la nada!
— ¡Cuidado! -gritó la señorita Roberta.
— ¡Cuidado! -gritó la señorita Fern.
— ¡Cuidado! -gritó el señor Quatermain.
Las dos mujeres se abrazaron en vez de tomar la vara de la dirección.
El golpe fue terrible. La Máquina Verde siguió navegando en el día caluroso, bajo los umbríos castaños, más allá de los manzanos florecidos. Miraron atrás sólo una vez. Los ojos de las viejas señoras se llenaron de ún pálido horror.
El viejo estaba tendido en la acera, en silencio.
— Y aquí estamos -lloró la señorita Fern en el altillo cada vez más oscuro-. ¡Oh!, ¿por qué no nos detuvimos? ¿Por qué escapamos? — ¡Chist!
Escucharon.
Abajo sonaban otra vez los golpes.
Cuando los golpes cesaron, las viejas se asomaron y vieron a un niño que cruzaba la acera, a la luz gris de la tarde.
— Douglas Spaulding que quería dar otro paseo.
Suspiraron.
Pasaron las horas. El sol seguía descendiendo.
— Hemos estado aquí toda la tarde -dijo Roberta cansadamente-. No podemos quedarnos
en el altillo tres semanas hasta que todos se olviden.
— Nos moriremos de hambre.
— ¿Qué haremos entonces? ¿Crees que alguien nos vio y nos siguió?
Se miraron.
— No. Nadie nos vio.
El pueblo estaba en silencio. En todas las casitas se encendían las luces. De abajo venía un
olor de hierba húmeda y cenas que se cocinaban.
— Es hora de preparar la carne -dijo la señorita Fern-. Frank llegará dentro de diez minutos.
— ¿Bajaremos?
— Frank llamará a la policía si no encuentra a nadie. Eso será peor.
El sol se fue rápidamente. Las dos mujeres eran ahora dos cosas que se movían en la mohosa oscuridad.
— ¿Crees -preguntó la señorita Fern- que estará muerto?
— ¿El señor Quatermain?
Una pausa.
— Sí.
— Miraremos en el periódico de la noche.
Abrieron la puerta del altillo y estudiaron cuidadosamente los peldaños que llevaban abajo.
— ¡Oh!, si Frank se entera, nos sacará la Máquina Verde y es tan lindo y agradable pasear y sentir la brisa fresca y ver el pueblo.
— No se lo diremos.
— ¿No?
Bajaron los crujientes escalones hasta el primer piso.
Allí se detuvieron a escuchar. Ya en la cocina, examinaron la despensa, espiaron por las
ventanas con ojos asustados, y al fin se pusieron a freír salchichas. Luego de trabajar cinco
minutos en silencio, Fern miró tristemente a Roberta, y dijo:
— He estado pensando. Somos viejas y débiles, y no nos gusta admitirlo. Somos peligrosas.
Estamos en deuda con la sociedad por haber escapado.
— ¿Y?
Hubo algo parecido a un silencio, que dominó el ruido de la sartén, y las dos hermanas se encararon, con nada en las manos.
— Pienso -dijo Fern clavando los ojos en la pared- que no deberíamos salir otra vez en la Máquina Verde. Nunca más.
Roberta tomó un plato y lo sostuvo en la mano delgada.
— ¿Nunca más? -dijo.
— No.
— Pero -dijo Roberta- no... tenemos que... libramos de ella, ¿no es cierto? Podemos guardarla, ¿no?
Fern consideró el asunto.
— Sí, creo que podemos guardarla.
— Por lo menos eso será algo. Iré a desconectar las baterías.
Roberta se iba ya, cuando llegó Frank, el hermano menor, de sólo cincuenta y seis años.
— ¡Hola, hermanas!
Roberta pasó junto a él sin una palabra y se perdió en el crepúsculo de verano. Frank traía un periódico que Fern le sacó inmediatamente. Temblando lo miró por todos lados y se lo devolvió con un suspiro.
— Vi a Doug Spaulding en la calle. Me dijo que tenia un mensaje para vosotras. Dijo que no os preocupéis, que vio todo y que no pasó nada. ¿Qué habrá querido decir?
— Ni lo imagino. Fern se volvió y buscó su pañuelo.
— ¡Oh, bueno, esos chicos!
Frank miró un rato la espalda de su hermana y al fin se encogió de hombros.
— ¿Está la cena? -preguntó de buen humor.
— Sí.
Fern puso la mesa en la cocina.
Se oyó un grito ronco afuera. Una vez, dos veces, tres veces.
— ¿Qué es eso? -Frank miró por la ventana de la cocina. ¿Qué ha ido a hacer Roberta?
¡Mírala! ¡Sentada en la Máquina Verde, apretando la cometa de goma!
Una, dos veces más, en el crepúsculo, como un lloroso animal, se oyó el sonido de la corneta.
— ¿Pero qué le pasa?
— ¡Déjala tranquila! -chilló Fern. Frank la miró sorprendido.
Un momento más tarde, Roberta entraba silenciosamente, sin mirar a nadie, y todos se sentaban a cenar.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:06 am

-XXII-

La primera luz en el techo, afuera. De mañana, muy temprano. Las hojas tiemblan en todos los árboles, despertando suavemente a cualquier brisa del alba. Y entonces, muy lejos, en una curva de los rieles de plata, parece el tranvía de color anaranjado, en equilibrio sobre cuatro rueditas de acero azul, cubierto de charreteras de bronce que brillan débilmente, y
de barras doradas. Y la campanilla de cromo tintinea cada vez que el viejo conductor golpea el piso con un zapato arrugado. Los números que lleva el tranvía a los costados y al frente son de un amarillo limón. En el interior, hay asientos agradablemente ásperos, como un moho verde y fresco. Algo similar a un tentáculo se alza desde el techo para alcanzar el hilo de araña, entre las altas copas de los árboles, que alimenta al tranvía. De todas las ventanas sale un incienso, un secreto, azul y penetrante olor a rayo y tormentas estivales.
A lo largo de las calles, sombreadas de olmos, se mueve el tranvía. Y la mano enguantada y gris del conductor toca levemente, incesantemente, las manecillas y palancas.
Al mediodía, el conductor detuvo su coche. — ¡Eh!
Y Douglas y Charlie y Tom y todos los niños y niñas de la manzana vieron el guante gris que hacía señas y bajaron de los árboles, y dejaron las cuerdas sobre la hierba como serpientes blancas, y corrieron y se sentaron en los asientos de felpa verde, y no hubo que pagar. El señor Tridden, el conductor, llevó el tranvía calle abajo, llamando, y tapó con el guante la boca de la caja del dinero.
— ¡Eh! -dijo Charlie-. ¿A dónde vamos?
— El último paseo -dijo el señor Tridden, con los ojos fijos en el alto alambre eléctrico que volaba adelante-. No más tranvía. Mañana empieza a correr el ómnibus. Me van a retirar con una pensión. Así que... ¡un paseo gratis para todos! ¡Cuidado!
Movió a un lado el brazo de bronce, y el tranvía gruñó y echó a correr por una infinita curva verde, y pareció como si el tiempo se hubiera detenido, como si sólo los niños y el señor Tridden y su máquina milagrosa estuvieran alejándose por un río interminable.
— ¿El último día? -preguntó Douglas, estupefacto-. ¡No es posible! Primero desaparece la Máquina Verde, encerrada en un garaje, y sin discusiones. Luego mis zapatos de tenis envejecen y se gastan. ¿No más paseos? Pero, pero... ¡Un ómnibus no es un tranvía! No hace el mismo ruido. No tiene vías, ni cable, no echa chispas, no tiene los mismos colores, no tiene campana, ¡no baja una cuesta como un tranvía!
— Sí, es cierto -dijo Charlie-. ¡Qué bien baja las cuestas el tranvía, como un acordeón!
— Claro -dijo Douglas.
Y así llegaron al fin de la línea, a los rieles de plata, abandonados hacía dieciocho años, que se metían en el campo. En 1910 la gente tomaba el tranvía para ir al parque de Chessman, con grandes canastas de picnic. Los rieles se oxidaban ahora entre las lomas.
— Aquí damos vuelta -dijo Charlie.
— ¡Aquí te equivocas! -dijo el señor Tridden encendiendo el generador de emergencia-.
¡Vamos!
El tranvía, dando un salto y recostándose como un navío, dejó atrás los límites de la ciudad, precipitándose cuesta abajo entre luces perfumadas y vastas extensiones de sombra que olían a hongos. Aquí y allá, las aguas de los arroyos reflejaban rápidamente las vías, y las hojas de los árboles filtraban el sol como un vidrio verde. Se deslizaron murmurando por campos donde se mecían los girasoles, pasaron ante estaciones abandonadas donde sólo quedaba el confetti de los agujereados billetes, y siguieron un arroyo, internándose en el país del verano, mientras Douglas hablaba.
— Pero si hasta el olor del tranvía es diferente. He estado en los ómnibus de Chicago.
Huelen raro.
— Los tranvías son muy lentos -dijo el señor Tridden-. Van a poner ómnibus. Omnibus para la gente y ómnibus para la escuela.
El tranvía se detuvo con un chillido. El señor Tridden sacó del techo unas grandes canastas de picnic. Gritando, los niños lo ayudaron. El arroyo desembocaba en un lago silencioso donde un viejo kiosco caía a pedazos atacado por las hormigas.
Se quedaron allí, comiendo sandwiches de jamón y frutillas silvestres y naranjas, y el señor Tridden les dijo cómo había sido veinte años atrás, cuando la banda tocaba de noche en el adornado kiosco, con hombres que soplaban en las cornetas de bronce, y el gordo director que transpiraba moviendo la batuta. Los niños y las luciérnagas corrían por las hierbas altas; las señoras con largos vestidos y altos copetes se paseaban por la senda de maderas de xilofón, con hombres de cuellos duros y sofocantes. Por allí paseaban, por aquella senda casi borrada por los años. El lago estaba sereno, azul y silencioso, y los peces se metían pacíficamente entre las cañas brillantes, y el conductor hablaba y hablaba, y los niños
sentían que era otro otoño, y que el señor Tridden parecía maravillosamente joven, con los ojos iluminados como pequeños bulbos azules y eléctricos. El día parecía flotar, tranquilamente, y nadie se movía, y el bosque se cerraba alrededor, y el sol estaba quieto en el cielo mientras la voz del señor Tridden subía y caía, y una aguja se movía en el aire, cosiendo, y volviendo a coser, unos dibujos a la vez dorados e invisibles. Una abeja se posó en una flor, zumbando y zumbando. El tranvía se alzaba como un palio encantado, centelleando cuando el sol caía sobre él. El tranvía estaba en las manos de los niños, como un olor de bronce, mientras comían las frutillas. El brillante olor del tranvía salía de las ropas movidas por el viento Un somorgujo cruzó el cielo, llorando. El señor Tridden se puso los guantes.
— Hora de irse. Vuestros padres pensarán que os rapté. El tranvía estaba fresco, silencioso y sombrío, como el interior de una heladería. Con un verde y suave crujido de cuero aterciopelado, los callados niños dieron vuelta los asientos y se sentaron a espaldas del lago silencioso, el kiosco desierto y las tablas de paseo que hacían una especie de música cuando
uno bajaba por ellas hacia la costa, hacia otros mundos.
¡Bing!, tintineó la campanilla bajo el pie del señor Tridden, y regresaron entre prados de flores blancas, abandonados por el sol. El pueblo pareció aplastar los costados del tranvía con ladrillos, asfalto y madera cuando el señor Tridden pasó por las calles sombrías, dejando a los niños.
Charlie y Douglas fueron los últimos en bajar y se detuvieron cerca de la puerta plegadiza del tranvía, respirando electricidad, mirando cómo los guantes del señor Tridden se movían sobre los bronces.
Douglas acarició el moho verde, miré la plata, el bronce, el color de vino del techo.
— Bueno... Adiós, señor Tridden.
— Adiós, muchachos.
— Ya nos veremos, señor Tridden.
— Ya nos veremos.
Hubo un leve suspiro; la puerta se cerró con suavidad. El tranvía navegó lentamente por la tarde, más brillante que el sol, todo naranjas, limones y oro, dobló una esquina lejana, quejándose, y desapareció — ¡Omnibus para la escuela! -dijo Charlie cruzando la calle-. Nunca llegaremos tarde.
Vendrá a buscarte a la puerta. No llegaremos tarde jamás. Piensa en esa pesadilla. Doug, piénsalo.
Pero Douglas, de pie sobre la hierba, imaginaba cómo sería mañana, cuando los hombres echarán asfalto caliente sobre las vías de plata, y ya nadie podría saber que un tranvía había corrido por esas calles. Pero sabía que pasarían muchos años antes que él olvidase las vías, por más que las sepultaran. Alguna mañana de otoño, primavera, o invierno, despertaría e iría a la ventana o se quedaría en cama bien abrigado y oiría el tranvía, débil y muy lejos.
Y luego, donde se curvaba la calle matinal, en las avenida, entre las filas uniformes de sicomoros, arces y olmos, en la quietud que precede a la iniciación de la vida más allá de su casa, oiría los sonidos familiares. Como el tictac de un reloj, el retumbar de una docena de barricas de metal que rodaran por la calle, el zumbido de una solitaria e inmensa libélula, al alba. Como una calesita, como una pequeña tormenta eléctrica, con el color azul del rayo que viene y se queda un momento. ¡El carillón del tranvía! El siseo de surtidor de soda que baja y vuelve a subir, y otra vez el principio del sueño, como si el tranvía volviese a navegar, sobre unos ocultos y sepultados rieles hacia algún oculto y sepultado destino...
— ¿Jugamos a la pelota después de la cena? -preguntó Charlie.
— Sí -dijo Douglas-, jugamos. -XXIIILos hechos acerca de John Huff, de doce años, son simples y se enumeran pronto.
Podía descubrir más rastros que cualquier indio choctaw o cherokee desde la iniciación de los tiempos, podía saltar del cielo como un chimpancé de una rama, podía zambullirse, nadar debajo del agua dos minutos, y salir a la superficie cincuenta metros más allá, río abajo. Si uno le tiraba una pelota de béisbol, la devolvía golpeando manzanos y echando abajo cosechas enteras. Podía saltar muros de huertas de dos metros de alto; subirse a un árbol y descender cargado de duraznos con más rapidez que cualquier otro de la pandilía.
No era un matasiete. Era bueno. Tenía el pelo oscuro y rizado, y dientes blancos como la crema. Recordaba las letras de todas las canciones de cowboys y se las enseñaba a uno, si uno quería. Conocía los nombres de todas las flores silvestres, y cuándo salía y se ponía la luna, y cuándo subían o bajaban las mareas. Era, en verdad, el único dios vivo en todo
Green Town, Illinois, y del siglo veinte que conocía Douglas Spaulding.
Y ahora, él y Douglas estaban en las afueras del pueblo en otro día cálido y redondo como una bolita, y el soplado cristal azul del cielo subía y subía, y los arroyos brillaban con aguas espejeantes sobre piedras blancas. Era un día tan perfecto como la llama de una vela.
Douglas recorría el día pensando que así seguiría siempre. La perfección, la redondez, el olor de la hierba se adelantaban alejándose con la velocidad de la luz. El silbido de un amigo, como el de una oropéndola, la música del manojo de llaves mientras uno hacía cabriolas en la senda de polvo, todo era completo, todo podía tocarse. Las cosas estaban cerca, las cosas estaban a mano, y seguirían allí.
Era un día tan hermoso, y de pronto una nube cruzó el cielo, cubrió el sol, y no se movió.
John Huff había estado hablando lentamente algunos minutos. Douglas se detuvo y le clavó los ojos.
— John, repite eso.
— Ya me oíste, Douglas.
— ¿Dijiste que... te ibas?
— Tengo el billete de tren en el bolsillo. Ju-ju, ¡Tan! Chu-chu-chu-chu. Juuuuuuuuu...
La voz de John se apagó.
Sacó solemnemente el billete verde y amarillo y los dos lo miraron.
— ¡Esta noche! -dijo Douglas-. ¡Dios! ¡Esta noche íbamos a jugar a la luz roja, la luz verde y las estatuas! ¿Cómo así de pronto? Has estado en Green Town toda mi vida. ¡No puedes irte así!
— Es mi padre -dijo John-. Consiguió un trabajo en Milwaukee. No estabamos seguros hasta hoy.
— Dios mío, y la semana próxima tenemos el picnic bautista, y luego la feria del día del trabajo, y el día de Todos los Santos... ¿Tu papá no puede esperar hasta entonces?
John sacudió la cabeza.
— ¡Qué barbaridad! -dijo Douglas-. Deja que me siente.
Se sentaron bajo un viejo roble, en la ladera de una loma, mirando el pueblo. El sol dibujaba alrededor largas sombras temblorosas. Debajo del árbol había una frescura de caverna. Afuera, a la luz del sol, el pueblo parecía consumido por el calor, con las ventanas abiertas como bocas jadeantes. Douglas hubiese querido correr allí donde el pueblo, con su peso, las casas, su tamaño, podía encerrar a John e impedirle escapar.
Pero somos amigos -dijo Douglas, descorazonado.
— Siempre lo seremos -dijo John.
— ¿Vendrás a visitarme casi todas las semanas, sí?
— Papá dice que sólo una o dos veces por año. Son cien kilómetros.
— ¡Cien kilómetros no es mucho! -gritó Douglas.
— No, no es mucho -dijo John.
Mi abuela tiene teléfono. Te llamaré. O quizá iremos nosotros a visitarte. ¡Eso sería magnífico!
John calló largo rato.
— Bueno -dijo Douglas-, hablemos de algo.
— ¿Qué?
— ¡Mi Dios, si te vas, hay un millón de cosas! ¡Todo lo que hubiéramos hablado el mes próximo, y el otro! ¡Mantas religiosas, zepelines, acróbatas, tragaespadas! ¡Como antes! ¡Saltamontes que escupen tabaco!
— Lo malo es que no deseo hablar de saltamontes.
— ¡Siempre hablabas de eso!
— Sí -John miró fijamente las casas-. Pero me parece que no es éste el momento.
— John, ¿qué te pasa? Estás raro.
John había cerrado los ojos, arrugando la cara.
— Doug, la casa Terle, el primer piso, ¿lo conoces?
— Claro.
— Los vidrios de colores en las ventanitas redondas, ¿han estado siempre allí?
— Claro.
— ¿Estás seguro?
— Esas ventanas están ahí desde que nacimos. ¿Por qué?
— Nunca las vi antes -dijo John-. Mientras venía hacia aquí miré arriba y las vi. Doug, ¿qué he hecho todos estos años que no las vi nunca?
— Tenias otras cosas que hacer.
— ¿Sí? -John se volvió y miró a Douglas con cara de miedo-. Doug, ¿por qué me asustarán ésas malditas ventanas? Quiero decir, no es nada que pueda asustar, ¿verdad? Es solo... -
Titubeó-. Pero si no vi esas ventanas hasta hoy, ¿qué otras cosas me he perdido? ¿Y las cosas que vi realmente? ¿Podré recordarlas cuando me vaya?
— Recordarás lo que quieras recordar. Fui afuera hace dos veranos. Allí recordé.
— No. No recordaste. Me lo dijiste. Te despertabas de noche y no podías recordar la cara de tu madre.
— ¡No!
— Algunas noches me pasa lo mismo en casa. Siento miedo. Voy al cuarto de mis padres y les miro la cara para estar seguro. Y cuando vuelvo a mi cuarto me he olvidado otra vez.
Dios, Doug, ¡oh, Dios! -John se apretó las rodillas-. Prométeme algo, Doug. Prométeme que me recordarás, promete que recordarás mi cara, y todo.
— Es muy fácil. Tengo una cámara de cine en la cabeza. Cuando estoy acostado enciendo la luz en mi cabeza y todo aparece en la pared, claro como todos los diablos. Allí estarás tú, gritándome, y haciéndome señas.
— Cierra los ojos, Doug. Ahora dime, ¿de qué color tengo los ojos? No espíes. ¿De qué color?
Douglas empezó a transpirar. Cerraba con fuerza los ojos, nerviosamente.
— ¡Oh, demonios!, John, no es justo.
— ¡Dímelo!
— ¡Castaños!
John apartó la cara.
— No, señor.
— ¿Qué es eso de no?
— Ni siquiera te acercaste.
John cerró los ojos.
— Vuélvete -dijo Douglas-. Abre los ojos, déjame ver.
— Es inútil -dijo John-. Ya te olvidaste. Como dije.
— ¡Vuélvete!
Douglas tomó a John por el pelo y le acercó la cara, lentamente.
— Muy bien, Doug.
John abrió los ojos.
— Verdes. -Douglas dejó caer la mano desanimadamente.- Tienes ojos verdes... Bueno, es un verde parecido al castaño, ¡un verde avellana!
— Doug, no mientas.
— Bueno -dijo Douglas en voz baja-, no mentiré.
Se quedaron allí mirando a los otros niños que subían la loma gritando y aullando.
Corrieron junto a las vías del ferrocarril, abrieron las bolsas de papel donde traían las meriendas, y aspiraron profundamente los sandwiches de jamón del diablo, y los encurtidos verdes como el mar, y las mentas coloreadas. Corrieron, una y otra vez, y Douglas se inclinó y puso la oreja sobre el caliente riel de acero, oyendo trenes muy lejanos que viajaban invisibles por otras tierras, y le enviaban mensajes en código Morse, a él, bajo el sol asesino. Douglas se incorporó, aturdido.
— ¡John!
Pues John corría, y esto era terrible. Pues si uno corre, el tiempo corre. Uno grita y aúlla, y rueda y brinca, y de pronto el sol se ha ido, y se oye la sirena, y uno vuelve a casa a cenar.
Cuando no miras, ¡el sol se escapa detrás de ti! ¡El único modo de detener las cosas es mirarlo todo y no hacer nada! Un día puede estirarse así como tres días, sí, ¡sólo mirando!
— ¡John!
No había modo de contar con su ayuda ahora, salvo una trampa.
— ¡John, escapemos, escapemos de los otros!
Gritando, Douglas y John echaron a correr, loma abajo, dejando que la gravedad trabajara para ellos, por prados, rodeando graneros, hasta que el ruido de los perseguidores se apagó al fin.
John y Douglas subieron a una parva. que era como una gran hoguera crepitante.
— No hagamos nada -dijo John.
— Eso mismo iba a decir.
Se quedaron inmóviles, callados, reteniendo el aliento.
Se oyó como el sonido de un insecto en la parva.
Lo oyeron los dos, pero no miraron hacia el sonido. Cuando Douglas movía la muñeca el sonido venía de otro lado de la parva. Cuando puso el brazo sobre las piernas, el sonido venía de las piernas. Dejó que los ojos bajaran brevemente. El reloj decía las tres. Douglas extendió la mano derecha lentamente hacia el tictac y tiró del vástago. Retrasó las manecillas.
Ahora disponían de todo el tiempo que podían necesitar para mirar el mundo, sentir el sol que se movía como un viento ígneo.
Pero al fin John debió de haber sentido que el peso incorpóreo de sus sombras se movía y torcía.
— Doug, ¿qué hora es? -preguntó.
— Las dos y media.
John miró el cielo.
¡No!, pensó Douglas.
— Parecen más las tres y media o cuatro -dijo John-. Como boy-scout uno aprende estas cosas.
Douglas suspiró y volvió a adelantar el reloj.
John lo observó en silencio. Douglas alzó los ojos. John le golpeó levemente el brazo.
Con rápidos golpes de émbolo, un tren vino y se fue tan velozmente que los niños saltaron a los lados, gritando, sacudiendo los puños. El tren rugió vías abajo, llevándose doscientas personas, y desapareció. El polvo lo siguió un rato hacia el sur, y luego se posó en un dorado silencio entre los rieles azules.
Los niños volvían al pueblo.
— Iré a Cincinnati cuando tenga diecisiete y seré fogonero de ferrocarril -dijo Charlie Woodman.
— Yo tengo un tío en Nueva York -dijo Jim-. Iré allá y seré impresor.
Doug no preguntó a los otros. Oía ya el canto de los trenes y veía las caras de los chicos que quedaban atrás en las plataformas, o se apretaban a las ventanillas. Uno a uno fueron quedando atrás. Y al fin vio los rieles desiertos, y el cielo de verano, y se vio a sí mismo en otro tren que corría en otra dirección.
Douglas sintió que la tierra se movía bajo sus pies y vio que las sombras estremecían la hierba y coloreaban el aire.
Tragó saliva, dio un grito, echó atrás el puño, y golpeó.
— ¡El último que llegue a su casa es cola de burro!
Todos corrieron por las vías, riéndose, sacudiendo el aire. Allá iba John Huff, sin tocar el suelo. Y aquí venía Douglas, tocándolo continuamente.
Eran las siete, la cena había terminado, y los chicos llegaban uno a uno mientras se oían portazos y las voces de los padres que gritaban que no golpeasen las puertas. Douglas y Tom y Charlie y John estaban con una media docena de otros niños, y era hora de jugar al escondite y las estatuas.
— Sólo un juego -dijo John-. Luego me iré a casa. El tren sale a las nueve. ¿Quién va ser el monstruo?
— Yo -dijo Douglas.
— Es la primera vez que alguien se ofrece voluntariamente -dijo Tom.
Douglas miró a John largo rato. Al fin dijo:
— Corred.
Los muchachos se desparramaron, gritando. John retrocedió alejándose, al fin se volvió y empezó a trotar. Douglas contó lentamente. Dejó que los chicos se alejaran, se separaran, estuviesen cada uno en su pequeño mundo.
Cuando casi se habían perdido de vista, aspiró profundamente.
— ¡Estatuas!
Todos quedaron petrificados.
Muy lentamente, Douglas cruzó la hierba acercándose a John Huff que se alzaba como un ciervo de hierro en el anochecer.
Muy lejos estaban los otros niños, con las manos levantadas, las caras retorcidas, los ojos brillantes como ardillas embalsamadas.
Pero aquí estaba John, solo e inmóvil, y nadie podía estropear ese momento corriendo o gritando.
Douglas caminó alrededor de la estatua en un sentido, y luego en el otro. La estatua no se movió. No habló. Miraba el horizonte, esbozando una sonrisa.
Era como aquella vez, hacía años, en Chicago, cuando habían visitado un lugar donde había figuras de mármol y él había caminado alrededor, en silencio. Aquí estaba John Huff con las rodillas y los fondillos de los pantalones manchados de hierba, y lastimaduras en los dedos, y cortaduras en los codos. Aquí estaba John Huff con los callados zapatos de tenis, los pies envueltos en silencio. Aquella era la boca que había mordido muchos duraznos en el verano,
y que había dicho una o dos cosas acerca de la vida y la tierra. Y allí estaban los ojos, no ciegos como los ojos de las estatuas, sino de un oro verdoso fundido. Y allí se movía el pelo, ya hacia el norte, ya hacia el sur, o hacia el lugar a donde soplara la brisa. Y allí las manos, con todo el pueblo en ellas, con suciedad de los caminos, y astillas de corteza de árbol, los dedos que olían a cañamo y uvas y manzanas ácidas, viejas monedas o ranas verdes. Allí estaban las orejas, con la luz del sol que las atravesaba, y que parecían un brillante y cálido durazno, y aquí, invisible, el aliento de menta en el aire.
— John, ahora -dijo Douglas-, no muevas ni siquiera una pestaña. ¡Te ordeno absolutamente que te quedes aquí y no te muevas en las próximas tres horas!
John movió los labios.
— Doug...
— ¡Estatua! -gritó Douglas.
John miró otra vez el cielo, pero ahora no sonreía.
— Tengo que irme -susurró.
— ¡Ni un músculo, es el juego!
— Tengo que irme a casa.
La estatua se movió, las manos cayeron, y la cabeza se volvió para mirar a Douglas. Los otros niños dejaron caer los brazos, también.
— Jugaremos otra vez -dijo John-. Pero yo seré el monstruo. ¡Corred!
Los niños corrieron.
— ¡Quietos!
Los niños se helaron. Douglas con ellos.
— ¡Ni un músculo! -gritó John-. ¡Ni un pelo!
Se acercó a Douglas.
— Muchacho, no hay otro modo.
Douglas miraba el cielo del anochecer.
— ¡Estatuas quietas, todos, los próximos tres minutos! -dijo John.
Douglas sintió que John caminaba alrededor como él, hacía un rato. Sintió que John le golpeaba un brazo, no muy fuerte.
— Hasta pronto -dijo.
Luego se oyó el ruido de alguien que corría y Douglas supo sin mirar que detrás no había nadie.
Muy lejos, se oyó el pitido de un tren.
Douglas se quedó quieto un minuto, esperando a que dejara de oírse el sonido de los pies que corrían. Pero el sonido seguía oyéndose. Corre aún, pensó, pero no parece alejarse.
¿Por qué no deja de correr?
Y comprendió de pronto que aquel sonido era solo el de su corazón.
¡Basta! Se llevó la mano al pecho. ¡Deja de correr! ¡No me gusta ese sonido!
Y luego sintió que él, Douglas, cruzaba el césped de las aceras, entre las otras estatuas, pero no advirtió si ellas volvían también a la vida. No parecían moverse. Él mismo sólo se movía de las rodillas para abajo. El resto era de piedra fría, y muy pesada.
Douglas subió al porche de su casa y se volvió de pronto.
La calle estaba desierta.
Una serie de disparos de rifle. Puertas de alambre que se cerraban ruidosamente, una tras otra. Una andanada crepuscular a lo largo de la calle.
Las estatuas son lo mejor, pensó Douglas. Se conservan en el jardín. Pero no dejes que se muevan. Si lo permites una vez, todo se habrá perdido.
De pronto levantó el puño y lo sacudió amenazando la hierba, la calle, y la sombra creciente.
— ¡John! -gritó con los ojos brillantes-. ¡Tú, John! John, eres mi enemigo, ¿oyes? ¡No eres mi amigo! ¡No vuelvas nunca! ¡Vete! Enemigo, ¿oyes? Eso es lo que eres. Todo ha muerto entre nosotros, basura, eso eres, ¡basura! John, me oyes, ¡John!
Como si hubiesen bajado una mecha en una gran lámpara, más allá del pueblo, el cielo se oscureció aún más. Douglas se quedó en el porche, jadeando, abriendo y cerrando la boca.
El puño apuntaba aún a aquella casa del otro lado de la calle. Miró el puño y éste se desvaneció, y el mundo mismo se desvaneció, más allá.
Douglas subió las escaleras, donde sólo podía sentir su cara, pero sin ver nada de sí mismo, ni siquiera sus puños. Estoy enojado, estoy furioso, se dijo una y otra vez, lo odio, estoy enojado, furioso, ¡lo odio!
Diez minutos más tarde, llegó a lo alto de las escaleras, en la oscuridad.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:07 am

-XXIV-


— Tom -dijo Douglas-, prométeme algo, ¿sí?
— Prometido, ¿qué es?
— Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?
— ¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?
— Bueno... aún eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas en algún precipicio.
— ¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?
— Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.
— ¡Tener barba, Dios!
— Como te digo. No te separes y que no te pase nada.
— Confía en mi.
— No me preocupas tú -dijo Douglas-, sino el modo como Dios gobierna el mundo.
Tom pensó un momento.
— Bueno, Doug -dijo-, hace lo que puede.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   Lun Dic 14, 2015 11:07 am

-XXV-

La mujer salió del cuarto de baño poniéndose yodo en el dedo. Se lo había amputado casi mientras cortaba una torta de coco. En ese instante el cartero subió los escalones del porche, abrió la puerta, y entró en la casa. La puerta se cerró ruidosamente. Elmira Brown dio un salto.
— ¡Sam! -gritó, sacudiendo el dedo para refrescárselo-. No me acostumbraré nunca a un marido cartero. ¡Cada vez que entras me das un susto!
Sam Brown, con la bolsa casi vacía, se rascó la cabeza. Miró hacia la calle como si una niebla repentina hubiese inundado la dulce y serena mañana de estío.
— Sam, has vuelto temprano.
— No pude aguantarme -dijo con una voz estupefacta.
— Dime, ¿qué ha pasado?
Elmira se acercó y miró a su marido.
— Quizá mucho, quizá nada. He entregado un paquete a Clara Goodwater, calle arriba.
— ¡Clara Goodwater!
— Bueno, no pierdas la cabeza. Era un libro, de la editorial Johnson Smith, Racine, Wisconsin. El título del libr.... Veamos... -Arrugó la cara y la desarrugó.- Albertus Magnus, eso es. Que contiene los secretos egipcios, aprobados, verificados, armónicos y naturales o... -Sam miró el cielo raso- la Magia Blanca y Negra de hombres y animales, y donde se revelan los misterios y conocimientos secretos de los antiguos filósofos.
— ¿Clara Goodwater, dijiste?
— Mientras iba hacia la casa tuve tiempo de mirar las primeras páginas, no es nada malo.
Secretos ocultos de la vida develados por el famoso doctor, filósofo, químico, naturalista, psicólogo, astrólogo, alquimista, metalurgico, hechicero, expositor de los misterios de la magia y la brujería, y los secretos recónditos de numerosas Artes y Ciencias, oscuras, naturales, practicas... ¡Eso es! Tengo una cabeza de gramófono. Recuerdo las palabras, aunque no las entienda.
Elmira se miraba el dedo pintado de yodo como si fuese el dedo de un desconocido que apuntaba hacia ella.
— Clara Goodwater -murmuró.
— Me miró a los ojos cuando le di el paquete y dijo: "Seré una bruja de primera clase, sin duda. Obtendré mi diploma en poco tiempo. Instalaré un negocio. Encantaré multitudes e individuos, viejos y jóvenes, grandes y pequeños." Luego la mujer se rió, metió las narices en el libro, y entró a la casa.
Elmira se miró un moretón en el brazo, pasándose cuidadosamente la lengua por un diente flojo.
Se oyó un portazo. Tom Spaulding, arrodillado en el césped de la acera, alzó los ojos. Había vagabundeado por el barrio, mirando lo que hacían las hormigas aquí y allá, y había encontrado un hormiguero especialmente interesante, con una gran boca, donde se agitaban numerosas y brillantes hormigas, tijereteando el aire y llevando frenéticamente trocitos de saltamonte muerto e infinitesimales porciones de pájaro al interior de la tierra.
Ahora, había algo más: la señora Brown que se balanceaba en lo alto del porche como si acabase de descubrir que el mundo caía a través del espacio a cien trillones de kilómetros por segundo. Detrás, el señor Brown, que nada sabía de esos kilómetros por segundo, y a quien probablemente no le importaba saberlo.
— ¡Tú, Tom! -dijo la mujer-. Necesito apoyo moral y el equivalente de la sangre del Cordero. ¡Ven conmigo!
Y Elmira echó a correr, aplastando hormigas y pateando dientes de león y abriendo agujeros en los macizos de las flores.
Tom se quedó un momento arrodillado mientras estudiaba los omóplatos y la espina dorsal de la señora Brown que se precipitaba calle abajo. Leyó en los huesos melodrama y aventura, algo que comúnmente no tenía relación con las señoras, aunque la señora Brown exhibiera indicios de un bigote de pirata. Un instante despues, Tom pisaba los talones de la señora Brown.
— ¡Señora Brown, parece usted muy @enciada!
— ¡No sabes realmente cuánto, muchacho!
— ¡Cuidado! -gritó Tom. La señora Brown tropezó con un perro de hierro que dormía entre las hierbas.
— ¡Señora Brown!
— ¿Has visto? -dijo la señora Brown sentada en la hierba-. ¡Clara Goodwater me hizo esto!
¡Magia!
— ¿Magia?
— No importa, criatura. Aquí están los escalones. Sube primero y quita los obstáculos invisibles que cierren el camino. Toca luego el botón de la campanilla, pero saca pronto el dedo, ¡pues el fluido puede carbonizártelo!
Tom no se movió.
— ¡Clara Goodwater!
La señora Brown rozó el timbre con su dedo enyodado.
Lejos, en los frescos y oscuros cuartos vacíos del viejo caserón tintineó y se apagó una campanilla de plata.
Tom escuchó. Todavía más lejos, se oyó un ruidito, como si corriera una rata. Una sombra, quizá una cortina, se movió en un vestíbulo lejano.
— ¡Hola! -dijo una voz apacible.
Y de pronto, allí estaba la señora Goodwater, fresca como una barra de menta, detrás de la tela de alambre.
— Pero hola, Tom, Elmira. Qué...
— ¡No me engañe! ¡Sabemos que quiere ser una bruja!
La señora Goodwater sonrió.
— Su marido no es sólo cartero sino también guardián de la ley. Mete las narices hasta aquí.
— No revisa la correspondencia.
— Tarda diez minutos entre casa y casa, riéndose de las postales y probándose los zapatos.
— No importa lo que él hace. Importa lo que dijo usted.
— Sólo una broma. "¡Voy a ser bruja!" dije, y ¡pum! Allí fue Sam, al galope, como si lo hubiera atravesado un rayo. Declaro que en el cerebro de ese hombre no debe de haber una sola arruga.
— Ayer, en otro lugar, habló usted de su magia...
— Se refiere usted al Sandwich Club.
— Al que no me invitaron.
— Pero cómo, pensamos que visitaba usted a su abuela.
— Puedo visitarla otro día, si alguien me invita.
— Yo estaba simplemente en el Sandwich Club con un sandwich de jamón y encurtidos cuando dije: "Al fin voy a recibir mi diploma de bruja. ¡He estudiado años!"
— ¡Eso mismo me contaron por teléfono!
— ¿No es un invento maravilloso?
— Considerando que ha sido presidenta de la Liga Femenina Madreselva desde casi la guerra civil, parece, le preguntaré directamente esto: ¿ha usado usted de brujerías para cegar a las señoras y ganar la elección?
— ¿Lo duda usted, señora? -dijo la señora Goodwater.
— Mañana es día de elección, y quiero saber si va a presentarse otra vez... y si no tiene vergüenza.
— Sí a lo primero, y no a lo segundo. Señora, escúcheme. Compro estos libros para mi sobrino, Raoul. Tiene diez años, y se pasa el día buscando conejos en los sombreros. Le he dicho que hay tanta posibilidad de encontrar conejos en los sombreros como sesos en la cabeza de cierta gente. Pero sigue buscando, así que le compré los libros.
— No le creo, aunque me jure sobre una pila de biblias.
— Es así sin embargo. Me complace jugar con esa idea. Las señoras chillaban mientras les describía mis oscuros poderes. ¡Ojalá hubiese estado usted!
— Estaré allí mañana, y la combatiré con una cruz de oro y todos los poderes del cielo -dijo Elmira-. Dígame en seguida qué otras cosas de bruja tiene usted.
La señora Goodwater apuntó a una mesita en el interior.
— He comprado toda clase de hierbas mágicas. Tienen un olor raro y Raoul es feliz. Aquella bolsita es hojas de ébano, y esa otra raíz de mandrágora, y aquella ruda. Ahí hay azufre, y allí, dicen, polvo de huesos.
— ¡Polvo de huesos! Elmira retrocedió y pateó el tobillo de Tom. Tom chilló.
— Y aquí hay ajenjo y hojas de helecho para encantar armas de fuego y volar en sueños como un murciélago. Así dice en el capítulo diez del librito. Pienso que estas cosas convienen mucho a las cabezas de los chicos. Bueno, parece que no me cree. Le daré la dirección de Raoul en Springfield.
— Sí -dijo Elmira- y el día que yo le escriba, usted tomará el ómnibus de Springfield. Irá al correo, recibirá mi carta, y me escribirá con letra de niño. ¡La conozco!
— Señora Brown, confiéselo, quiere ser presidenta de la Liga Femenina Madreselva, ¿no es así? Se ha presentado todos los años desde hace diez. Usted misma se nombra candidata. Y nunca obtiene más de un voto. El suyo. Elmira, si las señoras la quisieran se precipitarían sobre usted como un alud. Pero miro a lo alto de la montaña, y no veo que baje otra piedra
que la suya. Le diré, la proclamaré candidata y la votaré yo misma, ¿qué le parece?
— Que estoy condenada, entonces -dijo Elmira-. El año pasado me pesqué un resfrío mortal justo en el tiempo de la elección. No pude salir a hacer campaña. El año anterior, me rompí la pierna. Muy extraño. -Elmira entornó los ojos mirando torvamente a la mujer detrás del alambre.- Eso no es todo. El mes pasado me corté los dedos seis veces, me golpeé la rodilla diez veces, me caí del porche de atrás dos, ¡oye usted, dos! Rompí una ventana, cuatro platos, un florero que me costó un dólar cuarenta y nueve en Bixby. ¡Desde hoy en adelante le cobraré todos los platos que se rompan en mi casa, y alrededores!
— En Navidad estare arruinada -dijo la señora Goodwater. Abrió la puerta de alambre, salió de pronto y dejó que la puerta se golpease-. Elmira Brown, ¿cuántos años tiene?
— Lo tiene escrito seguramente en uno de sus libros negros. ¡Treinta y cinco!
— Bueno, cuando pienso en los treinta y cinco años de su vida... -La señora Goodwater apretó los labios y frunció los ojos, contando.- Son doce mil setecientos setenta y cinco días, y a tres por día, doce mil golpes, doce mil roturas y doce mil calamidades. Es una vida fecunda la que usted lleva; Elmira Brown. ¡Un apretón de manos!
— ¡Apártese!
Clara Goodwater se apartó.
— Pero cómo, señora, es usted la mujer más torpe de Green Town, Illinois. No puede sentarse sin arrugar la silla como un acordeón. No puede incorporarse sin patear el gato. No puede cruzar el campo abierto sin caer en un pozo. Su vida ha sido una larga caída, Elmira Alice Brown. ¿Por qué no admitirlo?
— Mis desgracias no se deben a la torpeza, sino a que usted está a no más de un kilómetro cuando se me cae una lata de guisantes, o meto el dedo en el enchufe.
— Señora, en un pueblo de este tamaño todos están a no más de un kilómetro, en algún momento del día.
— ¿Admite entonces que está cerca?
— Admito que nací aquí, sí, pero daría ahora cualquier cosa por haber nacido en Kenosha o Zion. Elmira, vaya a su dentista y vea si puede sacarle esa serpiente que tiene usted en la boca.
— ¡Oh! -dijo Elmira-. ¡Oh, oh, oh!
— Ya no aguanto más. No me interesa la brujería, pero me parece que estudiaré el asunto.
¡Escuche! Es usted invisible. Mientras me hablaba le eché un maleficio. Nadie puede verla.
— ¡No!
— Naturalmente -admitió la bruja-, yo nunca pude verla.
Elmira sacó un espejito de bolsillo.
— ¡Aquí estoy! -Miró de más cerca y abrió la boca. Buscó, como alguien que toca el arpa, y sacó un cabello. Lo mostró con el brazo en alto: prueba número uno. ¡Nunca tuve una cana!
La bruja sonrió graciosamente.
— Póngala en una jarra de agua, y mañana a la mañana tendrá un gusano. ¡Oh, Elmira, mírese de una vez, decídase! Tantos años, y acusando siempre a los otros por esos pies y maneras torpes. ¿Ha leído alguna vez a Shakespeare? Hay ahí algunas indicaciones escénicas. Rebatos y correrías. Esa es usted, Elmira, rebatos y correrías. Bueno, ¡váyase a su casa ahora antes que la cabeza se le llene de chichones o le anuncie alguna desgracia. ¡Fuera!
La mujer agitó las manos en el aire como si Elmira fuese una nube de insectos. -¡Pero qué pesadas están las moscas este verano! -dijo.
Entró en la casa y echó el cerrojo a la puerta. — Ya sabe a qué atenerse, señora Goodwater -dijo Elmira, cruzándose de brazos-. Le doy a usted la última oportunidad. Retire su candidatura en la Liga Madreselva o prepárese a enfrentarse conmigo, limpiamente. Mañana llevaré a Tom. Un niño bueno e inocente. Y la inocencia y la bondad triunfarán al fin.
— Yo no sé si soy inocente, señora Brown -comentó Tom- Mi madre dice...
— Cállate Tom, eres bastante bueno. Estarás mañana a mi lado, muchacho.
— Sí, señora.
— Es decir -contirmó Elmira- si sobrevivo a las muñecas de cera que hará la señora esta noche, y a las agujas oxidadas con que les atravesará el corazón y el alma. Si mañana encuentras en mi cama un gran higo arrugado, Tom, sabrás quién recogió el fruto en la huerta. Y prepárate para ver a la señora Goodwater como presidenta hasta los ciento noventa y cinco años.
— Pero Elmira -dijo la señora Goodwater-, si tengo trescientos cinco ahora. Me llamaban Ella en los viejos días. -Apuntó con los dedos a la calle.- ¡Abracadabra, @z'mitizam! ¿Qué le parece?
Elmira escapó del porche.
— ¡Mañana! -gritó.
¡Hasta entonces, señora!
Tom siguió a la señora Brown encogiéndose de hombros y pateando hormigas.
Elmira lanzó un chillido.
— ¡Señora Brown! -gritó Tom.
Un coche que salía marcha atrás de un garaje pasó por encima del pulgar del pie derecho de Elmira.
En medio de la noche, el dolor en el pie despertó a la señora Elmira Brown. Así que se levantó, fue a la cocina, comió un poco de pollo frío, e hizo una larga lista, @doíc~samente exacta. Primero, enfermedades del año anterior. Tres resfríos, cuatro indigestiones, un edema, artritis, lumbago, lo que ella imaginaba sería gota, una bronquitis, principio de asma, manchas en los brazos, un absceso en el canal semicircular (se tambaleaba como una polilla borracha algunos días), dolores de cabeza, y náuseas. Costo: noventa y ocho dólares y setenta y ocho centavos.
Segundo: cosas rotas en los últimos doce meses: dos lámparas, seis floreros, diez platos, una sopera, dos ventanas, una silla, un almohadón, seis vasos, y un prisma de cristal del candelero. Costo total: doce dólares y diez centavos.
Tercero, sus dolores esta noche. Le dolía el pulgar.
Sentía un malestar en el estómago. Tenía la espalda endurecida, le latían las piernas. Los ojos eran como pelotas de algodón. Le tintineaban los oídos. ¿Costo? Reflexionó mientras iba a la cama.
Diez mil dólares de sufrimiento personal.
— ¡Esto no puede arreglarlo la justicia! -dijo en voz alta.
— ¿Eh? -dijo su marido, despierto.
Elmira se acostó.
— Me niego a morir...
— ¿Cómo? -dijo él.
— ¡No quiero morir! -dijo Elmira, mirando el cielo raso.
— Eso dije siempre -comentó su marido, y volviéndose, se puso a roncar.
A la mañana la señora Elmira Brown se levantó temprano, fue a la biblioteca, y luego a la droguería. Estaba de vuelta en la casa mezclando toda clase de sustancias cuando llegó su marido.
— El almuerzo está en la refrigeradora.
Elmira batió una sopa verdosa en un vaso grande.
— ¡Dios santo! ¿Qué es eso? -preguntó Sam-~ Parece una leche batida dejada al sol cuarenta años. Tiene hongos.
— Combate la magia con magia.
— ¿Vas a beber eso?
— Poco antes de ir a la Liga Madreselva.
Samuel Brown olfateó la mezcla.
— Sigue mi consejo. No bebas antes de subir las escaleras. ¿Qué hay aquí? — Nieve de alas de ángel, bueno, mentol en realidad, para enfriar los fuegos infernales que te consumen, así dice el libro que conseguí en la biblioteca. Jugo de uvas frescas para tener claros y dulces pensamientos durante oscuras visiones, dice el libro. Ruibarbo rojo, crema tartárica, azúcar blanca, clara de huevo, agua de manantial y dientes de ajo con la fuerza de la buena tierra; ¡Oh, Podría seguir todo el día! Aquí está, en la lista, el bien contra el mal, lo blanco contra lo negro. ¡No puedo perder!
— ¡Oh, ganarás, es cierto! -dijo su marido-. ¿Pero lo sabrás?
— Ten buenos pensamientos. Yo voy a buscar a Tom, que completará la fórmula.
— Pobre criatura -dijo su marido-. Inocente, como tú dices, y va a ser descuartizado en la Liga Madreselva.
— Tom sobrevivirá -dijo Elmira, y tomando la mezcla burbujeante la escondió en una caja de Quaker Oats.
Llegó a la puerta sin desgarrarse el vestido, ni arrugarse las medias nuevas de noventa y ocho centavos. Caminó así muy presumida, hasta la casa de Tom. El niño la esperaba con su traje blanco de verano, como ella le había dicho.
— ¡Huy! -dijo Tom-. ¿Qué tiene en esa caja?
— El destino -dijo Elmira.
— Seguro que sí -dijo Tom caminando dos pasos delante de Elmira.
La Liga Femenina Madreselva estaba llena de señoras que se miraban en los espejos de las otras y se tironeaban de las faldas y preguntaban si no se le veían las enaguas.
A la una, la señora Elmira Brown subió la escalera con un niño vestido de blanco. El niño se apretaba la nariz y cerraba un ojo, de modo que sólo veía la mitad del camino. La señora Brown observó la multitud y luego la caja de Quaker Oats y abrió la tapa y miró dentro y boqueó. Cerró la caja sin beber. Entró en el vestíbulo acompañada por un susurro como de tafetán: la marea de murmullos de las señoras.
Elmira se sentó atrás con Tom, y Tom parecía más miserable que nunca. Con el ojo único miró la multitud de señoras y lo cerró. Elmira sacó la poción y la bebió lentamente.
A la una y media, la presidenta, la señora Goodwater, dio un martillazo y todas, menos dos docenas de señoras, se callaron.
— Señoras -llamó sobre el mar estival de sedas y encajes coronado aquí y allá con blancos o grises-, es la hora de la elección. Pero antes de comenzar, creo que la señora Elmira Brown, esposa de nuestro eminente grafólogo...
Una risita corrió por la sala.
— ¿Qué es un grafólogo? -preguntó Elmira dándole dos codazos a Tom.
— No sé -murmuró Tom fieramente, con los ojos cerrados, sintiendo aquel codo que salía de la oscuridad.
— ...esposa, como digo, de nuestro eminente experto en manuscritos, Samuel Brown, del servicio nacional de correos -continuó la señora Goodwater entre nuevas risas-, la señora Brown, en fin, quiere comunicamos algunas opiniones. ¿Señora Brown?
Elmira se incorporó. Su silla cayó hacia atrás, ruidosamente, como una trampa de oso.
Elmira dio un salto y se tambaleó sobre los talones, que crujieron como si fueran a reducirse a polvo en cualquier momento.
— Tengo mucho que decir -exclamó, sosteniendo la caja vacía de Quaker Oats en una mano, junto con un ejemplar de la Biblia. Tomó a Tom con la otra, y se lanzó hacia adelante, golpeando los codos de varias mujeres y susurrándoles-: ¡Atención! ¡Cuidado!
Llegó a la plataforma, se volvió, y volcó un vaso de agua que corrió por la mesa. Miró a la señora Goodwater frunciendo el ceño y dejó que secara el agua con un pañuelito. Luego, con una secreta mirada de triunfo, Elmira sacó el vaso vacío y se lo mostró a la señora Goodwater.
— ¿Sabe qué había aquí? Está adentro de mí ahora. El círculo mágico me protege. Ningún cuchillo puede penetrarlo, ningún hacha puede hendirlo.
Las señoras hablaban y no la oyeron.
La señora Goodwater asintió, alzó las manos, y todas callaron.
Elmira apretó con fuerza la mano de Tom. Tom, que no había abierto los ojos, dio un respingo.
— Señoras -dijo Elmira-, simpatizo con vosotras. Sé lo que habéis pasado en los últimos diez años. Sé por qué habéis votado a la presente señora Goodwater. Tenéis niños, y hombres que alimentar. Tenéis presupuestos que cuidar. No podéis permitir que se os corte la leche, que el pan y las tortas se os aplasten como ruedas. No queréis chichones, varicelas y toses en casa durante tres semanas. No queréis que vuestro marido destroce el auto o se electrocute en los cables de alta tensión de las afueras del pueblo. Pero todo ha terminado.
Desde ahora viviréis tranquilas. No más acidez de estómago, no más lumbago, pues os traigo la buena palabra, ¡y vamos a exorcizar a esta bruja que tenemos aquí!
Todas miraron alrededor, pero no vieron a ninguna bruja.
— ¡Me refiero a nuestra presidenta! -gritó Elmira.
— ¡Yo!
La señora Goodwater se señaló a sí misma.
— Hoy -jadeó Elmira apoyándose en el escritorio-, fui a la biblioteca. Busqué contraataques.
Cómo librarse de la gente que se aprovecha de otros, cómo hacer que las brujas nos dejen y se vayan. Y encontré como luchar por nuestros derechos. Siento ya como crece el poder en mi.
Tengo en mi interior toda clase de buenas raíces y sustancias químicas. Tengo... -Elmira hizo una pausa y se tambalcó. Parpadeó.- Tengo crema tartárica y vellosilla blanca, y leche agriada a la luz de la luna y...
Se detuvo y pensó un momento. Cerró la boca y un ruidito subió desde el interior y le salió por las comisuras de los labios. Cerró los ojos. ¿Dónde estaba el poder?
— ¿Señora Brown, se siente bien? -preguntó la señora Goodwater.
— ¡Me siento muy bien! -dijo la señora Brown lentamente-. Puse zanahorias pulverizadas y raíz de perejil cortado fino, bayas de enebro...
Hizo otra pausa como si una voz le dijera que debía detenerse, y miró todas las caras.
La sala, advirtió, empezaba a girar lentamente, primero de izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda.
— Raíces de romero y flores de ranúnculo... -dijo débilmente. Soltó la mano de Tom. Tom abrió un ojo y la miró.
— Hojas de baya y berro...
— Será mejor que se siente -dijo la señora Goodwater. Una mujer se levantó y abrió una ventana.
— Nueces secas, lavanda y semillas de manzana silvestre -dijo la señora Brown, y se detuvo-. Rápido ahora, hagamos la elección. Votemos. Yo contaré.
— No hay prisa, Elmira -dijo la señora Goodwater.
— Sí la hay. -Elmira inspiró profunda y temblorosamente.- Recordad, señoras, no más miedo. Haced lo que siempre quisisteis hacer. Votad por mi, y... -La sala se movía otra vez, hacia arriba y hacia abajo.- Gobierno honesto: todas las que apoyan a la señora Goodwater, digan "sí".
— Sí -dijo toda la sala.
— ¿Y las que apoyan a la señora Elmira Brown? -dijo Elmira con voz débil.
Tragó saliva.
Luego de un momento, habló sola.
— Sí -dijo.
Se quedó allí, de pie, aturdida, en la tribuna.
El silencio llenó la sala de pared a pared. En ese silencio la señora Elmira Brown emitió un graznido. Se llevó la mano a la garganta. Se volvió y miró a la señora Goodwater, que sacaba ahora, distraídamente, una muñequita de cera con varias tachuelas enmohecidas.
— Tom -dijo Elmira-, llévame al cuarto de las señoras.
— Sí, señora.
Caminaron, y luego se apresuraron, y luego corrieron. Elmira corría adelante, entre la multitud, hacia el pasillo... Llegó a la puerta y fue hacia la izquierda.
— ¡No, Elmira, a la derecha, a la derecha! -gritó la señora Goodwater.
Elmira dobló a la izquierda y desapareció.
Se oyó un ruido como carbón que cae en una carbonera.
— ¡Elmira!
Las señoras corrieron como las niñas de un equipo de basquetbol, tropezando unas con otras.
Sólo la señora Goodwater fue en línea recta.
Encontró a Tom mirando hacia abajo con las manos apretadas en la barandilla.
— ¡Cuarenta escalones! -gimió Tom-. ¡Cuarenta escalones hasta el suelo! Más tarde, y durante meses y años, se habló de cómo una ebria, Elmira Brown, bajó los escalones, tocándolos todos. Se dijo que cuando empezó a caer estaba ya inconsciente.
Esto dio elasticidad al esqueleto, de modo que rodó sin rebotar. Llegó al pie de las escaleras parpadeando y sintiéndose mejor, habiendo dejado la causa del malestar en el camino. En verdad, estaba tan cubierta de moretones que parecía una señora tatuada. Pero; no, no se había dislocado una muñeca, ni se había torcido un tobillo. Sintió algo rara la cabeza durante tres días, y miraba siempre un poco de reojo. Pero lo importante fue la señora Goodwater al pie de las escaleras. Había puesto la cabeza de Elmira en el regazo, y derramaba lágrimas sobre ella mientras las señoras se apretujaban histéricamente.
— Elmira, te prometo; Elmira, te juro, si vives, si no mueres; óyeme, Elmira, ¡escúchame!
De ahora en adelante emplearé mis artes sólo con buenos propósitos. No más magia negra, sólo magia blanca. En el resto de tu vida no caerás otra vez sobre perros de hierro, no tropezarás con los umbrales, ni te cortarás los dedos, ni rodarás escaleras abajo. El Elíseo, Elmira; te prometo el Elíseo. ¡Si vives! ¡Elmira, ya estoy sacándole las tachuelas a la muñeca! ¡Elmira, háblame! ¡Háblame y levántate! Y ven arriba, que haremos otra votación.
Presidenta, te prometo que serás presidenta de la Liga Femenina Madreselva. Por aclamación, ¿no es cierto, señoras?
Las señoras gritaron tanto que tuvieron que sostenerse unas a otras.
Tom, en lo alto de la escalera, pensó que allá abajo había aparecido la muerte.
Estaba en la mitad de la escalera cuando se encontró con las señoras que subían otra vez, como si salieran de una explosión de dinamita.
— ¡Apártate, muchacho!
Adelante venía la señora Goodwater, riendo y llorando.
Luego venía la señora Elmira Brown, haciendo lo mismo.
Y detrás venían las ciento veintitrés socias de la Liga, sin saber si volvían de un funeral o iban a un baile.
Tom miró cómo pasaban y sacudió la cabeza.
— No me necesitan -dijo-. No me necesitan más.
Así que bajó de puntillas las escaleras antes que lo echaran de menos, tomándose con fuerza de la barandilla.
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MensajeTema: Re: El vino del Estío.   

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